La mujer orquesta

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La mujer orquesta tiene malestares y enfermedades profesionales. Me explico mediante un caso tipo: la adolescente que debió reemplazar a su madre ausente en el cuidado de sus hermanos y trabajar desde entonces para sostener una casa. Ella aprendió a ser fuerte y no dejarse abatir por los problemas. Creció y luego se casó haciendo todo al mismo tiempo: cuidar niños y padres, ayudar a sus amigas y aconsejarlas, trabajar y hacer extras en la cocina, complacer a su marido y soportar sus ausencias, divorciarse y prescindir de cualquier ayuda llegado el momento. Cree que hay que ser positiva en esta vida y recita continuamente el lema “al mal tiempo buena cara”. Las cosas le salen bien, pero la desgracia parece al mismo tiempo seguirla en sus acciones. Tras experimentar el rechazo de un ser amado, sufrir una estafa, verse enfrentada al cuidado de un padre con una enfemedad terminal u otro tipo de revés, entra finalmente en crisis y siente que está a punto de derrumbarse. Esta vez no logra reanimarse y se sume en el desaliento. Una amiga le dice: “tú no eres así, debes quitarte esa cara y animarte, no vas a derrotarte de esa manera”. Ella se maquilla, compone una sonrisa y sale a trabajar con ánimo, pero a las pocas horas siente que se hunde en el vacío y que le falta energía para continuar. Por más que trata, no puede engañarse respecto a lo que siente. Por dentro se está formado algo pesado, un vacío y una sensación de agotamiento existencial profundo, a la que etiqueta finalmente con el nombre de “depresión”. Ir a un médico y tomar una pastilla sería para ella lo ideal. La sola idea de descansar y derrumbarse, de hacerle caso a su organismo y permitirse dormir, estar triste y llorar su pérdida, le parece de un riesgo inaceptable. Dentro de su identidad primaria de luchadora, esto equivale a la derrota. Es como si una parte dentro de su ser imaginara este agotamiento como el final de todo, como la aniquilación absoluta: un pozo ciego del que jamás logrará salir si cae dentro de él. Es comprensible: ella siempre ha protegido, pero nunca ha sido protegida; ella siempre ampara, pero no se siente amparada. Finalmente, ella teme abandonar su eterno ritmo de mujer orquesta que lo puede todo. Por experiencia sabe que el aprecio que recibe por su generosidad ha sido una fuente de autovaloración y felicidad en varios momentos de la vida.

Tomando en cuenta todo lo mencionado, es comprensible que el desaliento profundo que experimenta durante la crisis sea percibido como una amenaza para su existencia, es decir como una “enfermedad”. Algo me pasa: estoy deprimida. Una enfermedad es algo que padecemos, algo que no somos nosotros (sus víctimas), la enfermedad es asunto del doctor; deja de ser nuestra responsabilidad y, por lo tanto, nos desconectamos de su mensaje. Por esto, en terapia le permitimos a esta mujer derrumbarse e identificarse con su necesidad de acogimiento, con su necesidad de sueño y reparación, con su posibilidad de ser amada sin tener que esforzarse para ello. Mientras estas necesidades no sean acogidas, entendidas y valoradas, mientras no se compadezca la mujer de sí misma y acepte plenamente su cansancio, su llanto y su tristeza, la “depresión” seguirá por dentro y crecerá, hasta producir síntomas alarmantes.  A muchas mujeres les pasa esto y se preguntan: ¿Cómo es posible amarme a mí misma? Si hago lo que quiero, si apago el teléfono y me boto en la cama, ¿no voy a convertirme en un ser miserable? He visto a este tipo de mujeres hablarme de cáncer, de extirpación de útero u ovarios, o de otro tipo de operaciones cuando se acercan a los cincuenta años. ¿Es una fantasía mía o puede haber alguna conexión en todo esto? Es como si tuvieran una barrera hacia el relajamiento y el abandono pleno, como si temiesen ser sentimentales y vulnerables ya que gravita en ellas la memoria temprana del abandono (padre o madre ausente, por uno u otro motivo). El primer paso es, por lo tanto, el más necesario: aprender a derrumbarse. De suyo, a veces lo hacemos físicamente en la consulta: la mujer se para y le pido que se derrumbe, que caiga al piso y observe lo que le sucede interiormente. A veces no puede hacerlo y se aferra a su personalidad, a veces puede y se ríe, a veces cae y llora, y la niña responsabilizada del cuidado de sus hermanos aflora para ser consolada. En ese momento empieza el proceso de sanación: una vez que se acepta sin prejuicios esta experiencia; cuando acepta que tiene el derecho a no hacer nada y a pedir ayuda. Al poco tiempo de esto es posible que se sienta nuevamente radiante y con energía, pero algo habrá cambiado: tendrá mayor consciencia de sus propias necesidades y cuidará mejor de  sí misma. La mujer orquesta sabrá cómo quitarse el bombo, los platillos y la harmónica cuando está de asueto. (Para tomar una cita, escribir a: adolfomaciasterapeuta@yahoo.com     o llamar al 0997330894 / 2285545, Quito).

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    • Al parecer son muchas las mujeres que pasan por esto. Ójala encuentres una manera más equilibrada de lidiar con el mundo y cuidar de ti misma, que te haga sentir perfectamente bien. También esto es posible si soltamos ciertos miedos y fantasías sobre quienes somos y lo que los demás necesitan de nosotros. Saludos, Adolfo.

    • Será un gusto poderte apoyar. ¿Puedes venir el lunes a las 08:30 o el martes a las 18:00? MI consulta es en la Venezuela N13-03 y Ante (detrás del colegio Mejía, por la subida al Museo de Arte Contemporáneo).

  1. m e siento identificada con este mensaje me parece estupendo que haya personas que se preocupan por personas como nosotros y veo que no soy la unica y esto me ayuda mas a darle gracias a JESUCRISTO que es el quien cuida mucho de mi y me ha dado las salida a muchas cosas hoy por hoy estoy luchando con algo profundo en mi pero me ha dado ya la salida pero voy de a poco y se que voy a salir de esto gracias po darme la oportunidad de compartirles

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