Cuando esperas demasiado

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Para algunas personas, confiar en otro es algo necesario. Simplemente necesitamos querer y que nos quieran, estar cerca de otros seres humanos, combatir la soledad. Puedes deambular por los bares nocturnos, formar parte de un club, reunirte con amigos en tu casa o conversar de tus asuntos personales con un compañero de trabajo, da igual: la necesidad de abrirse y de encontrarse con otro ser humano pasa por la confianza que nos inspira, por su capacidad para hacernos sentir no solo entendidos, sino seguros. Lo mismo en el amor, y con mayor motivo, pues la persona a la que te entregas puede actuar de maneras que te hagan más feliz o te causen un dolor inusitado. Esta vulnerabilidad es parte del asunto. Pero el grado de vulnerabilidad está relacionado no solo a la entrega, sino a las expectativas (a veces extralimitadas) que tenemos sobre los otros. Idealizar a una persona, sentir que esa persona nos va a dar total seguridad y hacernos sentir como lo más importante en su vida, puede ser el inicio de un calvario.

Es el caso de una mujer que creció con un afincado sentimiento de soledad, en ausencia de su madre y mientras su padre trabajaba. Como no había plata, tuvo que trabajar desde temprano para pagarse sus estudios, y cuando se enamoró creyó que había encontrado esa alma gemela que la iba a cuidar y darle plenitud a su vida. Pero las cosas no podían funcionar bien. Ella esperaba demasiado. Su propia ausencia de un padre protector y cariñoso la incitaba a buscar un hombre ideal que hiciera lo que tanto le faltaba: sentirse protegida.

La creencia de estar sola en el mundo, de esta manera, empezó a retroalimentarse con cada pareja que le fallaba. Al exceso de confianza se seguía, rápidamente, el desengaño y la sensación (también ilusoria) de que otras mujeres tenían lo que ella no tenía: una pareja ideal y un hogar feliz. Para su fortuna, estaba totalmente equivocada. Esas otras mujeres tenían maridos con problemas similares a los de sus decepcionantes novios, y no eran tan felices como ella imaginaba; ni ella, en definitiva, estaba tan sola como se sentía. En realidad, su mayor desdicha procedía de sí misma, de su anhelo de un amor absoluto, que la liberara del espinoso camino de aceptarse a ella misma y aceptar a las personas tal y como son. Porque, sencillamente, no puedes amar establemente a alguien si no puedes acoger sus partes débiles, sus inseguridades y sus defectos como naturales. Pero esto exige ser, antes que nada, estar bien consigo mismo (para una cita terapéutica, escribir a adolfomaciasterapeuta@yahoo.com o llamar a los teléfonos 2285545 / 0997330894, Quito-Ecuador)

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Acerca de adolfomacias

Psicoterapeuta y facilitador de grupos, especializado en terapia transformacional. Profesor del Instituto de Desarrollo Personal Cre-Ser. Asesor en comunicación creativa y escritor. Ganó en el 2010 el premio nacional de Literatura Joaquín Gallegos Lara por su novela "El grito del hada".

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