El misterioso lenguaje de los síntomas

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Puede ser un dolor de cabeza o una tensión en la espalda, desagrado al comer, insomnio, cansancio, incapacidad para concentrarse. El cuerpo habla a través de una serie de síntomas que quieren y necesitan ser escuchados. ¿Por quién? Por el ego consciente del individuo. Este ego mental, separado del cuerpo por un proceso de disociación continua que viene desde los días de infancia, nos hace creer que existe en efecto, una mente-mente y un cuerpo-cuerpo. La realidad es otra: no hay mente, como no hay cuerpo. Hay un sistema cuerpo-mente, indisoluble al que denominaremos organismo. El malestar sicofísico no se aplaca hasta que nos enfocamos en el síntoma y nos damos cuenta de su naturaleza, hasta que le “hacemos caso” a nuestro organismo.

Pongo un ejemplo. Una persona trata de concentrarse en su trabajo, pero no puede. Su mente se nubla. Cuando, en terapia, esta persona se enfoca en esta sensación de mente nublada, y sigue su experiencia, está haciendo dos cosas: la primera es aceptar el síntoma y acogerlo con curiosidad, darle un lugar en su atención (observador desapegado); la segunda, es escuchar al síntoma, ponerle la atención suficiente para saber “de qué se trata”. Es como tratar de entender a una persona que habla otro idioma, pero cuyos gestos son expresivos. El síntoma es un mensaje que quiere ser atendido. Necesitamos un tiempo hasta descubrir (en un momento feliz), lo que el organismo nos está diciendo. De pronto el síntoma de pesadez mental y mente nublada del participante se da a entender. Es como si el organismo le dijera: “Quiero que te detengas y dejes de darle tanta importancia a cosas que no la tienen”. El cansancio mental le pide entender su vida desde otro punto de vista, en el cual los valores, las cosas importantes, son otras. De esta manera, interrogamos al organismo y el organismo nos responde. Aceptamos otro punto de vista que está ahí dentro, pulsando desde lo profundo. Un punto de vista que en realidad es nuestro. Nos hacemos caso.

Cuando la persona se hace caso a sí misma, sigue su proceso y se alivia. Seguir nuestro proceso es vivir auténticamente, desechando las ideas fijas sobre lo que somos y lo que debemos hacer. Al escuchar el síntoma, acogemos lo que viene desde nuestra propia naturaleza como cierto. El resultado es un mayor bienestar. Poner a trabajar a la mente en desconexión con el cuerpo es una forma de vivir en la neurosis. La mente, desatada de las necesidades reales, se vuelve una máquina ruidosa y ansiosa, sin objeto, desconectada de la vida. Fruto de eso son las obsesiones. La persona obsesiva está fuera de sí, lejos del contacto sanador de su organismo, encerrada en una idea sobre lo que tiene que ser, con el propósito de evitar una catástrofe imaginaria. “Si no estudio todos los días, voy a ser un don nadie”, por ejemplo. Esta adicción o apego compulsivo a una experiencia, con el fin de evitar una catástrofe, tiene al miedo en su raíz. Se trata de un “engrama” enraizado en alguna experiencia traumática, del cual surge una ilusión, en el ejemplo citado: “Soy una persona inteligente y esforzada que no se da por vencida”.

Este falso yo nos condena a la repetición.

Observar el miedo irrisorio en el que basa nuestra autoimagen mental y estos hábitos de auto-tortura (“tengo que”, “no puede ser que yo”), no deja de ser un paso importante, pero lo mejor, después de esto, es reconocer la necesidad real, aquello que podemos hacer para sentirnos de verdad bien, y ejecutarlo. (Para una cita escribir a adolfomaciasterapeuta@yahoo.com llamar al 2285545, o enviar mensaje por Facebook, Quito-Ecuador).

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Acerca de adolfomacias

Psicoterapeuta y facilitador de grupos, especializado en terapia transformacional. Profesor del Instituto de Desarrollo Personal Cre-Ser. Asesor en comunicación creativa y escritor. Ganó en el 2010 el premio nacional de Literatura Joaquín Gallegos Lara por su novela "El grito del hada".

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