Archivos Mensuales: junio 2015

Cuando hablar al otro es como hablar a una pared

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puñosCuando creamos una relación, es usual que nos metamos juntos en una tarea vital o un propósito común que hagan surgir la idea de que dos personas deben y necesitan pensar, sentir y actuar como una sola persona. Estamos juntos en un mismo camino y deseamos apoyarnos el uno al otro. Puede tratarse de dos socios en un negocio, de una madre y un hijo o de un matrimonio. Puede tratarse de un equipo de fútbol o de dos amigos que emprenden un viaje. De pronto se levanta un sueño compartido, por ejemplo: la familia. Dos personas se unen y quieren formar una familia. Por un momento, es como si fueran uno, pero luego surge la diferencia. La mujer quiere un tipo de educación para sus hijos y el padre otra, y discuten sobre eso. Cada uno quiere que el otro ceda a sus creencias, pero esas creencias están arraigadas en la personalidad, en las experiencias y convicciones más profundas de cada uno, y el consenso se vuelve imposible. En ese momento, la persona que yo creía indisolublemente unida, empática con mi manera de ver las cosas, se ha vuelto otra, y quiero cambiar su manera de pensar. Me aproximo a ella de diferentes maneras para modificar su “obstinación”, y experimento la frustración de no lograrlo.

Muchas veces veo en terapia esto: una madre, por ejemplo, quiere hacer que su hijo “entre en razón de que sus amigos no le convienen”, un jefe quiere que su empleado entienda “los beneficios de un esfuerzo mayor en el trabajo”, un esposo quiere que su esposa entienda que “sus hijos la necesitan” y que debe dejar de empeñarse en terminar su maestría universitaria hasta que crezcan, etc. Todos ellos experimentan frustración. Es como “golpearse en la pared”, como “hablarle a una piedra”. El otro, al ser presionado, se siente no comprendido ni aceptado, se siente juzgado, y se resiste. La razón es simple: se está amenazando su forma de vida. Entonces puede surgir algo especial: el ciego empeño de la persona que quiere cambiar a la otra, como si de ello dependiera su vida. “Si mi hijo consume drogas, habré fracasado como madre y no tendré vida”. “Si mi esposo no se reconcilia con mi familia y la acepta como suya, mi matrimonio está arruinado y viviré en el resentimiento”, etc.

Aceptar la autonomía del otro, su deseo de no ser modificado, significa honrar nuestra propia autonomía, nuestra capacidad de estar bien con nosotros mismos, sin confundir nuestra identidad con la de la persona con la que compartimos un espacio de vida. Es entonces cuando entendemos lo difícil que es estar en uno mismo y aceptar al otro tal y como es. Toda batalla empecinada con el otro es una señal de que necesitamos volver a nuestro propio centro. Liberar al otro de nuestro acoso es liberarnos a nosotros mismos de esa falsa fusión en la que tratamos de manipular a los demás en función de nuestras necesidades. Una relación puede ser más que eso. Una relación merece ser algo más respetuoso y significativo que eso, pues solo en la mutua aceptación nace la posibilidad de un diálogo afectuoso en el cual ambos cooperen con el otro desde la diferencia, sin sometimientos ni manipulaciones de ningún tipo. Por eso, en terapia, ayudamos a las personas a conocerse a sí mismas y ver el conflicto como un espejo en el cual pueden entender sus propios miedos y dependencias para liberarse de ellos (si deseas una consulta, escribe a veronicaavilasuarez@yahoo.com o a adolfomaciasterapeuta@yahoo.com o marca los teléfonos: 2285545 / 0997330894. Estaremos gustosos en atenderte. Adolfo Macías, Verónica Ávila, psicoterapeutas, Instituto CreSer, Quito).

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