Archivos Mensuales: febrero 2014

EL CAMBIO INTERNO PARA EL CAMBIO SOCIAL

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picture-17Un héroe es aquella persona que cambia el curso de los acontecimientos, también un villano. Interviene. A los albores del siglo XXI queremos intervenir, como población, en el destino catastrófico que nos endosa el sistema socio-económico en que vivimos. Izquierda y Derecha se han vuelto las dos manos del mismo productivismo a ultranza, que fundamenta su estrategia política en la reproducción de un mismo estado de humanidad, una misma forma de sentir y experimentar la vida basada en la ontofobia (fobia al sí mismo, fobia a nuestro núcleo vital).

Dos manifestaciones de nuestra ontofobia son el consumismo como ideal de vida, y el silencio que mantenemos respecto a la superpoblación mundial: nadie se plantea reducir la población mundial gradualmente, a pesar de que ninguna medida sanadora es viable sin este proceso de control demográfico: el sistema tiene horror a esto, el productivismo consumista se basa en el proceso de crecimiento de las masas sin el cual no es posible la expansión de los mercados y la acumulación del capital. Por otro lado, el consumismo basa su existencia en la insatisfacción humana. ¿Y de dónde viene esta insatisfacción, esta intranquilidad que contrae al organismo de una persona cuando trata de quedarse en silencio, en el aquí y el ahora, consigo mismo? Nos referimos a esa intranquilidad que experimentamos como un agujero en nuestro cuerpo, derivada en ansiedad de consumo… Proviene del temprano y progresivo rechazo hacia nuestro ser, a nuestros deseos y nuestra espontaneidad creativa, considerados como amenazantes para la educación familiar y el entorno cultural. Si no nos comportamos como se espera de nosotros (y nosotros mismo nos exigimos), caemos en angustia o nos sentimos mal. Dejamos de ser buenos ciudadanos. Hay que trabajar y producir, comprar y vender, procrear y sostener un ritmo de vida, ser decididos e ir hacia delante: auto, casa, medicina, ropa, educación, hipoteca. Los pobres son pobres porque no pueden acceder a esto. Entonces hablamos de movilidad social, de igualdad de oportunidades… ¡Y así pasamos de la pobreza material a la pobreza ontológica!

La terapia es revolucionaria en la medida en que las personas, si se entregan profundamente a la experiencia del autoconocimiento, pueden verse a sí mismas tal como son, entendiendo a cabalidad la forma en que construyen sus vidas desde la insatisfacción, el miedo y la carencia. Hace falta un enorme esfuerzo cultural y social para engañarnos masivamente respecto a lo que somos y ponernos en la carrera de la supervivencia. Es necesario desmontar esto. Es por eso que, como terapeuta humanista, no tengo otra opción que asumir, en materia política, el anarquismo humanista. El anarquismo humanista plantea la liberación del ser humano de sus propias vergüenzas, miedos y autocensuras, el pleno restablecimiento de su espontaneidad creativa y su rol demiúrgico en el mundo, en armonía con su naturaleza interna y externa. Un ser sin complejos y sin necesidades tiránicas que lo proyecten, fuera de su núcleo, hacia el no ser y la muerte que ahora reinan en la sociedad.

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EL BUEN VIVIR SEGUN LA PSICOTERAPIA

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Eros y TánatosLa crisis del concepto de Desarrollo, como crecimiento de la economía basado en el consumismo y la explotación de la Naturaleza, ha sido puesta en evidencia por muchos autores. Recientemente, leí una entrevista sobre el Buen Vivir, realizada a Alberto Acosta, en la cual habla de una filosofía de vida basada en la equidad y la armonía con la naturaleza. Esto, a su manera de ver, no se puede conseguir si no pasamos del concepto de eficiencia al de suficiencia. En otras palabras: no se puede generar una sociedad igualitaria con los estímulos e ideales de vida del consumismo depredador. La pregunta para muchos es: ¿Para qué vivir entonces sino es para ese sueño de “mejoramiento continuo”?

En mi experiencia personal, como muchas personas de clase media en este país, tengo ya más cosas de las que necesito. Esto no quiere decir que sienta dicha suficiencia. En nuestra actual cultura urbana, el deseo de tener lo mejor se opone al de tener lo necesario (sinónimo de “poco en comparación de”). Y aquí es donde viene lo importante: ¿qué es necesario? Si nos liberamos de la ansiedad propiciada por el consumismo, es posible que aceptemos una plenitud de vida basada en el aquí y el ahora: una filosofía de vida basada en la sensación de plenitud derivada de la experiencia inmediata.

La mayoría de las personas que recibo en terapia tienen ya todo lo que necesitan, pero no se dan cuenta. Su insuficiencia es experimentada como un vacío devorador en el cual desaparecen, sin dejar huella, todos sus logros materiales. Esto funciona como un modelo de “pirámide truncada de Maslow”, en el cual las personas, una vez que llenan sus necesidades económicas básicas, siguen ocupándose de éstas, en vez de ascender hacia la satisfacción de sus necesidades de autorrealización y espiritualidad. Propender hacia la concienciación de estas necesidades no materiales en la cultura es importantísimo: la necesidad de estar en paz, la necesidad de tiempo libre invertido en meditación o cultivo del cuerpo-energía, la necesidad de amar y ser amado, la necesidad de auto-conocerme, la necesidad de religarme con el todo, son necesidades fundamentales del ser humano que no pueden armonizarse con la actual filosofía de vida propiciada por la industria y el establecimiento.

A mi manera de ver, es fundamental denunciar el actual compromiso material con la familia como algo perverso: tener que darle lo mejor a nuestros hijos deviene, paradójicamente, en darles lo peor: una vida de estrés competitivo para estar el la cima de la injusta pirámide social. Cómicamente, la mayoría fracasa en esto, pero pierde su vida en el intento. ¿Por qué no parar y avanzar “hacia arriba” en vez de “hacia delante”? El buen vivir pasaría de esta manera a ser visto como una especie de vuelo vertical sostenido desde la cultura. Esta revolución cultural necesita recuperar conocimientos ancestrales, armonizándolos con la ciencia, dando así una dirección nueva a la sociabilidad. Nos relacionamos no para producir y ganar, sino para compartir y crecer como seres humanos.