El cuerpo, revelado

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Como un río nuevo y fresco salta a la historia la psicoterapia basada en el cuerpo. Lo hace de la mano de Wilhelm Reich y su teoría de las tensiones musculares crónicas, que impiden la circulación de la energía vital por el organismo a causa de contracciones experimentadas en la infancia como reacción al desamor, la desvaloración, la sobreprotección, la violencia o el abandono. El niño contraído por el miedo inhibe la expresión de aquellas necesidades o sentimientos que pueden provocar, por ejemplo, la cólera de su padre. Siguiendo el mismo ejemplo, el niño haría esto bajando la cabeza, contrayendo el diafragma, sus hombros y deteniendo el impulso de golpear con los puños. Cuando estas contracciones se vuelven crónicas pasan al inconsciente adaptativo (Kurtz), permitiendo que la persona se olvide de ellas. Desde entonces irá por la vida con la cabeza gacha y los brazos caídos. No la siente conscientemente, pero la tensión está ahí, impidiendo que emerja la cólera. Al trabajar en la coraza muscular mediante masajes y ejercicios, el impulso reprimido, según los bioenergetistas, puede ser contactado y liberado en forma de golpes y gritos. Las escenas originarias de frustración y rabia con el padre volverán a la memoria y así el adulto hará por el niño lo que este no pudo hacer. Una de las originalidades de Fritz Perls es la capacidad que otorga al terapeuta para observar el cuerpo sin tocarlo, y detectar esos impulsos reprimidos que se manifiestan en el color de la piel, el movimiento de pies o manos, y ciertas señales sutiles de la persona “dominada”, por ejemplo, que se cree débil e impotente para protestar ante una agresión, pero es inconscientemente violenta y agresiva con otras personas, de maneras indirectas. Al poner a esa persona en contacto con esas señales, el cliente podrá explorarlas sensiblemente y entrar en contacto con su agresividad latente. Gracias a esto, podrá después integrarla como una parte importante y deseable de su personalidad adulta. Volverá entonces a levantar su cabeza, abrir su pecho y se expresará con mayor fuerza y determinación que antes. Es en la obra de Perls donde nace el concepto de “señales dobles”, de las que luego se encargará extensamente la Psicología del Proceso, de la mano de Arnold Mindell. Detectar estas señales involuntarias y ampliarlas, hasta que broten los impulsos o sentimientos inconscientes, y sean integrados por parte de la identidad primaria, es parte esencial de la vivencia terapéutica del cliente. Sin embargo, la Psicología Transformacional de Ron Kurtz hace un aporte especial al introducir su concepto de “actitudes de manejo”. Se trata de ciertas posturas, tonos de voz y gestos de naturaleza defensiva o tranquilizadora, quenos protegen de las amenazas del medio ambiente e impiden emerger a los impulsos o sentimientos que (de acuerdo a nuestra experiencia de vida) podrían ponernos en peligro. Se trata de gestos, maneras de hablar y se sentarse, de mirar y gesticular que caracterizan a una persona y son organizadas por la defensa. El cliente puede tener consciencia de ellas, pero no control, es decir: se producen de manera espontánea y automática, sin participación de la voluntad consciente de la persona que las actúa. Se presentan en la manera típica de reaccionar de una persona. Estas actitudes aportan seguridad e identidad a la persona. Aunque se oponen al material reprimido, sirven como punto de partida para contactar con él, si el cliente, en estado de consciencia ampliada, las siente y observa, las hace y las deshace con suma lentitud, hasta percibir y entender internamente la naturaleza y función de la actitud de manejo, aquello que la actitud permite y aquello que la actitud evita. Cuando una persona se acerca a pedirme un favor, por ejemplo, puedo poner de lado mi cabeza y cruzar los brazos para escucharla, gracias a lo cual podré sentirme en posición de rechazar algo que temo sea inconveniente para mí. Esto puede ser un gesto eventual y consciente, realizado en contadas ocasiones, pero cuando esta postura es mi manera característica de reaccionar ante todas las personas que se me acercan, se tratará de una actitud de manejo y será puesta en escena de manera automática y generalmente inconsciente. No me doy cuenta y ya estoy así, actuando con la creencia inconsciente de que la otra persona quiere “sacarme algo” o “conseguir algo de mí”. Incluso si la persona generosamente me ofrece su ayuda, yo me defenderé con mi postura y seguiré reacio, desconfiado. Puesto a explorar esta actitud de manejo, a lo mejor descubro que me sirve de muralla, pero también que aprieto mis manos con los antebrazos, contra las costillas, para retener el impuslo de empujar al otro o de golpearlo. ¿En qué momento de mi vida se instaló esta actitud de manejo? ¿Quién —más fuerte y poderoso que yo— me supo manipular o me forzó a hacer cosas que no deseaba cuando era niño? ¿Qué sucedió entonces para que esta creencia medular y la postura correspondiente aparecieran en mi vida y se transformaran en hábito? Estas son las preguntas básicas que se hará entonces el terapeuta. La respuesta, como siempre, está en la vivencia del cliente.

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Acerca de adolfomacias

Psicoterapeuta y facilitador de grupos, especializado en terapia transformacional. Profesor del Instituto de Desarrollo Personal Cre-Ser. Asesor en comunicación creativa y escritor. Ganó en el 2010 el premio nacional de Literatura Joaquín Gallegos Lara por su novela "El grito del hada".

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