El paraíso son los otros

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Ser infeliz es una tarea que requiere mucha dedicación y energía por parte de una persona. Ser infeliz es un arte que se demora mucho tiempo en dominar y que luego se ejerce involuntaria y fatídicamente. La persona infeliz se ocupa de sí misma y ve a los demás como fuente de apoyo o de frustración, como algo que hay que conquistar, evitar o padecer. Pero si esto parece ser una acusación, en realidad está lejos de serlo: el infeliz no elige ser infeliz, simplemente lo es (lo digo por experiencia propia). La historia de nuestra infelicidad es antigua, se remonta a la etapa de crecimiento y es el resultado de nuestras interacciones con padres, hermanos, profesores y amigos. El infeliz es simplemente una persona abrumada por la desconfianza en la buena voluntad ajena, que se somete o trata de someter a otros. En algunos casos se siente desconectado de la realidad y aspira a “un mundo mejor”, en otros espera conseguir con cariño que lo apoyen y le den sustento (con lo cual se vuelve dependiente), en otros manipula para conseguir que los demás hagan lo que él necesita (y se va a aislando progresivamente del afecto familiar), o acaso se propone lograr una meta ambiciosa para ser respetado, etc. La infelicidad tiene muchas formas y todas ellas confluyen en la aspiración arquetípica del paraíso perdido. ¿Qué paraíso es ese? El de una existencia extática en el seno de una sociedad justa, una relación amorosa impoluta o una familia o una pareja feliz, donde no existan diferencias de credo, ni deseos contrapuestos. Es el sueño de una experiencia unitiva que nos libere de la individualidad tan dolorosamente conseguida y cimentada. La utopía del infeliz es la felicidad, claro, pero para conseguirla debe, paradójicamente, aceptar su dolor y explorarlo a fondo, entender lo que le está sucediendo de una manera totalmente frontal, honesta. Cuando la persona que sufre cae en cuenta de la naturaleza exacta de sus padecimientos, encuentra que su infelicidad es algo arduamente sostenido sobre creencias, miedos y ansiedades ciegas, de las que puede desprenderse en un momento de lucidez llamado por Fritz Perls un “mini-satori” o “pequeña-iluminación” (también lo digo por experiencia propia y lo he visto en terapia). En ese momento ve a sus familiares y amigos como realmente son y no como su infelicidad se los mostraba; los ve con un afecto libre de temores y exigencias. Los acepta y agradece su existencia, y puede, en un instante (aunque este instante sea el de su muerte), tener un momento de inspiración en el cual entiende una verdad: el paraíso son los otros.

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Acerca de adolfomacias

Psicoterapeuta y facilitador de grupos, especializado en terapia transformacional. Profesor del Instituto de Desarrollo Personal Cre-Ser. Asesor en comunicación creativa y escritor. Ganó en el 2010 el premio nacional de Literatura Joaquín Gallegos Lara por su novela "El grito del hada".

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