Archivos Mensuales: enero 2013

Mi sentido de vida

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393616_415724458486628_480353920_nTener un sentido de vida es vivir de manera congruente. Lo que hago lo hago de manera acorde a mis creencias y sentimientos, expresándome siempre de manera auténtica y practicando ciertos valores que he acogido libremente, como resultado de mi proceso existencial. Soy el que soy. Y para serlo necesito primero separar mi autoimagen de la imagen externa que deseo proyectar, es decir: deshacerme de temores y creencias que me hacen actuar en función de lo que otras personas esperan —o me imagino que esperan— de mí. Cambio la aprobación externa por la interna. A través de la introvisión, me siento, me descubro, me doy cuenta de la manera en que vivo y actúo, para corregir el curso y salir de la contradicción a la unidad. Para esto debo atreverme a aceptar mi infelicidad y entender la exacta naturaleza de la misma. Hace poco una mujer me decía: “Tengo depresión, y quiero salir de ella. Le temo a mi depresión… mi familia también tiene miedo de que me deprima. Cuando me deprimo nada parece tener sentido, mi vida parece no tenerlo… Es más, llego a preguntarme qué sentido tiene la vida”. Inmediatamente después de escucharla, la felicité: su depresión era un aliado. La pregunta que se hacía esta mujer valía la pena. Generalmente tememos a una crisis, tememos confrontar el vacío. Pero sólo la crisis nos impulsa a la transformación, a la aventura existencial y al cambio profundo que significa atrevernos a ser nosotros mismos, arriesgarnos a hacer cambios importantes y concretos (renunciar a un trabajo, decirle a alguien algo que nunca le dijimos, arriesgarnos a lo nuevo, etc.) para empezar a llevar una vida digna de ser vivida, pese a sus dificultades. Trazarnos una meta acorde a nuestro talento y nuestras posibilidades, y caminar de tal manera que el camino, más allá del logro obtenido, valga la pena. Por supuesto: lo cómodo sería vivir plácidamente, sin sentir dolor, desempeñando los roles que se nos asignaron como madre, padre, empleado, etc. ¿Pero cuántas personas hacen esto y son verdaderamente felices? La vida nos enseña que pocos. Tampoco quienes llevan una vida con sentido son felices de manera permanente; pero su vida tiene motivación y sus dolores un valor que los de la persona incongruente no tienen. Usando la frase de Carlos Castaneda, su camino es un “camino con corazón”. Por lo tanto, su dolor es enseñanza e inspiración, sus sacrificios merecen ser vividos. Y acepta sus momentos de felicidad agradecidamente, porque sabe que la vida es pasajera y el instante lo único que tiene. Por esto, en terapia, apoyamos a las personas en este maravilloso viaje de autodescubrimiento y sanación que permite llegar a experimentar la vida de una manera significativa (Pide tu cita escribiendo a: adolfomaciasterapeuta@yahoo.com).

¿Soy libre?

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148825_415014611890946_844647953_nLa libertad se entiende, a primera vista, como la posibilidad de elección, sin embargo, en un nivel emocional, está limitada por condicionamientos profundos, temores y fantasías catastróficas sobre el futuro, que nos imponen formas de actuar apegadas a la seguridad y la rutina. Psicológicamente hablando, la libertad es la confianza en el buen resultado de mis actos, cuando se basan en el reconocimiento de mis necesidades y en mi habilidad creativa para satisfacerlas, aprovechando las oportunidades del entorno. Si necesito un trabajo donde pueda moverme con autonomía, ya que no me adapto al ambiente monótono y vertical de una oficina, pero debo pagar las cuotas de mi auto (y con mi empleo tengo un sueldo seguro), puede resultar difícil que opte por la satisfacción de mi necesidad. Mientras sueño con mi autonomía, estaré haciendo lo contrario. Las cuotas serán experimentadas como una exigencia externa, que me impide hacer lo que deseo, y el auto se convertirá en la imagen proyectada de mi deber ser. “Debo” pagar el auto sustituirá a “quiero” pagar el auto. Se habrá introducido una contradicción entre ser y deber ser. Según Perls, Naranjo, Kurtz, Varas y otros autores de la corriente humanística, tener una obligación es lo contrario de ser responsable. La responsabilidad es la capacidad de responder por mis actos, en la medida en que estos son el resultado de una elección libre, basada en el contacto con el entorno y con mis propias necesidades. ¿Pero cuantas personas conocen y simpatizan con sus propias necesidades? ¿Y cuántas, cuando las conocen, las valorizan y se ponen en movimiento para satisfacerlas? Estamos llenos de creencias sobre lo que se puede o no se puede hacer, sobre lo que está bien y lo que no está bien, sobre lo que los demás aceptan o no aceptan de nosotros. Al interiorizar estas demandas en forma de auto-exigencias internas, nos inhibimos de actuar siguiendo la corriente de nuestra autenticidad. Es como si adentro nuestro un vigilante nos juzgara, se burlara o nos infligiera temor respecto a algunas de nuestras inclinaciones o propósitos. Como decía un hombre en terapia hace algunos años: “Tengo ya treinta y dos años… ¡Cómo voy a empezar a estudiar música a esta edad! Entre niños y adolescentes me veré como un idiota, como un fracasado”. ¿Era libre esta persona cuando emitía este juicio? Probablemente todos coincidamos en que no lo era. Para empezar a ser libre debía identificarse con su deseo y creer en sí mismo (tocaba maravillosamente bien la guitarra y componía excelentes canciones, pero esto no era suficiente para él). Al mismo tiempo, debía desafiar creencias respecto a la dignidad y la correcta apariencia, interiorizadas en el ambiente de una familia en la que sus hermanos tenían éxito profesional y dinero. Incluso debía desafiar el criterio expreso de otras personas que tratasen de disuadirlo de su empresa. Ser uno mismo es una empresa gozosa, pero arriesgada. Ser uno mismo es la piedra angular de la libertad y de la responsabilidad auténticas. Ignoro si esta persona empezó a estudiar música; pero si lo hizo, se habrá sentido más viva que antes y habrá tenido motivación para estudiar con ahínco y ser un buen alumno, o sea un alumno apasionado. Este tipo de personas son las más confiables, porque aman lo que hacen y cumplen con sus compromisos de manera auténtica. Sus sacrificios, cuando los hacen, tienen sentido, pues suman al proceso de su auto-realización. Por eso la Gestalt ha sido llamada “terapia de la autenticidad”. (Si quieres una cita, escribe a adolfomaciasterapeuta@yahoo.com).

¿Te amas a ti mism@?

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20060606155815-mujerCuando Jesucristo habló de un mandamiento principal, que rige sobre los demás, habló de amar a los otros como nos amamos a nosotros mismos. Más que un imperativo moral, se trata de una verdad psicológica: la forma en que tratamos a las otras personas se halla íntimamente vinculada a la manera en que nos tratamos a nosotros mismos. No podemos ser infelices y proporcionar felicidad a los demás con nuestro contacto. Y sin embargo, muchas personas creen que sí se puede ayudar a otros mediante la práctica del sacrificio y la auto-postergación. Un conjunto de creencias sombrías parecen ocupar nuestro corazón cuando nos auto mutilamos, por ejemplo, obligándonos a trabajar en algo que no nos gusta o sosteniendo una relación con una persona a la que no amamos, por recibir algo de cuidado o de seguridad… Se podrían poner muchos ejemplos de auto postergación, comenzando por el mal cuidado que le damos a nuestro propio cuerpo. Sobrecomemos o fumamos, tomamos café o aliñamos excesivamente la comida, para sentir algo de placer. Es como si, en el fondo, nos hiciéramos daño, porque no amamos el tipo de vida que desempeñamos. Para la persona auto-postergada, la vida es lo que le sucede, algo que no se elige. La cultura popular provee un arsenal de frases consoladoras para ella: “es lo que hay”, “al menos tengo un techo bajo el cual cobijarme”, “cada quien carga con su cruz”, “hay que darle duro”, “así es la vida”, etc. El mundo convertido en un campo de concentración parecería ser el paradigma de esta cultura de martirologio. Como resultado de esto llega el resentimiento, la amargura y la irritabilidad constante, ejercidos contra otras personas. Sí yo mismo me obligo a trabajar sin descanso en una tarea dura y sin estímulos (una tarea que no elegí), mi rabia desbordará sobre mis colaboradores, cuando se rían o actúen relajadamente. Es el caso de la madre sufrida que soporta una existencia de sacrificio contante. Si yo misma considero que ser libre es un imposible, ¿qué clase de mensajes enviaré a mis hijos? Los mismos que me carcomen por dentro: la vida es dura, cierra la boca, no llores, tienes que hacer lo que te dicen, etc. Como resultado de esto, mis hijos empezarán a enojarse, a fumar marihuana o hacer cualquier cosa que les permita fugarse del ambiente tedioso del hogar y del colegio, hasta provocarse una crisis familiar. Muchas mujeres traen a terapia a sus hijos, sin darse cuenta de que son ellas las que merecen y necesitan verdaderamente ayuda. La primera y fundamental forma de auto-postergación es la alienación de la libertad: dejo que otros me digan lo que soy y lo que debo hacer, dejo que otros decidan por mí, sepulto mis deseos en el pozo de las decepciones y me impongo una manera “realista” (en realidad hostil) de ver el mundo. Es así como me convierto en una persona rígida. ¿Así es la vida? ¡No! ¡Así NO es la vida, así somos nosotros cuando nos auto-postergamos! Si algo de esto sucede en tu casa, es hora de liberarse de estos atavismos culturales y psicológicos que nos impiden amarnos a nosotros mismos para poder amar a los demás desde una sensación de bienestar y plenitud existencial, sin manipulaciones, con respeto a su libertad y su autenticidad. Entonces siendo generosos con nosotros, seremos generosos con quienes nos rodean. (Para tomar una cita, escribe a adolfomaciasterapeuta@yahoo.com).