El caso de Jorge

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Jorge (nombre simulado de un paciente, 18 años) tiene problemas pulmonares —tendencia al asma, dificultad para respirar— desde que era niño. Cuando contrarían sus deseos siente que deja de respirar, que se queda sin aire. Este es un síntoma recurrente en él. De pequeño fue agredido y sufrió acoso por parte de sus compañeros de escuela, más altos y fuertes que él. Tras un internamiento en un centro de adicciones, sus padres lo vigilan ahora y le impiden ir y venir de las visitas como hacía antes. En una ocasión en que recibió una orden de regresar a casa a tempranas horas de la noche, descubrió que se irritaba y que contraía sus pulmones para evitar el llanto. Al dejar de respirar se aislaba en una burbuja, que perdía contacto con el entorno. Entró al baño, respiró y lloró, luego regresó donde sus amigos y ellos le preguntaron de qué se había enterado, al ver su sonrisa. Cuando le pido que vuelva a retener su aliento y que describa el síntoma detalladamente, dice que es como si alguien lo sujetara y apretara su pecho con fuerza. Le pido que haga esto, que olvide su identidad actual y represente a un espíritu que viene y le presiona el pecho, usando un almohadón en su lugar. Jorge se para al lado del almohadón y lo defiende extendiendo su musculoso brazo, como un guardián. Los ojos se le llenan de lágimas: “Nadie va a hacerte daño, dice con rudeza, ¡nadie!” Luego me reporta que acaba de imaginarse, como adulto, defendiéndose a sí mismo cuando era niño y recibía abusos de sus compañeros. Toma el almohadón, se echa contra el piso abrazándolo con firmeza, le dice “shhh… quieto…quieto…” Luego levanta la cara con los pómulos llenos de lágrimas. “No entiendo por qué me pasa esto, no puedo controlar el llanto”, exclama. Le pido que le hable a ese niño y lo conforte, que lo aplaque con su abrazo. Lo hace amorosamente y luego le pide que se duerma, que solo quiere que se duerma y deje de sufrir, de tener miedo. Tras un tiempo, Jorge afirma que el niño se ha dormido. Lo acaricia con los ojos cerrados. Luego se imagina que introduce a ese niño dormido y plácido en sus entrañas y experimenta una sensación de bienestar, cercana al trance.

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Acerca de adolfomacias

Psicoterapeuta y facilitador de grupos, especializado en terapia transformacional. Profesor del Instituto de Desarrollo Personal Cre-Ser. Asesor en comunicación creativa y escritor. Ganó en el 2010 el premio nacional de Literatura Joaquín Gallegos Lara por su novela "El grito del hada".

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