Archivos Mensuales: marzo 2016

Autonomía y dependencia

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Dependencia

El gran asunto de las relaciones de pareja parecería ser el equilibrio o desequilibrio que cada parte de la pareja hace entre su autonomía y su dependencia hacia el otro. Uno de los lugares más fértiles para descubrir lo que pasa en una pareja puede ser el trabajo. Si mi trabajo es algo que amo y que me hace crecer, que me desafía y me hace sentir valioso y vibrante, es probable que cuando regrese a casa tenga algo que compartir con mi pareja. Si mi pareja se interesa en mis asuntos y yo en los de ella, compartir será algo natural. Pero si mi trabajo es algo que simplemente tengo que hacer para sobrevivir, y que me produce cierta inconformidad, mi compartir se empobrecerá. Si sumamos a esto un alto nivel de dependencia emocional (el hecho de que mis pensamientos giren en torno a mi pareja, a lo que estará o no estará haciendo, a si sentirá o no lo mismo que yo hacia ella), estaremos condenados a la auto-tortura. ¡Sobre todo si la persona a la que amo tiene un mayor nivel de autonomía! Ser adicto a mi pareja es convertirla en el centro de mi vida y esperar que ella me corresponda en idéntica medida. Si ella tiene ciertas necesidades individuales que la alejan de mí (algo tan simple como el deporte, por ejemplo), lo experimentaré como si fuera un rechazo y esto me causará resentimiento.

En el polo opuesto estará esa persona que posee un alto nivel de autonomía y satisfacción laboral, que se defiende de cualquier exigencia de la persona amada y prefiere dejarla a permitir que interfiera en sus asuntos. Personas con carácter dominante, autosuficiente o rígido, con un fuerte sentido de su misión individual o social, pueden estar en este caso. Estar enamoradas puede ser su talón de Aquiles, su manera de entrar en una zona de peligro, que amenaza su independencia, pero también les brinda la oportunidad de dar y recibir afecto y sexualidad para sentirse bien.

Ahora bien, imaginemos una relación de pareja entre ambas personas. Imaginemos que se enamoran y que tienen un hijo. Aunque las escenas de celos y los reclamos de la parte dependiente irritan a la parte más autónoma, su amor por ella y por su hijo le hace regresar a casa con el deseo de sentirse acogido (también la parte autónoma es en parte dependiente del afecto y lo necesita). La parte dependiente estará feliz de verlo si viene temprano a casa, y se sentirá abandonada o traicionada si llega tarde, sin entender ningún tipo de justificación. No estará interesada en sus asuntos de trabajo sino en sentirse vista, atendida y tratada con cariño. Este exceso de celos y demanda afectiva de parte del dependiente, hará que la persona autónoma se sienta apresada, y tenderá a postergar su llegada a casa cada vez con mayor frecuencia, sobre todo si le gusta su trabajo, donde las cosas van bien.

Ambos lados se sienten víctima del otro. El lado más autónomo cree que es el lado dependiente el que debe estar conforme con lo que tiene y recibirlo con cariño, mientras que el lado dependiente quiere que el lado autónomo le preste más atención y ponga sus asuntos individuales en un segundo plano. Pero dar cariño al otro sin pedir más atención será, para la persona dependiente, una señal de sumisión y resignación al abandono. Por su parte, si la persona autónoma debe sacrificar sus realizaciones individuales para atender a su pareja, se sentirá disminuida, controlada. ¿Cómo resolver este conflicto? Como siempre, la respuesta se encuentra en ambos lados, en su capacidad de conocerse a sí mismos y entender la fuente interna del conflicto. La parte dependiente no logrará sentirse mejor a menos que desarrolle más autonomía y experimente mayor autosatisfacción (“tú no eres el origen de mi felicidad sino aquel con quien comparto mi propia felicidad, te quiero pero también me quiero a mí misma”). La parte autónoma no lograra una mejor relación hasta que acepte su real dependencia afectiva, la solidaridad y la importancia del tiempo compartido en pareja (“tú eres una parte importante de mi felicidad, me gusta mi vida pero esta no tiene sentido sin alguien con quien compartirla”). Para una cita terapéutica, escribir a adolfomaciasterapeuta@yahoo.com o llamar al 0997330894 / 2285545). Quito-Ecuador.

Las defensas

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puñosLas famosas “defensas” existen, pero, ¿de qué están hechas? ¿Son buenas o son malas? Pongamos un ejemplo. Un muchacho ha sufrido desde niño una serie de operaciones en ambas piernas y lucha por caminar. Cuando lo logra, lo hace con dificultad y dolor. Todavía el día de hoy le cuesta mucho levantarse. Para ello, debe rechazar la asistencia de sus parientes, que tienden a sobreprotegerlo como si fuera un niño. Cuando lo hacen, él se molesta, porque quiere ser autosuficiente. Se siente ahogado en la protección, en el miedo de sus parientes, que lo tratan siempre como si fuera “enfermito” y pudiese pasarle algo malo. Él entonces se endurece, se hace fuerte y rechaza el apoyo, enojándose cuando quieren darle una mano. Apenas su madre quiere ayudarlo en una actividad, se enoja y la rechaza, haciéndola sentir maltratada. La madre se resiente. Lo que no entiende es que su hijo no quiere recibir compasión, sino aliento. Alguien que lo haga sentir capaz. Para ello, debe reprimir a veces los sentimientos de autocompasión que lo abruman cuando ve a otras personas que hacen cosas que él no puede hacer. Esos sentimientos de tristeza y debilidad no lo ayudan a superarse, entonces las defensas surgen y lo protegen de esos sentimientos. Se enoja consigo mismo y se autoexige, forzándose más de la cuenta. Al principio de traga las lágrimas, luego ya no le vienen.

Mediante este ejemplo podemos entender lo que significa una defensa: una creencia (yo puedo) y una emoción (odio que me ayuden, odio sentirme débil) que se activan automáticamente ante la presencia de algo que amenaza la supervivencia o el desarrollo del individuo. Un dispositivo psicológico mediante el cual la vida tiende a perpetuarse. Si el terapeuta invita a este chico a expresar sus sentimientos de tristeza y a “sacar sus lágrimas”, él se negará a hacerlo. Sencillamente, en su interpretación, se lo estará invitando a representar el rol de desvalido, y esto amenaza su posibilidad de salir adelante.

Las defensas funcionan así como los límites del carácter, las murallas dentro de las cuales se autodefine o reconoce un sujeto, lo que soy versus lo que no soy. Soy una persona fuerte, por lo tanto no me permito actos de debilidad, por ejemplo. O soy una persona sensible y culta, por lo tanto no me permito reír de chistes vulgares, etc. Las defensas son sagradas para una persona. Forman parte de su identidad y no deben ser atacadas por el solo hecho de que traigan problemas o impidan el total sinceramiento. De hecho, son lo mejor que ha podido pasarle a la persona durante un buen tiempo, su mejor manera de seguir adelante; una expresión de la voluntad de vida en el interior de cada organismo, de la misma manera que una mariposa adquiere el aspecto de una corteza rugosa de árbol para no ser devorada. Un largo proceso de adaptación ha sido necesario para articular dicha defensa. El problema está que, a medida que la persona crece, cambia ella y cambia su entorno. Lo que alguna vez fue una amenaza, deja de serlo. Surgen nuevas fuentes de conflicto o de placer. Entonces, la persona necesita readaptarse, mudar sus estrategias para vivir mejor en el nuevo medio.

Para esto, sus defensas deben ser modificadas. La mejor manera de conseguirlo es identificando en terapia la forma en que actúan sus defensas y reconociendo en qué casos le ayudan a vivir mejor y en qué casos disminuyen su calidad de vida. Esto trae aparejado una expansión y un desarrollo de la personalidad (para una cita escribe a adolfomaciasterapeuta@yahoo.com o llama al 2285545 / 0997330894 Quito-Ecuador).