Congruencia e incongruencia: dos fases del proceso

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Dentro de la Psicología Humanística se ha idealizado la congruencia como un estado deseable para el ser humano. Se puede entender a la congruencia como la unidad entre sentir, pensar, hacer y decir; pero también como la unidad la mente y el cuerpo, o la correspondencia entre los procesos concientes con los procesos inconscientes u organísmicos más profundos. Para la Gestalt y la Psicología del Proceso, la incongruencia se manifiesta en forma de “dobles señales”, es decir cuando la persona de manera conciente y deliberada expresa algo, pero su cuerpo, de manera involuntaria, dice otra cosa. Por ejemplo: la persona dice no sentir miedo pero está palida, o la persona dice sentir mucha paz pero agita incesantemente uno de sus pies sin darse cuenta. Las señales dobles se justifican por cuanto una persona se identifica con ciertas tendencias de su personalidad, ignorando o reprimiendo otras. Por ejemplo una persona que se identifica como decidida, fuerte y dominante, puede ser incapaz de contactar con su debilidad o vulnerabilidad, pero éstas “lo traicionan” en su tono de voz u otras señales no voluntarias de su lenguaje no verbal. Desde este punto de vista la incongruencia sería algo negativo. Sin embargo, cabe considerar a la incongruencia como parte de un proceso por el cual la identidad es sometida a una revisión y crisis transitoria, para que emerja una nueva personalidad. Es decir: la incongruencia sería una fase necesaria, crítica, en la cual nuestra identidad entra en crisis, para que pueda surgir algo nuevo. La persona que tenía una experiencia de vida más o menos armoniosa y congruente, empieza a sentir ciertos estados psicofísicos molestos: ansiedad, miedo, adormecimiento, ira aparentemente injustificada y otros, incluyendo enfermedades o síntomas de carácter físico, aparentemente desconectados del mundo emocional. La vida, experimentada de manera estable y congruente, es de pronto experimentada como algo inestable e incongruente (pienso unas cosas que no quiero decir, o siento cosas que no entiendo). Esto desatará un proceso de cambio, una evolución de la identidad conciente del individuo. La vida humana, desde este punto de vista, es un ciclo de muerte y renacimiento interminable, que solo se suspendería al precio de una rigidez extrema, que impidiese a toda costa el cambio de personalidad. Recordemos el lema: genio y figura, hasta la sepultura. Por el contrario, la mística hindú favorece la visión de la vida como un teatro, y de la personalidad como rol, como máscara y juego, diferente de la esencia. Pasar de una personalidad a otra sería, de esta manera, una suerte de transmigración del alma en esta vida, de personalidad en personalidad. Las pesadillas, los estados emocionales alterados y los problemas relacionales estarían ahí para decirnos que ha llegado la hora de cambiar, que algo “no funciona” en nuestra manera actual de interpretar e interactuar con el mundo. Rendirnos a lo desconocido y seguir la dirección del proceso emergente serían destrezas para la transmigración.

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Acerca de adolfomacias

Psicoterapeuta y facilitador de grupos, especializado en terapia transformacional. Profesor del Instituto de Desarrollo Personal Cre-Ser. Asesor en comunicación creativa y escritor. Ganó en el 2010 el premio nacional de Literatura Joaquín Gallegos Lara por su novela "El grito del hada".

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