Historia de la soledad

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Creo que fue en el Renacimiento que apareció este mito. El mito de un sujeto racional y libre, enfrentado al mundo en soledad. El mito del individuo occidental. Cuando Descartes se preguntó qué sabía a ciencia cierta, aceptó que lo único cierto era que él existía. Acto seguido puso en duda la realidad de los fenómenos y separó al hombre en una sustancia pensante (espíritu) y una extensa (cuerpo). De esta manera, empezó a generarse esta mitología racionalista, que se quiso confundir con el iluminismo, cuando se trata en realidad de un oscurantismo. Un oscurantismo que hasta hoy nos pesa: el de sentirnos seres aislados, que se comunican por palabras e interactúan entre sí, encontrando únicamente en el amor una oportunidad de superar, transitoriamente, el desarraigo.

La verdad es que el estudio de las relaciones emocionales permite descubrir que este viejo paradigma está en crisis. Cada vez que dos personas se miran, establecen una comunicación que está más allá de las palabras. Sus cerebros realizan sutiles operaciones que los ponen en contacto y les hacen ensoñar sentimientos y fantasías subconcientes del otro. Estamos tan profundamente interconectados que no podemos cambiar sin que cambien también las personas que nos rodean. Esto es lo que en la Psicología del Proceso se llama “campo soñante”.

El mejor ejemplo de esto es una familia. El grupo familiar se integra mediante la común identificación con ciertas creencias, temores compartidos e ideales de vida, y establece una cuidadosa repartición de roles, hasta formar un sistema en el que cada persona es un elemento clave del proceso familiar.

Cualquier problema que tiene uno de sus elementos, es un problema del grupo y es el grupo quien debe superarlo.

Es el caso de una familia, por ejemplo, en la cual todos asumen ser gente inteligente y exitosa. Esta identidad primaria es de pronto desafiada por un hijo (“paciente señalado”) que pierde el año escolar por bajas notas. En este caso, el hijo con malas notas será un canal mediante el cual se manifiesta un proceso secundario compartido por todos, y que señala en la dirección de ser más tolerantes y relajados respecto a la necesidad de lograr el reconocimiento. Para eso deberán confrontar el fantasma del “fracasado”, generalmente representado por un personaje mítico dentro del imaginario familiar (un pariente o un conocido referencial).

Al superar esta crisis, la familia evoluciona y se vuelve más unida, o, por el contrario, refuerza sus prejuicios, ahondando la distancia y provocando la expulsión del hijo del seno de la “armonía familiar”. Si el hijo es expulsado, buscará otra comunidad con la cual pueda identificarse (probablemente entre sus amigos) y empezará una nueva vida como parte de ese grupo, cuyos sueños y mitología hará suyas.

Por otra parte, la familia del ejemplo mencionado es también parte de una sociedad, de manera que ese problema familiar expresa un problema o crisis en la identidad colectiva de una sociedad o clase social, que apoyan el paradigma del éxito que la familia ha identificado como propio.

No hay problemas personales en rigor, todo problema, por íntimo que parezca, es en buena medida colectivo. Para bien o para mal, somos uno.

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Acerca de adolfomacias

Psicoterapeuta y facilitador de grupos, especializado en terapia transformacional. Profesor del Instituto de Desarrollo Personal Cre-Ser. Asesor en comunicación creativa y escritor. Ganó en el 2010 el premio nacional de Literatura Joaquín Gallegos Lara por su novela "El grito del hada".

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