Archivos Mensuales: octubre 2012

La mujer orquesta

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La mujer orquesta tiene malestares y enfermedades profesionales. Me explico mediante un caso tipo: la adolescente que debió reemplazar a su madre ausente en el cuidado de sus hermanos y trabajar desde entonces para sostener una casa. Ella aprendió a ser fuerte y no dejarse abatir por los problemas. Creció y luego se casó haciendo todo al mismo tiempo: cuidar niños y padres, ayudar a sus amigas y aconsejarlas, trabajar y hacer extras en la cocina, complacer a su marido y soportar sus ausencias, divorciarse y prescindir de cualquier ayuda llegado el momento. Cree que hay que ser positiva en esta vida y recita continuamente el lema “al mal tiempo buena cara”. Las cosas le salen bien, pero la desgracia parece al mismo tiempo seguirla en sus acciones. Tras experimentar el rechazo de un ser amado, sufrir una estafa, verse enfrentada al cuidado de un padre con una enfemedad terminal u otro tipo de revés, entra finalmente en crisis y siente que está a punto de derrumbarse. Esta vez no logra reanimarse y se sume en el desaliento. Una amiga le dice: “tú no eres así, debes quitarte esa cara y animarte, no vas a derrotarte de esa manera”. Ella se maquilla, compone una sonrisa y sale a trabajar con ánimo, pero a las pocas horas siente que se hunde en el vacío y que le falta energía para continuar. Por más que trata, no puede engañarse respecto a lo que siente. Por dentro se está formado algo pesado, un vacío y una sensación de agotamiento existencial profundo, a la que etiqueta finalmente con el nombre de “depresión”. Ir a un médico y tomar una pastilla sería para ella lo ideal. La sola idea de descansar y derrumbarse, de hacerle caso a su organismo y permitirse dormir, estar triste y llorar su pérdida, le parece de un riesgo inaceptable. Dentro de su identidad primaria de luchadora, esto equivale a la derrota. Es como si una parte dentro de su ser imaginara este agotamiento como el final de todo, como la aniquilación absoluta: un pozo ciego del que jamás logrará salir si cae dentro de él. Es comprensible: ella siempre ha protegido, pero nunca ha sido protegida; ella siempre ampara, pero no se siente amparada. Finalmente, ella teme abandonar su eterno ritmo de mujer orquesta que lo puede todo. Por experiencia sabe que el aprecio que recibe por su generosidad ha sido una fuente de autovaloración y felicidad en varios momentos de la vida.

Tomando en cuenta todo lo mencionado, es comprensible que el desaliento profundo que experimenta durante la crisis sea percibido como una amenaza para su existencia, es decir como una “enfermedad”. Algo me pasa: estoy deprimida. Una enfermedad es algo que padecemos, algo que no somos nosotros (sus víctimas), la enfermedad es asunto del doctor; deja de ser nuestra responsabilidad y, por lo tanto, nos desconectamos de su mensaje. Por esto, en terapia le permitimos a esta mujer derrumbarse e identificarse con su necesidad de acogimiento, con su necesidad de sueño y reparación, con su posibilidad de ser amada sin tener que esforzarse para ello. Mientras estas necesidades no sean acogidas, entendidas y valoradas, mientras no se compadezca la mujer de sí misma y acepte plenamente su cansancio, su llanto y su tristeza, la “depresión” seguirá por dentro y crecerá, hasta producir síntomas alarmantes.  A muchas mujeres les pasa esto y se preguntan: ¿Cómo es posible amarme a mí misma? Si hago lo que quiero, si apago el teléfono y me boto en la cama, ¿no voy a convertirme en un ser miserable? He visto a este tipo de mujeres hablarme de cáncer, de extirpación de útero u ovarios, o de otro tipo de operaciones cuando se acercan a los cincuenta años. ¿Es una fantasía mía o puede haber alguna conexión en todo esto? Es como si tuvieran una barrera hacia el relajamiento y el abandono pleno, como si temiesen ser sentimentales y vulnerables ya que gravita en ellas la memoria temprana del abandono (padre o madre ausente, por uno u otro motivo). El primer paso es, por lo tanto, el más necesario: aprender a derrumbarse. De suyo, a veces lo hacemos físicamente en la consulta: la mujer se para y le pido que se derrumbe, que caiga al piso y observe lo que le sucede interiormente. A veces no puede hacerlo y se aferra a su personalidad, a veces puede y se ríe, a veces cae y llora, y la niña responsabilizada del cuidado de sus hermanos aflora para ser consolada. En ese momento empieza el proceso de sanación: una vez que se acepta sin prejuicios esta experiencia; cuando acepta que tiene el derecho a no hacer nada y a pedir ayuda. Al poco tiempo de esto es posible que se sienta nuevamente radiante y con energía, pero algo habrá cambiado: tendrá mayor consciencia de sus propias necesidades y cuidará mejor de  sí misma. La mujer orquesta sabrá cómo quitarse el bombo, los platillos y la harmónica cuando está de asueto. (Para tomar una cita, escribir a: adolfomaciasterapeuta@yahoo.com     o llamar al 0997330894 / 2285545, Quito).

Trastorno Límite de Personalidad

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Cuando sobrevaloras a una persona, generalmente deseas estar con ella, recibir sus halagos y su cariño, porque entonces te sientes acogida y valorada. Tus ojos parecen fijarse en lo genial y maravillosa que es esa persona, sin descubrir, por el momento, ningún defecto. Si a esto unes una gran necesidad de afecto de tu parte, la dependencia hacia esa persona será tan intensa que ante el menor problema o rechazo todo se caerá en pedazos. Quedaron el ir juntos a un restaurante y te dejó plantada. Media hora después llega un mensaje sin mayor explicación, y de pronto te sientes rechazada. La depresión se adueña de ti y piensas que eres una tonta, y que esa persona en realidad no te quiere, porque eres poca cosa para él o ella. Entonces te deprimes profundamente y sientes dolor en el pecho, un sufrimiento intenso, y el deseo de terminar contigo para poder eliminar ese dolor profundo que tan bien conoces: el de la soledad y la falta de sentido, el de saber perfectamente que no eres suficiente para nadie, que tu vida no vale nada… Esta es la subida y bajada característica, en el plano de la relaciones interpersonales, de una mujer o un hombre con Trastorno Límite de Personalidad. ¿Parece exagerado? ¡Pregúntales! A este temor profundo al rechazo, se suman usualmente la inestabilidad emocional y la irritabilidad, incluso la explosividad o grosería con las personas cercanas o los familiares que se preocupan (de lo que luego se pueden arrepentir). También son probables las conductas autodestructivas o una adicción cualquiera, ya sea al sexo, la comida, el cigarrillo,  la televisión o las drogas. Es como sentir por dentro un vacío vertiginoso, que no se llena con nada. Finalmente sobreviene la crisis, el agotamiento, el deseo de morir o de que alguien te ayude.

Ser libre y entender que las personas tienen otras vidas, que tú tienes la tuya y que esta vida tiene valor por sí misma, que eres capaz de hacer cosas importantes y confrontar el rechazo de otros con serenidad y claridad mental, experimentando bienestar y seguridad en el núcleo de tu personalidad, es algo que conseguirás con el paso de los meses, a partir de un proceso terapéutico, en el cual podrás expresar tus emociones y descubrir los sucesos traumáticos originarios detrás de tu afección. Poco a poco los miedos y las creencias nucleares antiguas, que subyacen a tu malestar, irán emergiendo y procesándose. Poco a poco empezarás a despertar y darte cuenta de que tu realidad es distinta a aquella en la cual se originaron esos miedos y creencias, a descubrir tu fuerza, tu capacidad de amar de una manera madura, de ser quien quieres ser sin necesitar la aprobación de nadie. Si te identificas con este tipo de malestar emocional y deseas sentirte bien, puedes llamar al 2285545 o al 0997330894 y pedir una cita. Te acompaño en el proceso.

Los sueños nos enseñan a vivir

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Un chico que está en problemas con su familia por su supuesta “inercia”, “depresión” y “falta de empuje” (según sus padres) viene a terapia. Ha soñado que está en una parada de bus, una de esas viseras de cemento viejas y corroídas por la lluvia, que cobija en una carretera a los pasajeros que quieren subirse a un bus intercantonal. Los buses vienen llenos y no se detienen a recogerlo. Misteriosamente sabe que, si no juega con los niños que están en una casita de madera en el monte, al otro lado del camino, ningún bus va a recogerlo. Esa es la ley del sueño: o juegas con los niños o no vas a ningún lado. Está en la costa, hace calor. Se dirige hacia los niños y juega con ellos. Se acercan a un perrito, toman agua fresca de un balde, se ríen, los abraza y corretean hasta agotarse. Entonces entiende que debe irse. Ellos están tristes de perder a un buen compañero. Él regresa hacia la parada y un bus se detiene, parte para Quito. Cuando le pido que se convierta en uno de los niños, dice que se siente feliz de estar con alguien que quiere jugar con él, de divertirse espontáneamente, de manera inocente. Cuando le pido que sea el agua, quiere saltar en borbotones e inundarse de luz, sentirse fresco. Cuando le pido que sea el perrito, imagina que brinca y juega con la misma espontaneidad. Todo coincide: a través de esos personajes, él reconoce su anhelo profundo de contacto y movimiento (en su depresión, suele quedarse en la cama o frente al computador, quieto y sumido en su tristeza). Cuando le pido que se convierta en la estación de bus desde la que partía en el sueño, él se descubre como un ser cansado y viejo, golpeado por la vida, fuerte pero triste. El sueño le dice que para poder seguir su camino debe dejar esa estación e ir a jugar con los niños. Entonces le pido que formule el deseo del sueño, y él dice: “me siento cansado y viejo, gastado, y anhelo jugar, no voy a poder seguir mi camino si no vuelvo a ser como un niño y salgo de mi silencio, me divierto con las personas y expreso mis sentimientos con inocencia, tal como me gusta ser. En realidad yo soy una persona sencilla, y soy feliz con cosas muy simples”. ¿Y cómo vas a llegar?, le pregunto, ¿cómo se siente ser ese bus que te lleva hacia Quito? El sonríe: “Me siento potente y rápido, lleno de fuerza”. Una sensación de bienestar irradia dentro de él al decir esto. Le pido que observe dentro de su organismo en qué parte resuena el juego con los niños. Me reporta que es una sensación alegre en su bajo vientre y en sus piernas. Masajeo y sacudo estas zonas, como llamándolas a despertar. Luego le pido que vuelva a sentirse como la vieja parada de bus y que me reporte en qué parte del cuerpo siente este cansancio y rigidez. En la columna, responde. Apenas toco esta zona grita de dolor. Los músculos de su espalda están contraídos y su columna carece de movilidad (en su sueño la parada de bus es un pilar de cemento con una visera). Todo el dolor de su existencia parecería acumularse en este sitio. El masaje es largo y doloroso. Trabajamos en ejercicios de bioenergética para la flexibilización de la columna y corremos como niños por la consulta, balanceándonos como figuras de goma, para que la columna oscile, hasta cansarnos. Luego se va felizmente a su casa. Hemos pasado un gran momento. El sueño, como siempre, fue transparente. Totalmente transparente.

Terapia para el cambio laboral

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Un hombre viene a terapia. Su matrimonio está en crisis. Hay una sensación de vacío y aburrimiento general, que se refleja en la falta total de interés sexual de ambos. Él valora a su esposa, la ama pero siente que está “muerto por dentro”. Todo el día se pasa trabajando y cuando puede, se va a beber con sus amigos. Beber es lo único estimulante en su vida. Tomarse un trago y liberarse de esa espesa nube de tedio que lo abruma después de una semana de trabajo. El hombre cree tener problemas con el alcohol y con su esposa. En realidad tiene problemas con su trabajo. Al someterse a una rutina laboral que considera ineludible y en la cual carece de estímulos para desarrollar su talento y ser feliz, el trabajo se ha vuelto una simple lucha por la subsistencia y el cumplimiento de sus “responsabilidades”.  Cada día hay un problema, dice: “apenas se arreglan las cosas ya se produce un incendio, y hay que correr de nuevo para apagarlo”. A su manera de ver, no lo dejan vivir en paz. Experimenta su vida como un penoso esfuerzo por sostener un edificio de naipes siempre a punto de caerse. Su sueño es ganarse la lotería, irse de vacaciones a algún paraíso tropical, volver a ser joven y empezar otra vida. Por eso disfruta tanto en el cine, con sus personajes favoritos de aventuras y cuando la película se acaba, hay algo triste en el aire, una desazón, un descenso. Pero eso, naturalmente, “son tonterías”. “Hay que ser real”, explica. “Esto es lo que hay, y muchas personas no tienen lo que yo tengo”. En este momento detecto a dos personas: el héroe de aventuras que pugna por surgir y el realista desencantado que lo desvaloriza. Naturalmente, es posible vivir de otra manera, pero la voz interna del crítico asoma para desbaratar cualquier sueño. Detrás de esta voz hay un fantasma: el de su padre. A fuerza de equivocaciones, aprendió el cliente a darle la razón, y ahora su padre vive en él y le impide actuar de manera más placentera, más expansiva y aventurera. Al explorar sus deseos de aventura, hay un negocio que le gustaría montar: un hotel en la playa. Nada le impide hacer esto, pero supone un riesgo. En este momento debe evaluar si la seguridad es realmente un valor por el que se debe pagar a un precio tan elevado como el del agotamiento existencial. Cuando considera seriamente la posibilidad de hacer cosas nuevas con su vida, de empezar con una aventura profesional llena de imprevistos y posibilidades, en un lugar de su preferencia, todo su cuerpo se llena de una corriente inquietante. Es como si el sol y el aire salino ingresaran al espacio cerrado de la consulta. Cuando le pregunto si conoce a alguien que emprendería una aventura como ésta, responde que sí: tiene un tío sensacional. Mientras describe al tío le brillan los ojos. Un tipo genial, que vive bien y tiene lo que quiere, aunque una vez quebró y tuvo que volver a levantarse. En realidad está hablando de sí mismo, de su propia necesidad de aventura y emprendimiento. Inmediatamente dibuja en un papel el hotel que desea construir y su voz cambia: todo su ser irradia energía y vitalidad. De pronto, un ser maravilloso y vivo me habla… (Para tomar una cita, escribir a: adolfomaciasterapeuta@yahoo.com     o llamar al 0997330894 / 2285545, Quito).

El cuerpo, revelado

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Como un río nuevo y fresco salta a la historia la psicoterapia basada en el cuerpo. Lo hace de la mano de Wilhelm Reich y su teoría de las tensiones musculares crónicas, que impiden la circulación de la energía vital por el organismo a causa de contracciones experimentadas en la infancia como reacción al desamor, la desvaloración, la sobreprotección, la violencia o el abandono. El niño contraído por el miedo inhibe la expresión de aquellas necesidades o sentimientos que pueden provocar, por ejemplo, la cólera de su padre. Siguiendo el mismo ejemplo, el niño haría esto bajando la cabeza, contrayendo el diafragma, sus hombros y deteniendo el impulso de golpear con los puños. Cuando estas contracciones se vuelven crónicas pasan al inconsciente adaptativo (Kurtz), permitiendo que la persona se olvide de ellas. Desde entonces irá por la vida con la cabeza gacha y los brazos caídos. No la siente conscientemente, pero la tensión está ahí, impidiendo que emerja la cólera. Al trabajar en la coraza muscular mediante masajes y ejercicios, el impulso reprimido, según los bioenergetistas, puede ser contactado y liberado en forma de golpes y gritos. Las escenas originarias de frustración y rabia con el padre volverán a la memoria y así el adulto hará por el niño lo que este no pudo hacer. Una de las originalidades de Fritz Perls es la capacidad que otorga al terapeuta para observar el cuerpo sin tocarlo, y detectar esos impulsos reprimidos que se manifiestan en el color de la piel, el movimiento de pies o manos, y ciertas señales sutiles de la persona “dominada”, por ejemplo, que se cree débil e impotente para protestar ante una agresión, pero es inconscientemente violenta y agresiva con otras personas, de maneras indirectas. Al poner a esa persona en contacto con esas señales, el cliente podrá explorarlas sensiblemente y entrar en contacto con su agresividad latente. Gracias a esto, podrá después integrarla como una parte importante y deseable de su personalidad adulta. Volverá entonces a levantar su cabeza, abrir su pecho y se expresará con mayor fuerza y determinación que antes. Es en la obra de Perls donde nace el concepto de “señales dobles”, de las que luego se encargará extensamente la Psicología del Proceso, de la mano de Arnold Mindell. Detectar estas señales involuntarias y ampliarlas, hasta que broten los impulsos o sentimientos inconscientes, y sean integrados por parte de la identidad primaria, es parte esencial de la vivencia terapéutica del cliente. Sin embargo, la Psicología Transformacional de Ron Kurtz hace un aporte especial al introducir su concepto de “actitudes de manejo”. Se trata de ciertas posturas, tonos de voz y gestos de naturaleza defensiva o tranquilizadora, quenos protegen de las amenazas del medio ambiente e impiden emerger a los impulsos o sentimientos que (de acuerdo a nuestra experiencia de vida) podrían ponernos en peligro. Se trata de gestos, maneras de hablar y se sentarse, de mirar y gesticular que caracterizan a una persona y son organizadas por la defensa. El cliente puede tener consciencia de ellas, pero no control, es decir: se producen de manera espontánea y automática, sin participación de la voluntad consciente de la persona que las actúa. Se presentan en la manera típica de reaccionar de una persona. Estas actitudes aportan seguridad e identidad a la persona. Aunque se oponen al material reprimido, sirven como punto de partida para contactar con él, si el cliente, en estado de consciencia ampliada, las siente y observa, las hace y las deshace con suma lentitud, hasta percibir y entender internamente la naturaleza y función de la actitud de manejo, aquello que la actitud permite y aquello que la actitud evita. Cuando una persona se acerca a pedirme un favor, por ejemplo, puedo poner de lado mi cabeza y cruzar los brazos para escucharla, gracias a lo cual podré sentirme en posición de rechazar algo que temo sea inconveniente para mí. Esto puede ser un gesto eventual y consciente, realizado en contadas ocasiones, pero cuando esta postura es mi manera característica de reaccionar ante todas las personas que se me acercan, se tratará de una actitud de manejo y será puesta en escena de manera automática y generalmente inconsciente. No me doy cuenta y ya estoy así, actuando con la creencia inconsciente de que la otra persona quiere “sacarme algo” o “conseguir algo de mí”. Incluso si la persona generosamente me ofrece su ayuda, yo me defenderé con mi postura y seguiré reacio, desconfiado. Puesto a explorar esta actitud de manejo, a lo mejor descubro que me sirve de muralla, pero también que aprieto mis manos con los antebrazos, contra las costillas, para retener el impuslo de empujar al otro o de golpearlo. ¿En qué momento de mi vida se instaló esta actitud de manejo? ¿Quién —más fuerte y poderoso que yo— me supo manipular o me forzó a hacer cosas que no deseaba cuando era niño? ¿Qué sucedió entonces para que esta creencia medular y la postura correspondiente aparecieran en mi vida y se transformaran en hábito? Estas son las preguntas básicas que se hará entonces el terapeuta. La respuesta, como siempre, está en la vivencia del cliente.

La mujer escénica

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Ese maravilloso terapeuta que fue Ron Kurtz (recientemente fallecido), decidió eliminar las tipologías psicológicas de su método de observación de las personas. Antes, cuando una persona de pecho abultado, actitud arrogante y maneras directivas se presentaba en terapia, era inmediatamente catalogada como del tipo “dominante”, o “duro generoso”, uno iba al libro y el libro decía que esa persona era generosa con quienes le demostraban fidelidad y dura con quienes lo desafiaban, que temía mostrar sus sentimientos de vulnerabilidad, porque en el fondo de su ser había un creencia medular respecto a que mostrar sus sentimientos de tristeza, soledad o de fragilidad haría que otros pasen por encima de él, etc. Entre todas estas tipologías, existía un tipo de mujer a la que Kurtz llamaba “expresiva absorbente aferrada” (clásicamente, la histérica), o sea una mujer que dramatiza sus emociones para llamar la atención e impedir que la dejen sola. Aunque he desechado las tipologías en mi trabajo, creo que se puede ver, en ciertos casos, procesos emocionales de este tipo en mujeres atractivas, que seducen y actúan para llamar la atención. Generalmente bonitas o de aspecto sexi, pasan por maltratos ocasionales y suelen tener una violación en su pasado. Tienen conductas escandalosas y desafían las convenciones, también pueden dirigir sus intereses al mundo del arte. Su viaje de autodescubrimiento y su despertar espiritual pasa por la necesaria autovaloración y autoafirmación, de manera que renuncien a existir en la mirada ajena y empiecen a tener una existencia propia, a confirmar sus talentos y su potencial para la autonomía. Gracias a una gran energía sexual en su sistema, pueden movilizar ocasionalmente procesos de sublimación que contribuyan a vivir una experiencia mística y dirigir sus intereses al mundo de las disciplinas espirituales. En este momento me pregunto: ¿Existe esta mujer que describo? ¿Existe un patrón de conducta “expresivo absorvente aferrado” como una entidad real? Si es así, ¿qué tipo de existencia tiene este patrón? Tal vez sea un modelo de conducta disponible dentro de un mercado de identidades, para que alguien con características idóneas haga uso de él y adquiera presencia en el imaginario social. Tal vez la vida es un escenario de roles, y hay roles característicos o típicos que no deben faltar en el drama o la comedia humana. Estos roles o personajes son los que nos salen a mano en la adolescencia, cuando buscamos “calzar” en la sociedad de alguna manera. Uno de esos roles es el de la mujer escénica: mezcla de seductora, musa inspiradora, alma perdida y drama queen, seguirá llamándola atención de sus espectadores una y otra vez.

Depresión y pérdida amorosa.

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El proceso de identificación entre dos personas al inicio de su enamoramiento está lleno de momentos inspiradores. Una especie de fusión eleva a ambos en alas de sentimientos y pensamientos compartidos, como si el otro fuera ese ser que ha nacido para aceptarnos en este mundo tal como somos. Todo es perfecto, hasta que el tiempo transcurre y algunas pequeñas cosas que carecían de importancia, aparecen bajo un lente de aumento. Si él es un artista despreocupado y ella una ejecutiva organizada y planificadora, habrá intereses y valores en conflicto. Si ella tiene un amigo íntimo de su trabajo y él es inseguro afectivamente, empezará a celarla, etc. Los problemas, en definitiva, llegarán, hasta que uno de los dos decida terminar la relación “por el bien de ambos” (aquí hay alguien que se protege del sufrimiento). Entonces el abandonado o la abandonada puede experimentar ese desgarramiento interior, esa depresión profunda que abate a ciertas personas hasta llevarlas cerca de una muerte emocional, resultado de la dependencia. ¿Qué fue lo que pasó? En estos casos de depresión profunda puede haber existido un entrelazamiento de roles que produjo una simbiosis de personalidades tan penetrante, que la pérdida amorosa conduce a una sensación de aniquilación. Se trata de personas que probablemente no han realizado un proceso de individuación que les permita amar a otro ser conservando su identidad y su libertad. Cuando no nos tenemos cabalmente a nosotros mismos, buscamos completarnos en el otro, y proyectamos sobre él aquellas cosas que nos faltan, probablemente: fortaleza, ternura, alegría de vivir, seguridad, libertad o cualquier otra experiencia faltante, hasta el punto de sentirlas como propias por el solo hecho de identificarnos con el ser amado. Así convertimos al otro en una parte interna nuestra, cuya separación atenta contra nuestra sensación de integridad. En ese tipo de fusión amorosa, el nosotros puede ocupar  el lugar del yo, y la persona, si se sentía antes triste y aburrida, empezará, a través de su relación, a sentirse viva y extrovertida, por ejemplo. Este estado de fusión interpersonal es lo que la Gestalt conoce como “estado de confluencia”. Por otra parte, las barreras a la separación —o miedo al abandono característica de ciertas personas dependientes afectivas— tienen raíces tempranas en el proceso de crecimiento y en la relación entre padres e hijos. Profundizar en estas historias antiguas y ayudarle a la persona abandonada a entender su proceso de vida, hasta ponerla en contacto con el material emocional y los recuerdos que subyacen a su sensación de abandono, es el inicio del proceso de sanación. Aunque es natural sentir dolor por la pérdida del ser amado, experimentar la separación o el divorcio como una muerte psicológica es signo de un proceso interrumpido de individuación, que debe ser atendido. A través de la terapia, la persona podrá transformar su crisis en una oportunidad de autoconocimiento y de crecimiento personal, que lo ayudará a emerger de la separación como una persona más integrada, más segura y más intuitiva. (Si quieres vivir esta experiencia terapéutica llámame a: 0997330894 / 2285545). Un abrazo a todas las personas que siguen este blog; con algunas de ellas hemos llegado a recorrer hermosos caminos de liberación.