Archivos Mensuales: enero 2016

La paciencia: ¿virtud o neurosis?

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Tener paciencia significa muchas veces callarse y renunciar a la rabia. O sea que hay dos partes en dicha experiencia: la ira, que empuja por dentro con malhumor y fantasías agresivas, y la prudencia, que nos hace pensar en una serie de motivos (reales o imaginarios) por los que dicha explosión debe ser evitada. Tener paciencia, entonces, ¿es dañino? No necesariamente, si esa paciencia es comprensiva y toma en cuenta la realidad del otro y su particular momento. Un hombre ve que su mujer está irritable. Ella he tenido un problema con su jefe en el trabajo, quien la ha descalificado frente a sus compañeros de una manera que ella interpreta como injusta. Su marido sabe que cuando esto sucede ella se altera con facilidad, y apenas surge un pequeño inconveniente, ella explota. Él ha postergado para el día siguiente un trabajo doméstico y ella estalla, descargando su rabia sobre él por este motivo. Él entiende que ella está en un mal día y se retira, sin acumular resentimiento. Ella a la noche le pide disculpas por su actitud. Él acepta las disculpas y el capítulo llega a su fin. Parece sencillo, pero no lo es, porque para ser paciente sin reprimirse hay que sentir auténtica generosidad hacia el otro, hacia el que sobrepasa los límites y nos ofende, y saber que guarda aprecio por nosotros y que no quiere hacer lo que hace, sino que es arrastrado por sus miedos o inseguridades. Pero si no existe esta comprensión, la paciencia es solo resentimiento, ira reprimida. Simplemente evitamos la expresión emocional. Detrás de esta evitación puede haber un motivo real, bien meditado (“No voy a enojarme con el cliente, porque necesito el dinero y no puedo perder esta cuenta en este preciso momento, aunque lo que me diga sea a todas luces incongruente con el acuerdo que tuvimos”), o puede haber un motivo imaginario (“Si expreso mi rabia, voy a ofender a la persona y seré rechazado”, “si expreso mi rabia voy a perder la cabeza y convertirme en un ser despreciable”, etc.). Es decir, muchas veces la supuesta paciencia es el disfraz moral de un dificultad que tiene la persona para ser auténtica en su expresión, por miedo al juicio ajeno, la inconveniencia o el rechazo. Pero la rabia reprimida se abrirá paso de maneras no intencionales. Es el caso de la célebre agresión pasiva, cuando una persona de conducta tolerante, obedece a quien le da una orden, pero lo hace de manera lenta o indolente, con lo cual logra sacar de quicio (y finalmente agredir) a la persona que dio la orden. Esta conducta es habitual es en carácter “abrumado-aguantador” o “masoquista”, descrito en la Bioenergética de Lowen como el de un hombre estable, generalmente de volumen grueso y de lento caminar, cuya fidelidad suele ser constante, pero que evita la expresión de sentimientos o pensamientos críticos que puedan quitarle el apoyo de los demás, puesto que tiene miedo a asumir su propia vida de manera independiente, desafiando los riesgos de la existencia. Callar y soportar será su forma de permanecer en un sitio seguro, pero el costo que pagará por ello será su malhumor y su sensación de “cargarlo todo sobre la espalda”. Aprender a expresarse y confiar en sus propias capacidades, así como el derecho a decir lo que siente, serán parte importante de su camino de crecimiento (para una cita terapéutica individual o de pareja, llamar a los teléfonos 2285545 / 0997330894 o escribir a: adolfomaciasterapeuta@yahoo.com).

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