Archivos Mensuales: mayo 2012

Terapia para adultos mayores

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Si en algunos casos es verdad la frase “vivir la vejez es solo para valientes”, también es verdad que esta etapa puede contener placeres y momentos envidiables. Ante la amenaza del deterioro de la salud, la tristeza, el mal humor o el incremento de la debilidad que suelen experimentar a algunas personas a medida que envejecen, existe una fuerza vital maravillosa, contenida en cada ser humano, capaz de generar un bienestar sustancial. Al trabajar con un adulto mayor hay que tomar en cuenta tanto los aspectos fisiológicos como los psicológicos. El terapeuta actúa a la vez como un fisioterapeuta y como un acompañante. Desarrolla un contacto corporal con la persona a través de masajes, gimansia respiratoria y leves estiramientos, que estimulan el sistema nervioso, la circulación sanguínea y la tonicidad muscular, al mismo tiempo que desarrolla un diálogo terapéutico destinado a liberar las emociones contenidas en el organismo y restablecer la dicha natural. Aquí, más que en ningún otro trabajo, la bioenergética tiene un campo de exploración extenso. Tocar, presionar y dialogar, apoyar la expresión oral y acoger memorias de las personas, es un proceso que puede darse con simultaneidad. Hay que atender a la persona como un todo, pues en esta etapa de la vida, más que en ninguna otra, la emocionalidad afecta a la salud de manera directa y vice versa. Este arte de acompañamiento terapéutico integral puede ser llevado a cabo combinando técnicas como la bioenergética, Feldenkrais, ki kuong, masaje en músculos y articulaciones, diálogo rogeriano y eventualmente Hakomi. La biodanza es también, en muchos casos, un hallazgo que llena de felicidad a quienes la descubren y puede ser practicada en grupo junto con amistades o conocidos del vecindario. Si quieres beneficiarte de este trabajo o apoyar a un pariente, habla conmigo al 2285545  ó al 097330894

El maestro de la sospecha (cuento)

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Cuando era niño sospechaba de los adultos y sus sonrisas. Parecían estar ocupados en ser ingenieros, comerciantes, políticos y muchas otras actividades, de las que hablaban con una sonrisa espléndida y gestos ampulosos. Se vestían de sí mismos y me hablaban como si yo fuera un niño y ellos algo más importante, aunque, la verdad sea dicha, se veían como malos comediantes en sus trajes, recitando parlamentos escritos por algún guionista de segunda. Los otros niños corrrían rabiosamente, chillaban, lloraban y se confundían con la farsa. Yo los veían tratar de entender el papel que se les había asignado, y mal digerirlo. Me daba cuenta de que los profesores también actuaban en esta puesta en escena. Querían que me tragara todo eso de ser un estudiante, que llegara a olvidarme algún día que el simulacro al que llamaban Mundo era tan solo eso: un simulacro. Cuando pasaba por un corredor del colegio, los alumnos más grandes se quedaban hablando en susurros. Yo sentía que me ardían las orejas. “Este pelado se está dando cuenta, hay que invitarlo a jugar al fútbol. Mandemos a dos chicos que actúen como sus amigos y lo alejen de la sospecha que tiene, o la obra se va al carajo”, decían a mis espaldas en voz baja para que no los oyera. Poco a poco crecí y llegué a la conclusión de que yo no era el único que sentía esto y que, en realidad, todos eran actores (más malos que buenos), que debían compartir el escenario y sostener la obra, ya sea por aburrimiento o por costumbre. Algunos hacían esfuerzos muy serios por ser el personaje que les había tocado y lograban olvidar su identidad. En ocasiones, cuando voy por la calle a altas horas de la noche, veo a uno parado en la vereda. Me acerco, le guiño el ojo y le digo: “¿No quieres tomarte un descanso? Aquí nadie nos ve”. El tipo pestañea, se pone en guardia. “¿A ti tampoco te hicieron firmar un contrato?”, le pregunto; pero el actor se asusta y huye de mí, temiendo que ponga en riesgo su papel, que le arruine la escena. Yo sigo mi camino.

El inquilino que tenemos adentro

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Una de las frustraciones del terapeuta suele producirse cuando quiere estimular una actitud en su cliente: la actitud que éste necesita para superar un problema. Un caso ejemplar: una mujer no encuentra la fuerza para dejar a un marido violento. El marido puede, aún más, haber violado a su hija, y ella defenderlo y descreer de su hija que lo denuncia. Evade por todos los medios confrontar al marido y sobre todo contactar con su propia ira. El terapeuta reacciona ante la debilidad de la mujer deseando que se enoje, con lo cual se convierte en el objetivo de la proyección de la mujer y comienza a representar, inconscientemente, al marido en quien ella ha alienado su agresividad. En este momento, ella tiene dos partes: su yo conciente y “el inquilino”, generalmente una figura onírica que se ha presentado ya en un sueño. La mujer ha soñado, en efecto, que un hombre rudo se choca con un auto de policía, se baja del auto y golpea al policía. Consciente repentinamente de lo que está sucediendo entre él y su clienta, el terapeuta entra en contacto con ese inquilino o figura, que está manifestandose a través de señales sutiles (probablemente la mujer ha cerrado una de sus manos en un puño y no se da cuenta). Utilizando la irritación que le produce la mujer, el terapeuta le dice: “Estoy cansado, trato de ayudarte y créeme que lucho contigo, pero eres dura como un muro, mira ese puño. ¿Qué quieres hacer con él? Mantenlo cerrrado y dime qué te está transmitiendo”. De esta manera, el terapeuta empezará a trabajar en el proceso de reidentificación de la mujer con su inquilino (la figura onírica que golpea al policía-marido). A partir de este momento, la terapia se ha vuelto viable. La mujer deja de quejarse y de mostrarse débil. “Estoy cansada de que mi marido me cele, es algo que no aguanto. Hace un rato me llamó por teléfono. Creo que no necesito en mi vida que alguien me controle”. De igual manera, todos llevamos en momentos de crisis un inquilino, una figura onírica que contiene la energía necesaria para salir de un problema y que está tratando de manifestarse en nuestra vida. De que lo veamos y nos reconozcamos en él, depende el éxito del proceso.

Conócete a ti mismo

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La terapia de autoconocimiento asistido es algo que toda persona debería experimentar en algún momento de su vida. Tres sesiones en las que llegas a darte cuenta de cómo sientes y cómo actúas, y cuáles son los patrones inconcientes que te guían. Sentimientos y creencias emocionales registradas durante nuestra niñez y adolescencia son convertidos en un código, y luego condicionan nuestra manera de interactuar con los demás. Lo que llamamos personalidad es la coraza, el velo que impide el contacto con la totalidad de nuestro potencial y nuestro talento. ¡Es como vivir con una radio que solo sintoniza una emisora! Siempre los mismos sueños, las mismas amenazas y los mismos problemas, en círculo vicioso. Para salir de esto y renovarte, utilizamos técnicas como la integración de sueños, la dramatización de diálogos internos entre aspectos diversos de tu personalidad, la revisión de tu río de vida y la decodificación de tus patrones de conflicto. Lo que ha sido transformador para mí, puede serlo para tí. La vida es corta. Si quieres vivir esta experiencia de la que muchas personas se benefician, contáctate conmigo al 2285545 o al 097330894, Quito.

Qué es ser libre

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La libertad parecería ser algo que se debe alcanzar, un valor o una meta absoluta. Libre de tal cosa, libre para hacer tal otra. Tendemos a creer que perdemos nuestra libertad o la recuperamos en relación a las personas que nos limitan u oprimen, a las condiciones y exigencias del entorno. Desde esta perspectiva, imaginamos que seremos libres cuando hagamos lo que deseamos y venzamos todas las resistencias internas y externas que nos restringen, cuando seamos completamente nosotros mismos, sin miedo a expresarnos de manera auténtica y valerosa. Personalmente, no creo que esto sea libertad. El siguiente caso me ayudará a transmitir lo que deseo. Recientemente un cliente vino a terapia. Digamos que se llama Carlos. Carlos viene y me cuenta que una antigua amiga de bohemia le ha enviado un mensaje por internet. Hace un año que no contacta con ella. Durante ese tiempo, Carlos estuvo internado en un hospital psiquiátrico y al salir de ahí se quedó en casa de sus padres, perdiendo el presente año de Universidad. En el mensaje, su amiga le invita a salir y le dice que tienen muchas cosas de que hablar. El tiene temor de encontrarse con ella y, finalmente, no contesta el mensaje. Cuando le pregunto cuál es su temor, responde que teme que su amiga sepa lo que ha sucedido (que ha estado internado, que no está estudiando, que sepa cómo vive y conozca “su secreto”). Le pido que actúe el rol de controlador sobre sí mismo y se diga: “Carlos, es mejor que no vayas, no vaya a darse ella cuenta de cómo estás, de lo que ha pasado, etc”. Para hacer este rol, Carlos representa a un adulto de pie, que presiona con su dedo índice la cabeza de un niño sumiso y débil. Yo pienso que él debe identificarse con la fuerza que se opone a ese acto de sometimiento y represento el rol dominante, presionado su cabeza con un dedo mientras él se sienta con la cabeza baja, imitando la imagen que creó. Finalmente confiesa que, aunque esto resulta molesto, no quiere rebelarse ante ese poder que le impide mostrarse a su amiga abiertamente. ¿Por qué debía ir a contarle su vida privada a todo el mundo y dar explicaciones? Prefiere acostarse y dormir, tapado por una manta. Le pido que se meta bajo una cobjija y se acueste. Carlos se esconde bajo la cobija y dice que eso es lo que él hace en su vida actual: huir del peligro que supone toparse con otras personas y arriesgarse a que lo vean como un fracasado. Cuando le pido que sea valiente y le hable a su amiga, que la imagine frente a él y le confiese su verdad, Carlos se niega. Busco varias maneras de que se revele contra la voz que le impide abrirse, pero fracaso. Se niega a obedecerme y, al hacerlo, encuentra precisamente la fuerza que necesita. Yo acepto su negativa. Pongo una barrera de almohadones en la mitad de la sala. A un lado de esta barrera coloco tres almohadones tapados por una cobija que imitan a un cuerpo dormido bajo las sábanas. Le pido que observe y le pregunto qué es esa barrera que le ayuda a permanecer fuera de contacto y sentirse protegido. Le invito a definir esa barrera como una creencia. La creencia que Carlos descubre es: “si conocen mi secreto los voy a perder”. Esta creencia poderosa lo mantiene callado y temeroso. Le digo que dado que él no quiere contar sus secretos abiertamente, tal vez quiera dejar las cosas como están y permanecer encerrado en su casa, ¿o hay algún cambio que desee hacer en este escenario? El trae una silla, coloca los almohadones de la barrera formando sobre la silla un techo triangular y cubre todo con una cobija, se tapa él mismo y se acuesta como un niño dentro la casita, mirando hacia el exterior a través de una puerta. En esta posición, Carlos parece uno de esos peces o erizos refugiados en un agujero, observando el océano circundante. “Dejo la puerta abierta porque no quiero estar encerrado”, dice. “Lo que quiero es protegerme y mirar afuera, poder salir hasta la puerta, abrirme solo hasta un punto en que no me siento amenazado; esto sí se siente bien y es lo que quiero”. Carlos se siente maravillosamente bien con este resultado y yo también. ¡Ha decidido que esto es lo que va a hacer y no lo que yo le proponía! Al seguir el proceso, acepté la necesidad que tenía de sus defensas, necesarias para conservar un sentimiento de dignidad. En principio, esto puede parecer lo contrario a un acto de liberación: un sometimiento, pero no lo es. Carlos ha ganado en libertad, al sumar conciencia a su elección y respetar su voz interior —aquella intuición organísmica que le dice lo que es bueno y lo que es malo para él en ese momento—. Esa defensa está ahora a su disposición y puede modificarla o superarla cuando sienta que eso es lo correcto. Es más libre ahora porque actúa de manera conciente. Si no te conoces a ti mismo, no puedes actuar libremente ni hacer lo que deseas, me digo. Como decía Moshe Feldenkrais con genial sencillez: “No puedes hacer lo que quieras, hasta saber lo que estás haciendo”.