Archivos Mensuales: abril 2012

Cuando la pareja entra en crisis…

Estándar

Acusar al otro y defender el propio punto de vista parece ser la norma cuando una pareja llega a terapia. Cuando uno reclama algo, el otro se siente mal entendido o victimizado. La crisis pone a prueba a las personas. Es una oportunidad para crecer, en el sentido de ser auténtico respecto a las propias necesidades y lo suficientemente abierto y valiente para expresarlas y para aceptar las del otro. Si una mujer, por ejemplo, necesita mayor autonomía económica e independencia frente a su marido, éste puede sentirse abandonado y resentirse ante ese deseo de su esposa. Si él es una persona racional y estructurada, necesitará tal vez darse el derecho a expresar emocionalmente su necesidad de afecto y su inseguridad, por ejemplo. En un caso así, superar la crisis implicará confrontar esquemas mentales, hábitos, temores y barreras que están al interior de cada uno. ¡La crisis está ahí para que cada uno crezca como ser humano en la dirección de su propia esencia! El terapeuta no deberá aconsejar, sino apoyar ese proceso de autentificación de las personas, del cual se desprende un periodo de reajuste que tiene lugar de manera natural e impredecible. Como dice Arnold Mindell: “El resultado de procesar las relaciones es que las parejas se vuelven individuos.”  En la mayoría de los casos, procesar la crisis da como resultado gente más despierta y poderosa: una pareja más diferenciada y solidaria.

Cómo conocer nuestra sombra…

Estándar

Si identificamos a la luz con el yo conciente, o sea con aquello que sentimos, hacemos y decimos de manera conciente durante nuestra vigilia, la sombra de un ser humano sería aquello que permanece oculto, o sea aquellos sentimientos, impulsos y creencias que no aceptamos como parte integrante de nuestra personalidad y sin embargo la condicionan y permean profundamente. Generalmente, cuando nos asomamos a esos agujeros, rechazamos la experiencia y decimos, como el criminal que alega locura pasajera, “es que ese no soy yo”. El cristiano paciente y bondadoso que a través de un mal comentario hace daño a otra persona, desconoce en sí mismo el resentimiento y la violencia que alberga en contra de otros. Sencillamente sus creencias sobre sí mismo le dicen que él no es así, que eso “está mal”, y lo repudia, lo ignora y vive sin aceptar el odio que lo está enfermando por dentro. Cuando en terapia esa persona contacta con su sombra y ese odio explota (en contra de su padre, de su madre, de su hermano o de su amigo), puede asustarse de sí misma y huir, tratar de negar la experiencia, pues no se da el derecho todavía de amarse a sí misma tal cual es y no como imagina ser. Desde este punto de vista, la moral es un dispositivo que impide a las personas aceptarse como están siendo, y genera una escisión interna. Junto con ella, vienen la sombra y las nociones de bien y mal. El pecado original, simbólicamente hablando, podría estar relacionado con la aparición de la sombra en el ser humano, con el origen de la moral y los tabúes, con el árbol del Bien y del Mal. La sombra abarca aspectos dolorosos como el mencionado odio, pero también aspectos maravillosos. Muchas personas, por ejemplo, alienan o ponen en su sombra la autoconfianza, la inteligencia o la sensiblidad. Sencillamente no aceptan que son inteligentes o fuertes o bellas. Para conocer nuestra sombra podemos recurrir a nuestra idea de lo que somos y lo que no somos: generalmente la sombra será aquello que creemos no ser y será confirmada por nuestra antipatía o fascinación espontánea hacia ciertas personas que son así. Apropiarse de la sombra es un proceso de empoderamiento individual. Agregamos libertad, potencia y naturalidad a nuestra vida.