Archivos Mensuales: marzo 2012

Lo que expresa la manera de sentarse de una persona

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Cada vez que estamos en un lugar en el que compartimos el espacio, las personas nos situamos unas respecto a otras de manera distinta. Estamos cerca de una persona y lejos de otra, nos inclinamos hacia delante o nos echamos hacia atrás, nos apoyamos en un brazo o nos erguimos con la espalda recta, dirigimos nuestras rodillas y pies hacia un lado mientras torcemos los hombros hacia otro, etc. Todo este lenguaje corporal es parte de la reunión y produce efectos emocionales y reacciones sutiles en los participantes. Muchas veces el lenguaje corporal se divide en dos partes: una parte de nuestro lenguaje corporal apoya lo que decimos y es congruente con lo que estamos haciendo de manera conciente y deliberada; otra parte del cuerpo, sin embargo, puede ir en contra de la voluntad consciente: tensionarse, moverse, actuar con una intención distinta. Por ejemplo, una persona nos habla con el torso vuelto hacia nosotros mientras las rodillas y pies se inclinan hacia otro lado, en una posición presta a levantarse. Durante media hora, esa persona nos habla en esa postura y agita nerviosamente las manos, hasta producirnos una sensación de inquietud y malestar. Con su torso y sus palabras actúa de cierta manera (está aquí, tiene un tema importante y quiere conversar con nosotros), la otra parte (rodillas y pies, nerviosismo en el movimiento de las manos, que se agitan, dedos que tamborilean) actúa de manera distinta (quiere gritar, sacudir los brazos con furia, levantarse e irse). Es a esto lo que llamamos una señal doble. Las señales dobles incomodan a la persona que las emite y a quien las recibe, generan un doble diálogo. Cuando estamos con una persona que emite señales dobles, podemos detectar lo que quiere ser expresado y mencionarlo abiertamente: Veo que tus dedos tamborilean, que hablas de prisa y estás apunto de levantarte. ¿Tal vez estás enojado por algo y deseas irte? ¿Hay algo que no me hayas dicho y que te cuesta decir? Cuando somos nosotros quienes emitimos una señal doble, podemos darnos cuenta o no de lo que hacemos. Si algo nos extraña o incomoda en nuestra manera de actuar o relacionarnos con otro, es una señal de que podemos estar emitiendo señales dobles. Por ejemplo, me acerco a una persona para reprenderla por un trabajo mal realizado, pero le pongo la mano en el brazo y luego le quito una pelusa de la solapa. Una vez que nos damos cuenta de la señal doble, podemos integrarla, darle cabida y expresión a la parte que quiere manifestarse, dejar hablar a esas partes del cuerpo e identificar las necesidades que contienen, para satisfacerlas. Esta es una manera de aceptar lo que estamos siendo y de reintegrarnos sicológicamente.

El caso de Jorge

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Jorge (nombre simulado de un paciente, 18 años) tiene problemas pulmonares —tendencia al asma, dificultad para respirar— desde que era niño. Cuando contrarían sus deseos siente que deja de respirar, que se queda sin aire. Este es un síntoma recurrente en él. De pequeño fue agredido y sufrió acoso por parte de sus compañeros de escuela, más altos y fuertes que él. Tras un internamiento en un centro de adicciones, sus padres lo vigilan ahora y le impiden ir y venir de las visitas como hacía antes. En una ocasión en que recibió una orden de regresar a casa a tempranas horas de la noche, descubrió que se irritaba y que contraía sus pulmones para evitar el llanto. Al dejar de respirar se aislaba en una burbuja, que perdía contacto con el entorno. Entró al baño, respiró y lloró, luego regresó donde sus amigos y ellos le preguntaron de qué se había enterado, al ver su sonrisa. Cuando le pido que vuelva a retener su aliento y que describa el síntoma detalladamente, dice que es como si alguien lo sujetara y apretara su pecho con fuerza. Le pido que haga esto, que olvide su identidad actual y represente a un espíritu que viene y le presiona el pecho, usando un almohadón en su lugar. Jorge se para al lado del almohadón y lo defiende extendiendo su musculoso brazo, como un guardián. Los ojos se le llenan de lágimas: “Nadie va a hacerte daño, dice con rudeza, ¡nadie!” Luego me reporta que acaba de imaginarse, como adulto, defendiéndose a sí mismo cuando era niño y recibía abusos de sus compañeros. Toma el almohadón, se echa contra el piso abrazándolo con firmeza, le dice “shhh… quieto…quieto…” Luego levanta la cara con los pómulos llenos de lágrimas. “No entiendo por qué me pasa esto, no puedo controlar el llanto”, exclama. Le pido que le hable a ese niño y lo conforte, que lo aplaque con su abrazo. Lo hace amorosamente y luego le pide que se duerma, que solo quiere que se duerma y deje de sufrir, de tener miedo. Tras un tiempo, Jorge afirma que el niño se ha dormido. Lo acaricia con los ojos cerrados. Luego se imagina que introduce a ese niño dormido y plácido en sus entrañas y experimenta una sensación de bienestar, cercana al trance.