Archivos Mensuales: julio 2013

La mujer celosa

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Mujer acostadaUna mujer está celosa. Cuando descubre en un bolsillo de su marido una factura de restaurante con dos cenas y vino tinto, tiene una sospecha. Hace tiempo que siente “algo” en su tono de voz, cuando él le dice que se va a demorar en su trabajo. De suyo se enteró una vez que se había quedado con unos amigos, en el cumpleaños de una ejecutiva de le empresa, muy atractiva. Ve una factura, pero interpreta una cena romántica. Se puede afirmar que hay aquí una inducción fantástica, cuyo fundamento es la inseguridad emocional. ¿Qué sucede? Si se sintiera plenamente amada —y vista—, no interpretaría de esa manera el significado de esa factura. Aunque el marido no le sea infiel, le es infiel en cierto sentido, puesto que no está presente, en contacto real con ella. Odiseo deja el hogar y va hacia una aventura, hacia la guerra de Troya. De igual manera el marido, una vez que ha asegurado su hogar, ha satisfecho su necesidad de una compañera sexual y las cosas “están en orden”, sale al mundo, mira al horizonte y se ausenta, se enfoca en sus metas laborales y sus relaciones sociales. En la medida en que es un padre responsable, cree cumplir con sus funciones y no entiende porqué su mujer está con celos. La mujer interpreta aquella ausencia desde su sentimiento básico de desvalorización y abandono (“no te importo”).

Puesto que la intensidad de la pasión ha disminuido, queda abierta la posibilidad de que en esa lejanía, Odiseo naufrague en la isla de la seductora Circe, cuya magia sexual puede hipnotizar y producir en el viajero amnesia, olvido de su hogar. Los hijos son aquí el anillo de poder para la esposa: la posibilidad de perder el hogar hace romper con sus amantes a la mayoría de los hombres infieles. Exista o no exista una amante, la esposa sospecha. El marido da pruebas para demostrar  su inocencia (“¡cómo pude haber estado con otra, si salí de la reunión a las siete y estuve aquí a las ocho!”). Sus argumentos no calman, puesto que son racionales y no atienden al sentimiento básico de su esposa. Si ella, por otra parte, ha vivido durante la infancia en un hogar donde el padre fue infiel o abandonó la casa, dejándola junto a una madre victimizada, el rol de la mujer será aún más dramático.

El empeño de la mujer celosa será demostrar la infidelidad de su hombre, hacerlo confesar, pues está segura de que le oculta algo (algunas conductas de él la apoyan en este sentido). De manera reactiva, el marido dirá que ella “está loca”, pues lo acusa de tener una amante que no existe. Dirá que le es fiel y que la quiere. Cuando ella pregunte donde está su amor, él responderá que lo demuestra todos los días… ¡trabajando para la familia! Para que pueda haber un cambio, es importante expresar los sentimientos con total franqueza: “Te tengo cariño, pero me aburre estar en casa, eres demasiado rígida y planificadora”, por ejemplo, o: “Me siento abandonada y sola, te extraño”, etc. Mientras las cosas no se aborden en el nivel emocional y con total sinceridad, no habrá salida al círculo vicioso. Detrás de los celos lo que existe, esencialmente, es falta de contacto emocional honesto… (para pedir una cita terapéutica, escribir a: adolfomaciasterapeuta@yahoo.com o marcar 2285545 / 0997330894, Quito-Ecuador).

El mal marido

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CorazónTras el nacimiento de los hijos, el “nosotros” es representado por la mujer, y el “yo” por el hombre problemático, aquel que traiciona el bien común, buscando realizaciones y placeres personales. En efecto, el “mal marido” puede quedarse jugando cartas con los amigos e ir al fútbol los domingos, se sienta a ver la televisión y espera que su mujer se encargue de la comida o del cuidado de los hijos. Para él, el trabajo comporta ya una rutina y un esfuerzo, y le gustaría que el hogar sea un sitio de placer y relajamiento. Sin embargo, la casa demanda tareas y responsabilidades continuas, recordadas día a día por su mujer. Dentro del modelo tradicional de hogar, el hombre estaba dispensado de las tareas domésticas en la medida en que se erigía como proveedor y salía al mundo exterior, sitio de la confrontación y la aventura económica. Sus desafíos parecían mirar hacia el mundo social (profesión, iniciativa y competencia laboral). Por su lado, la mujer se orientaba hacia el hogar, asegurando la subsistencia afectiva y material de sus hijos. Con el cambio de patrones culturales y el igualamiento exigido de los roles, la mujer sale hoy a trabajar y espera que el hombre comparta, de igual manera, su rol en el hogar. ¡Pero esto no llega casi nunca  a suceder! El hombre, al verse enfrentado a un nivel de exigencia que no corresponde a sus deseos, aparece como alguien de mala voluntad, que atenta contra el poder femenino basado en el bien común y la previsión del futuro familiar. Una vez madre, ella ve hacia el futuro, ahorra, administra y se encarga de los hijos. El marido pasa a su servicio y obedece sus indicaciones de buena o mala manera.

¿Qué ha sucedido? Para la madre, la aventura amorosa, que la sustraía al aburrimiento cotidiano y la lanzaba en alas de sensaciones arrobadoras, se perpetuó en la ilusión matrimonial y, posteriormente, en el parto. El parto es una aventura mortal, entraña la posibilidad de la muerte y deriva el sentimiento pasional hacia el hijo. No así para el hombre, que ha quedado relegado y debe renunciar al orden de cosas preexistente, sin experimentar la vinculación intrínseca con el hijo, su apasionamiento absolutista. El empoderamiento femenino, basado en el amparo de los hijos, relega ahora al hombre, le quita a su pareja romántica de antes y se la cambia por una esposa-madre (en términos míticos, ocurre una especie de “divinización” de la mujer). Los hijos pasan entonces a ser los raptores de la esposa, y el marido desplazado rivaliza con ellos, perdiendo sus privilegios: es un rey destronado que debe ganarse el aprecio nuevamente, mediante el servicio al bien común.

Para este marido a prueba, su relación con los hijos es dual: de rivalidad y afecto protector. Los ama, por supuesto, pero debe reprimir un aspecto infantil de competencia hacia sus vástagos, para construir una imagen adulta y responsable, que le permita superar la etapa áurea de la aventura amorosa. Este aspecto infantil, sin embargo, a veces reaparece y supera el proceso represivo, invadiendo la vida consciente. Entonces aparece un resentimiento profundo por el abandono, y una agresividad solapada, que se venga mediante malos tratos o desobediencias continuas. El niño-hombre protesta, quiere buenos tratos, pero no los obtiene: debe lavar los platos, llevar a los hijos al médico y sacar la basura, cumplir con una serie de tareas las que no logra identificarse. Desde este exilio afectivo, el hombre necesita “volverse serio”, abordar el sacrificio paterno: esa lucha cotidiana por la vida, hecha de rutinas y preocupaciones. El lugar que ocupaba en los afectos de su mujer parece haber sido ocupado ahora por sus hijos, y él necesita hacer lo mismo para reencontrarse con ella. ¡Ahora son padres!

Esta ya no es una vida aventurera, sino seria. Contempla el esfuerzo como su verdadera medida. El placer y el descanso no tienen aquí mayor cabida, al menos por algunos años. Así, el matrimonio acentúa en el marido el sentimiento de la rutina, dando lugar a la posibilidad de una nueva aventura amorosa, fuera del hogar. Es aquí, en efecto, cuando los celos dominan la escena conyugal y el hombre adquiere su certificado final de “mal marido”. Por supuesto, la mujer desengañada (compañera inseparable del mal marido), puede hacer lo mismo: buscar a otro hombre que la proteja y la haga sentir especial (curiosamente la Reina Roja es también una niña abandonada en cierto aspecto). La conexión amorosa, en cualquier caso, está en crisis y solo puede ser reencontrada mediante un proceso de desarrollo personal por el cual la mujer reconozca el poder y la centralidad del hombre, y el hombre, la vulnerabilidad y dependencia de la mujer.

Desde este punto de vista, la “acratía” masculina (basada en el poderoso desplazamiento afectivo de la mujer hacia el hijo, producido en el parto, y en el empoderamiento moral de la madre), es, a mi manera de ver, causa primordial de la crisis matrimonial y se expresa, paradójicamente, como machismo, complemento del “matriarcado” en nuestros hogares. La equiparación de poderes y el sentimiento de ser equipo, es aquí básico. Juntos, marido y mujer pueden formar una afectuosa unidad, que trabaje para el bienestar de la familia, sin escisiones.