Archivos Mensuales: junio 2016

La cabeza en la caja

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Cabeza en caja

Un hombre tiene problemas en su trabajo. Han despedido a un empleado en su sección y está sobrecargado con las tareas. Sale tarde y recibe mucha presión de su jefe, junto con un trato duro y descalificativo. No soporta más, pero dice que no tiene otra opción, pues si renuncia (como a ratos desea hacer) se quedará en el desempleo y su familia sufrirá las consecuencias cuando se quede sin dinero para pagar las pensiones escolares o para comprar la comida. Esta situación de estar “atrapado y sin salida” es común a muchas personas en crisis. El dilema es: “Caigo en las penalidades del desempleo o aguanto una situación de explotación laboral y maltrato”. Dicho dilema y la desesperación que produce, pueden ser como el misterio del huevo o la gallina. ¿Es de verdad dicho dilema el que produce desesperación, o es la desesperación la que produce el dilema? Desde un punto de vista terapéutico, podemos ver este segundo camino como viable. Es verdad que la situación laboral es difícil, pero tal vez admita una mejora. Es verdad que, si no admite mejora, tal vez sea conveniente renunciar, pero esto no significa necesariamente quedar para siempre en el desempleo. La fantasía catastrófica del desempleo no necesariamente cuadra con las reales posibilidades de esa persona.

Lo que aquí se muestra es la forma en que nuestra interpretación de la realidad se ve influida por nuestras actitudes y roles. Un mártir interpreta las situaciones como un mártir; un optimista las interpreta con optimismo; una persona pragmática, con pragmatismo. La importante es darnos cuenta del tipo de interpretación que realizamos y distinguirlo de la realidad. ¿Estamos siendo demasiado optimistas? ¿Estamos siendo demasiado pesimistas? En el caso mencionado, la persona siente que “debe seguir sufriendo en su trabajo para no fallarle a su familia”. Esta es una actitud de mártir. De suyo, probablemente, no sea la primera vez que se sienta así, y se trate de un rol que desempeña desde hace muchos años en determinadas circunstancias.

Si ese es nuestro caso, lo conveniente es despertar y darnos cuenta, mediante nuestro observador interno, de la relación que hay entre el dilema planteado (o aguanto o me quedo sin trabajo) y nuestra actitud. ¿Desde qué otra actitud se puede observar el momento vivido? ¿Qué otras maneras existen de enfrentar el momento? ¿Existen otras interpretaciones más satisfactorias o más productivas de lo que está sucediendo? Esto supone creer que existe la posibilidad de cambiar momentáneamente nuestra actitud ante el problema, para poder mirarlo con “nuevos ojos”. (Para pedir una cita terapéutica, escribir a: adolfomaciasterapeuta@yahoo.com / 0997330894 – 2285545, Quito-Ecuador)

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Autoaceptación para el cambio

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niña con serpiente

“Quiero dejar de enojarme tanto, y lo consigo a medias. Me trato de calmar y ser más amable, pero no puedo controlarlo por mucho tiempo”, dice una señora en terapia. Desde chica, esta mujer ha luchado con el rechazo. Aprendió a salir adelante con poca ayuda, a ser fuerte, a no dejarse vencer por las contrariedades; pero al mismo tiempo, esta estrategia de carácter la ha vuelto dura, perfeccionista. Esto, que ha sido positivo en términos de disciplina y logros profesionales, se vuelve en su contra en las relaciones afectivas, en las que tiende a ser censuradora con las personas que ama. Los conflictos personales la sobrepasan, se reprocha por ser como es y anhela ser, por ejemplo, “más suave” con su hija. A este propósito se opone la irritación que le causa la niña cuando dramatiza sus sentimientos y se muestra derrotada y débil. “¡Deja de ser quejona y justificarte!”, grita la madre, a lo cual su hija reacciona con resentimiento. “Lo que pasa es que tú no me quieres”, responde. La madre quiere dejar de reaccionar con dureza, pero no puede evitarlo. La reacción está más allá de su control, y sólo puede, a lo máximo, retenerla por un tiempo, antes de volver a explotar.

Esto plantea la siguiente pregunta: ¿Es posible el cambio? Muchas personas consideran que no. Frases populares como “genio y figura, hasta la sepultura”, parecerían apoyar este criterio. Pero el cambio, con todo, sucede. La demostración de esto la proporcionan aquellas personas que realizan procesos exitosos y dejan de sentirse de la misma manera que antes. Este cambio, sin embargo, no procede de la lucha contra un estado determinado o tendencia, sino como la capacidad que tiene una persona para identificarse con sus propias necesidades, impulsos o sentimientos ignorados. En vez de “tratar de ser dulce” con su hija (cosa que, en definitiva, no puede controlar), esta mujer necesita darse cuenta del proceso doloroso de conformación de su carácter, como reacción al maltrato recibido en la infancia, y dejar salir sus sentimientos de dolor y queja reprimidos, aceptarse como una persona que se entristece ocasionalmente, se siente insegura o necesita apoyo. Aceptar su propia vulnerabilidad es la única forma de aceptar la vulnerabilidad de su hija y dejar de sentirse irritada por ella. Sencillamente, si no se permite fluir con sus sentimientos de desaliento y tristeza cuando se presentan, expresándolos como algo natural, no podrá conseguir relacionarse con su hija empáticamente.

Este cambio trae aparejado un miedo: “Me voy a convertir en un ser lamentable y derrotado”. Esta visión blanco/negro de su mundo interno (o soy completamente fuerte o soy completamente débil), no la deja responder a sus necesidades de relajamiento y abandono sentimental, causándole una diversidad de síntomas, entre los cuales se hallan el estrés y la irritabilidad. Por otra parte, para poder integrar el lado sensible y más vulnerable de su naturaleza (que en definitiva, lo tenemos todos los seres humanos), la madre enfrentará creencias irracionales, convicciones instaladas en el inconsciente adaptativo, como: “si me muestro débil, las personas van a abusar de mí”, y otras, propias de su coraza caracterológica. La autoaceptación es por lo tanto un auto-desafío que pone en crisis nuestra idea de quien somos y quienes son las personas que nos rodean (para una cita terapéutica, escribir a: adolfomaciasterapeuta@yahoo.com o llamar a los teléfonos 0997330894 / 2285545, Quito-Ecuador)