Archivos Mensuales: marzo 2013

El nivel del centauro

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Centauro“Si bloqueas el dolor, bloqueas tu capacidad de sentir placer”, tal es una de las convicciones claves de Lowen y los bioenergetistas. Desde niños aprendemos a tensar o contraer nuestra complejísima musculatura (ojos, mandíbulas, cuello, hombros, espalda, pecho y diafragma, vientre, extremidades), para bloquear sensaciones que emergen en el cuerpo —impulsos y sentimientos que no se avienen a nuestra estrategia caracterológica—. El autocontrol, tan necesario en ciertos aspectos, produce adaptación al medio familiar, pero también perdemos algo de espontaneidad. El establecimiento de un ego (basado en el control de la mente sobre el cuerpo) va entonces de la mano de cierta rigidez o personalidad estereotipada, que nos permite estar parcialmente fuera de contacto con la ansiedad, la angustia, la ira, la tristeza o el llanto, pero también nos impide sentirnos plenamente vivos y satisfechos. Cuando esta “coraza caracterológica” (Reich dixit) fracasa y nos vamos a pique, la psiquiatría se encarga de restablecer el statu quo, y de llevarnos a la misma “insatisfacción ligera” en la cual se anclan muchas personas que desean sentirse mejor. Ansiolíticos, píldoras para dormir, antidepresivos.  Es como viajar con piloto automático en medio de la tormenta. En este momento aparecen dos bloqueos, uno sobre el otro: doble candado (corporal y químico), complejo nudo de Gordias por deshacer. ¿Conocen este nudo? Es el intrincado nudo que sujetaba las cuerdas con las que los bueyes tiraban del arado de Gordias, un campesino. Según el augurio, quien deshiciese ese nudo, sería rey de Frigia. Alejandro Magno, camino a Persia, resolvió el asunto (con un tajo de su espada) y así cumplió el augurio. De igual manera, Lowen cortó por lo sano al promover la concientización de las tensiones musculares que impiden sentir el malestar, su distención y la expresión plena de las emociones o impulsos contenidos. No más sopor farmacológico, no más fobia al dolor, sino una honesta aceptación del mismo, junto con el acogimiento de las memorias asociadas a esos sentimientos. Esta auto-aceptación sin remilgos, este ser lo que soy, sin aspiraciones de idoneidad, es el primer paso de la incongruencia a la congruencia, pregonado por Perls. Se produce generalmente mediante una crisis, y da lugar a algo nuevo: una personalidad más relajada y expandida, libre de la tiranía de la autoimagen. En ese momento, lanzarse a vivir a plenitud las peripecias de un camino con corazón (el camino de la auto-realización), se hace posible. Piensen en un músico que estaba atrapado en la moda o en ciertas creencias personales sobre lo que es “buena música”, calificándose y descalificándose según este patrón. Una vez que alcanza su integridad mente-cuerpo y se libera de la autoimagen, podrá dejarse llevar por su instrumento musical a lo impredecible, sin tratar de calzar en ninguna expectativa. Se produce así una renuncia al autocontrol neurótico, una confianza en el flujo natural de la existencia cuya máxima expresión se halla contenida en la sabiduría de Lao Tse: “la maestría del mundo se consigue permitiendo que las cosas tomen su curso natural”. En esencia, una persona auténtica es una persona que puede —y se permite— sentir, llorar, gozar y expresarse libremente en el placer y en el dolor, sin ocultar, forzar ni impedir nada. Su cuerpo y su mente ya no se distinguen el uno de la otra, sino que vibran en unidad. La persona está completamente viva, presente en el aquí y el ahora, alcanzando lo que Ken Wilber llama, hermosamente, “el nivel del centauro”.

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Nuestro cuerpo: el mago silencioso

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220px-Gustave_Moreau_005Según la Psicología del Proceso de Mindell, todos tenemos una personalidad consciente o identidad primaria, con la que nos identificamos. Cada vez que yo me identifico con algo, establezco una línea divisoria entre lo que soy y lo  que no soy. Si digo que soy honesto, establezco una línea divisoria entre gente honesta y gente deshonesta. Si digo que soy sensible, establezco un límite entre quienes lo son y no lo son. Yo estoy en este grupo, otros en el otro. Así puedo decir, por ejemplo, que soy bajo, gordo, callado, cariñoso y trabajador. Sin embargo, mi cuerpo dice muchas cosas de mí que no forman parte de esta autoimagen. Por ejemplo cierto temblor de manos, de misterioso origen, que me perturba. Si me contacto con el temblor y dejo a mis manos temblar, exagero este temblor y me hago cargo de él, puede transformarse en un estallido de ira reprimida. Y resulta que en ese momento no soy callado ni cariñoso, sino firme y agresivo. Parecería de golpe haber saltado de adentro a un “algo que no soy”. Todas las señales corporales perturbadoras de naturaleza inconsciente pueden ser acceso a rasgos de personalidad reprimidos por mi identidad primaria y mis creencias nucleares. Si creo que “si expreso mi desacuerdo me van a rechazar” y que eso sencillamente “no se hace con las personas que uno ama”, porque yo debo ser “buena gente”, toda mi agresividad será sofocada y acallada en el inconsciente y se presentará entonces de manera misteriosa a través de señales corporales “secundarias”, o sea señales involuntarias y automáticas, de origen desconocido. Si evadimos la ira, por ejemplo, esas señales contendrán un acceso a esa ira. Esto puede hacerse de dos maneras: (1) posturas corporales de control: por las cuales nos sentimos mejor y bloqueamos la sensación emergente perturbadora (una persona se acaricia una oreja en medio de una conversación); y (2) señales perturbadoras (como temblor de piernas ante un auditorio) que al ser enfocadas por la consciencia producen malestar y acceso al material reprimido. Cabe aquí decir que una vez enfocada la señal, si dejamos nuestra mente analítica a un lado y ampliamos la experiencia, entrando, por así decirlo, en trance, hasta que la señal se “desarrolla”, puede aparecer algo por completo distinto a lo que percibimos en primera instancia. Por ejemplo el temblor de piernas (que experimenta una persona ante un auditorio), al ser amplificado en terapia, puede convertirse en un zapateo alegre y poderoso, que hace sentirse a la persona llena de energía. Este proceso que lleva de una polaridad a otra es conocido como “enantiodromia” (Gustav Jung), principio por el cual cualquier fuerza en su máxima expresión de transforma en su opuesto, como está cifrado en el clásico símbolo del yin y del yang. Hay que recalcar que no siempre se reprimen cosas como la ira, el resentimiento o el llanto (aunque esto sea lo más usual), también se pueden reprimir las tendencias homosexuales, la creatividad y el entusiasmo, por poner ejemplos de muy diversa índole. Por esto, en la Psicoterapia Experiencial, existe una herramienta de auto-observación muy útil, la auto-observación de posturas y gestos habituales, que podemos realizar en cualquier momento en nuestra vida diaria para darnos cuenta de lo que nos sucede, más allá de la conciencia inmediata. Al fijarnos en la forma en que cruzamos piernas, apretamos una parte del cuerpo con otra, sonreímos o ladeamos la cabeza, la dirección de nuestra mirada en determinado momento, etc., podemos explorar lo que “está por debajo”, afinar nuestra percepción interna y preguntarnos: “¿Qué estoy haciendo?” Y luego: “¿Qué estoy consiguiendo experimentar y qué estoy evitando sentir al tomar esta postura?” Y finalmente: “¿Qué dice esto sobre mi manera de estar en el mundo?”. (Si deseas una cita, escríbeme a adolfomaciasterapeuta@yahoo.com  / o llámame al 0997330894 / 2285545)