Archivos Mensuales: junio 2012

La lucidez y los fantasmas

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Aunque la psicoterapia ayuda a la persona a ponerse en contacto con sus sentimientos y a expresarlos, su objetivo no es éste. La expresión de las emociones sirve para aceptarnos y darnos cuenta de la forma en que reaccionamos y actuamos frente a otras personas. Entonces descubrimos códigos, creencias nucleares que gobiernan nuestros actos. Una persona está, por ejemplo, resentida por la manera de actuar de su jefe en la oficina, quien la carga de trabajo y “nunca le da las gracias” ni reconoce el valor de su esfuerzo. Quisiera pedir un aumento, pero no lo hace, porque cree que el tipo sencillamente “encontrará otra persona que haga las cosas sin molestarlo”. Esa actitud ante su jefe está atravesada por un fantasma, por una experiencia o una persona del pasado de la cual se esperó afecto y valoración, jamás obtenidos. Si le preguntamos si esa sensación de esfuerzo sin reconocimiento ha sido vivida con anterioridad, es probable que nos remita a su infancia o adolescencia, a viejas situaciones y experiencias familiares que le hacen actuar de esta manera en el presente, haciéndole perder su lucidez. El terapeuta transformacional busca esas experiencias y las creencias implícitas que las resumen (“nadie me quiere”, “debo esforzarme mucho para que me valoren”, “no valgo lo suficiente”, etc) para concientizarlas y ayudar a superarlas. Al hacer que se presenten estas viejas experiencias y sentimientos (la figura del padre y de la madre suelen resurgir en este momento), la persona se dará cuenta de la manera en que interfieren en la situación actual, distorsionando sumanera de ver y de relacionarse con otras personas (en el ejemplo citado, el jefe). En este momento, la persona despertará y empezará a ver a ese otro tal como es y no como teme que sea, posibilitándose una relación más cordial y positiva, capaz de resolver conflictos ante irresolubles. Los fantasmas desaparecen, la realidad se ilumina, la persona se siente bien. Esta reflexión basada en la práctica nos permite afirmar que una de las principales tareas del facilitador es, tal como dice Joseph Goodbread, “cazar fantasmas”. Entres las costumbres más arraigadas de los “fantasmas” se encuentran dos: 1. se alimentan del miedo de la persona, y 2. nos hacen ver lo que no existe (o sea: nos inducen a un trance alucinatorio tan poderoso que somos incapaces de distinguir la fantasía de la realidad).

Terapia para la pareja

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Si estás en medio de una pelea de pareja, probablemente temas “perderla”, “sacrificar” algo en beneficio del otro o ser “vencido” por las exigencias de él o ella. A lo mejor crees que te asiste toda la razón y estás empeñada —o empeñado— en “ganar” la batalla y conseguir lo que consideras justo y razonable. Esta visión antagónica ciega a la mayoría de las parejas enganchadas en un conflicto, pero puede ser superada. Ven a terapia y aprovecha las dificultades por las que pasas con tu pareja, haciendo del problema un punto de partida para construir una relación más fluida y más honesta. Generalmente, una buena parte del conflicto (el resentimiento, la rabia) se basa en suposiciones equivocadas sobre lo que el otro está deseando o experimentando, suposiciones basadas en nuestros propios miedos, creencias o inseguridades. En terapia, te ayudamos a descubrir las bases profundas del conflicto, trayendo alivio y aceptación hacia ambas partes, facilitando la empatía y la libertad de expresión, en un ambiente de autenticidad y positivismo, donde pueda formularse una salida generosa para ambas partes. Si esta es tu necesidad, llámame al 02-2285545 (Quito), o al 097330894 para hacer una cita. En caso de que lo prefieras, puedes escribirme a amacias97@yahoo.com

Trabajo con técnicas de la Psicoterapia Gestalt Integrativa.

¿Cómo trabaja un psicoterapeuta de orientación taoísta?

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Una persona con migraña llega donde un terapeuta y le dice:

“Tengo un dolor de cabeza que nadie me quita, he ido como a cien especialistas y nadie da pie con bola. Lo que pasa es que pienso demasiado, estoy escribiendo un libro importante para el gobierno. No me gusta tomar pastillas, por otro lado. Prefiero que me duela la cabeza a usar fármacos producidos por una transnacional colonialista. ¿Sabía usted que muchos escritores importantes tuvieron migraña? A veces, tengo que encerrarme en el cuarto, he comprado cortinas negras para que la luz no me hiera los ojos. Ya no aguanto más, ojalá pueda usted ayudarme”.

DISCURSO CONSCIENTE:

Me duele la cabeza horriblemente. Ojalá usted pueda ayudarme, ya no aguanto más y estoy preocupado. Los otros especialistas no han podido ayudarme.

DISCURSO INCONSCIENTE:

Conmigo nadie puede, probablemente tampoco tú puedas hacer nada, porque yo hago un trabajo intelectual muy exigente. De suyo soy tan inteligente que es inevitable que me de migraña. No voy a tomar pastillas tampoco. Tengo principios y si debo pagar con mi jaqueca por ellos, lo hago gustosamente. Estoy muy orgulloso de mi dolor de cabeza. Es signo de mi intelectualidad elevada. No vas a poder quitármelo.

¿CÓMO ACTUAR?

Un terapeuta convencional (no taoísta) trataría de ayudar a este cliente a “combatir su dolor de cabeza”, atribuyéndole como causa la falta de relajamiento y el apego a una actividad mental obsesiva. Le recomendará el Yoga y le pedirá que se lo tome con calma, que tome un analgésico naturista y se contacte con una actividad al aire libre, por ejemplo.

El psicoterapeuta de orientación taoísta, por el contrario, apoyará “lo que quiere suceder”, es decir: se contactará con el yo inconsciente de la persona, y le dirá: “¡Esto es excelente, te duele la cabeza porque haces algo importante con tu vida! Vamos a explorar ese dolor, metete en él, deja que tu dolor hable y diga su propia historia”.

Si tiene la habilidad necesaria, el psicoterapeuta taoísta conseguirá que la persona se “meta” en su dolor de cabeza y lo agudice, identificándose como una persona importante y esforzada. Mediante el desarrollo de este proceso, el cliente empezará a recordar su lucha histórica por conseguir reconocimiento a través de su labor intelectual, hasta llegar a las historias de vida o eventos vitales que dieron lugar a esta lucha (probablemente eventos de la infancia y de la adolescencia). Entonces contactará con su necesidad no satisfecha de aceptación y de afecto, y expresará su dolor con lágrimas.

Detrás del dolor de cabeza aparecerá de golpe lo que realmente importa: el abandono, la descalificación y la rabia, la tristeza y la soledad. Esto provocará una catarsis emocional y el dolor de cabeza desaparecerá por completo en ese instante. Entonces será posible empezar a construir una nueva identidad, en la que la persona empiece a valorarse por lo que es, y no por su importancia profesional.

Esto es el ejemplo un “viaje a la fuente” del dolor de cabeza, no una lucha contra el dolor en sí: el dolor de cabeza no debe ser combatido, sino apoyado. Una vez que lo apoyamos y desarrollamos sus contenidos emocionales implícitos, desaparece por completo y nos deja un mensaje respecto a un cambio necesario en la estructura de nuestra identidad. El dolor de cabeza está ahí por algo, porque algo nos quiere decir. Si no le hacemos caso, se volverá crónico, o llegará con los años a convertirse en una enfermedad aún más peligrosa como una hipertensión arterial o un tumor cerebral.

Historia de la soledad

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Creo que fue en el Renacimiento que apareció este mito. El mito de un sujeto racional y libre, enfrentado al mundo en soledad. El mito del individuo occidental. Cuando Descartes se preguntó qué sabía a ciencia cierta, aceptó que lo único cierto era que él existía. Acto seguido puso en duda la realidad de los fenómenos y separó al hombre en una sustancia pensante (espíritu) y una extensa (cuerpo). De esta manera, empezó a generarse esta mitología racionalista, que se quiso confundir con el iluminismo, cuando se trata en realidad de un oscurantismo. Un oscurantismo que hasta hoy nos pesa: el de sentirnos seres aislados, que se comunican por palabras e interactúan entre sí, encontrando únicamente en el amor una oportunidad de superar, transitoriamente, el desarraigo.

La verdad es que el estudio de las relaciones emocionales permite descubrir que este viejo paradigma está en crisis. Cada vez que dos personas se miran, establecen una comunicación que está más allá de las palabras. Sus cerebros realizan sutiles operaciones que los ponen en contacto y les hacen ensoñar sentimientos y fantasías subconcientes del otro. Estamos tan profundamente interconectados que no podemos cambiar sin que cambien también las personas que nos rodean. Esto es lo que en la Psicología del Proceso se llama “campo soñante”.

El mejor ejemplo de esto es una familia. El grupo familiar se integra mediante la común identificación con ciertas creencias, temores compartidos e ideales de vida, y establece una cuidadosa repartición de roles, hasta formar un sistema en el que cada persona es un elemento clave del proceso familiar.

Cualquier problema que tiene uno de sus elementos, es un problema del grupo y es el grupo quien debe superarlo.

Es el caso de una familia, por ejemplo, en la cual todos asumen ser gente inteligente y exitosa. Esta identidad primaria es de pronto desafiada por un hijo (“paciente señalado”) que pierde el año escolar por bajas notas. En este caso, el hijo con malas notas será un canal mediante el cual se manifiesta un proceso secundario compartido por todos, y que señala en la dirección de ser más tolerantes y relajados respecto a la necesidad de lograr el reconocimiento. Para eso deberán confrontar el fantasma del “fracasado”, generalmente representado por un personaje mítico dentro del imaginario familiar (un pariente o un conocido referencial).

Al superar esta crisis, la familia evoluciona y se vuelve más unida, o, por el contrario, refuerza sus prejuicios, ahondando la distancia y provocando la expulsión del hijo del seno de la “armonía familiar”. Si el hijo es expulsado, buscará otra comunidad con la cual pueda identificarse (probablemente entre sus amigos) y empezará una nueva vida como parte de ese grupo, cuyos sueños y mitología hará suyas.

Por otra parte, la familia del ejemplo mencionado es también parte de una sociedad, de manera que ese problema familiar expresa un problema o crisis en la identidad colectiva de una sociedad o clase social, que apoyan el paradigma del éxito que la familia ha identificado como propio.

No hay problemas personales en rigor, todo problema, por íntimo que parezca, es en buena medida colectivo. Para bien o para mal, somos uno.