El maestro de la sospecha (cuento)

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Cuando era niño sospechaba de los adultos y sus sonrisas. Parecían estar ocupados en ser ingenieros, comerciantes, políticos y muchas otras actividades, de las que hablaban con una sonrisa espléndida y gestos ampulosos. Se vestían de sí mismos y me hablaban como si yo fuera un niño y ellos algo más importante, aunque, la verdad sea dicha, se veían como malos comediantes en sus trajes, recitando parlamentos escritos por algún guionista de segunda. Los otros niños corrrían rabiosamente, chillaban, lloraban y se confundían con la farsa. Yo los veían tratar de entender el papel que se les había asignado, y mal digerirlo. Me daba cuenta de que los profesores también actuaban en esta puesta en escena. Querían que me tragara todo eso de ser un estudiante, que llegara a olvidarme algún día que el simulacro al que llamaban Mundo era tan solo eso: un simulacro. Cuando pasaba por un corredor del colegio, los alumnos más grandes se quedaban hablando en susurros. Yo sentía que me ardían las orejas. “Este pelado se está dando cuenta, hay que invitarlo a jugar al fútbol. Mandemos a dos chicos que actúen como sus amigos y lo alejen de la sospecha que tiene, o la obra se va al carajo”, decían a mis espaldas en voz baja para que no los oyera. Poco a poco crecí y llegué a la conclusión de que yo no era el único que sentía esto y que, en realidad, todos eran actores (más malos que buenos), que debían compartir el escenario y sostener la obra, ya sea por aburrimiento o por costumbre. Algunos hacían esfuerzos muy serios por ser el personaje que les había tocado y lograban olvidar su identidad. En ocasiones, cuando voy por la calle a altas horas de la noche, veo a uno parado en la vereda. Me acerco, le guiño el ojo y le digo: “¿No quieres tomarte un descanso? Aquí nadie nos ve”. El tipo pestañea, se pone en guardia. “¿A ti tampoco te hicieron firmar un contrato?”, le pregunto; pero el actor se asusta y huye de mí, temiendo que ponga en riesgo su papel, que le arruine la escena. Yo sigo mi camino.

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Acerca de adolfomacias

Psicoterapeuta y facilitador de grupos, especializado en terapia transformacional. Profesor del Instituto de Desarrollo Personal Cre-Ser. Asesor en comunicación creativa y escritor. Ganó en el 2010 el premio nacional de Literatura Joaquín Gallegos Lara por su novela "El grito del hada".

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