Qué es ser libre

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La libertad parecería ser algo que se debe alcanzar, un valor o una meta absoluta. Libre de tal cosa, libre para hacer tal otra. Tendemos a creer que perdemos nuestra libertad o la recuperamos en relación a las personas que nos limitan u oprimen, a las condiciones y exigencias del entorno. Desde esta perspectiva, imaginamos que seremos libres cuando hagamos lo que deseamos y venzamos todas las resistencias internas y externas que nos restringen, cuando seamos completamente nosotros mismos, sin miedo a expresarnos de manera auténtica y valerosa. Personalmente, no creo que esto sea libertad. El siguiente caso me ayudará a transmitir lo que deseo. Recientemente un cliente vino a terapia. Digamos que se llama Carlos. Carlos viene y me cuenta que una antigua amiga de bohemia le ha enviado un mensaje por internet. Hace un año que no contacta con ella. Durante ese tiempo, Carlos estuvo internado en un hospital psiquiátrico y al salir de ahí se quedó en casa de sus padres, perdiendo el presente año de Universidad. En el mensaje, su amiga le invita a salir y le dice que tienen muchas cosas de que hablar. El tiene temor de encontrarse con ella y, finalmente, no contesta el mensaje. Cuando le pregunto cuál es su temor, responde que teme que su amiga sepa lo que ha sucedido (que ha estado internado, que no está estudiando, que sepa cómo vive y conozca “su secreto”). Le pido que actúe el rol de controlador sobre sí mismo y se diga: “Carlos, es mejor que no vayas, no vaya a darse ella cuenta de cómo estás, de lo que ha pasado, etc”. Para hacer este rol, Carlos representa a un adulto de pie, que presiona con su dedo índice la cabeza de un niño sumiso y débil. Yo pienso que él debe identificarse con la fuerza que se opone a ese acto de sometimiento y represento el rol dominante, presionado su cabeza con un dedo mientras él se sienta con la cabeza baja, imitando la imagen que creó. Finalmente confiesa que, aunque esto resulta molesto, no quiere rebelarse ante ese poder que le impide mostrarse a su amiga abiertamente. ¿Por qué debía ir a contarle su vida privada a todo el mundo y dar explicaciones? Prefiere acostarse y dormir, tapado por una manta. Le pido que se meta bajo una cobjija y se acueste. Carlos se esconde bajo la cobija y dice que eso es lo que él hace en su vida actual: huir del peligro que supone toparse con otras personas y arriesgarse a que lo vean como un fracasado. Cuando le pido que sea valiente y le hable a su amiga, que la imagine frente a él y le confiese su verdad, Carlos se niega. Busco varias maneras de que se revele contra la voz que le impide abrirse, pero fracaso. Se niega a obedecerme y, al hacerlo, encuentra precisamente la fuerza que necesita. Yo acepto su negativa. Pongo una barrera de almohadones en la mitad de la sala. A un lado de esta barrera coloco tres almohadones tapados por una cobija que imitan a un cuerpo dormido bajo las sábanas. Le pido que observe y le pregunto qué es esa barrera que le ayuda a permanecer fuera de contacto y sentirse protegido. Le invito a definir esa barrera como una creencia. La creencia que Carlos descubre es: “si conocen mi secreto los voy a perder”. Esta creencia poderosa lo mantiene callado y temeroso. Le digo que dado que él no quiere contar sus secretos abiertamente, tal vez quiera dejar las cosas como están y permanecer encerrado en su casa, ¿o hay algún cambio que desee hacer en este escenario? El trae una silla, coloca los almohadones de la barrera formando sobre la silla un techo triangular y cubre todo con una cobija, se tapa él mismo y se acuesta como un niño dentro la casita, mirando hacia el exterior a través de una puerta. En esta posición, Carlos parece uno de esos peces o erizos refugiados en un agujero, observando el océano circundante. “Dejo la puerta abierta porque no quiero estar encerrado”, dice. “Lo que quiero es protegerme y mirar afuera, poder salir hasta la puerta, abrirme solo hasta un punto en que no me siento amenazado; esto sí se siente bien y es lo que quiero”. Carlos se siente maravillosamente bien con este resultado y yo también. ¡Ha decidido que esto es lo que va a hacer y no lo que yo le proponía! Al seguir el proceso, acepté la necesidad que tenía de sus defensas, necesarias para conservar un sentimiento de dignidad. En principio, esto puede parecer lo contrario a un acto de liberación: un sometimiento, pero no lo es. Carlos ha ganado en libertad, al sumar conciencia a su elección y respetar su voz interior —aquella intuición organísmica que le dice lo que es bueno y lo que es malo para él en ese momento—. Esa defensa está ahora a su disposición y puede modificarla o superarla cuando sienta que eso es lo correcto. Es más libre ahora porque actúa de manera conciente. Si no te conoces a ti mismo, no puedes actuar libremente ni hacer lo que deseas, me digo. Como decía Moshe Feldenkrais con genial sencillez: “No puedes hacer lo que quieras, hasta saber lo que estás haciendo”.

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Acerca de adolfomacias

Psicoterapeuta y facilitador de grupos, especializado en terapia transformacional. Profesor del Instituto de Desarrollo Personal Cre-Ser. Asesor en comunicación creativa y escritor. Ganó en el 2010 el premio nacional de Literatura Joaquín Gallegos Lara por su novela "El grito del hada".

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