Archivos Mensuales: abril 2017

Cuando los hombres creen que las mujeres están locas…

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Dependencia

No siempre, pero en gran cantidad de parejas es así: ella, emocional y variable; él, racional y contenido, tratando de calmarla para evitar la pelea. La cosa es que la mujer, en la pareja, muchas veces quiere ser sentida, escuchada y acogida sin que sus altibajos emocionales sean interpretados como actos “irracionales” (el famoso: “no tienes razón para ponerte así” la sacará aún más de quicio). Les cuesta entender que, para el hombre, las expresiones emocionales femeninas pueden resultar amenazantes. Una especie de arena movediza en la que sólo pueden perecer.

Es como si los hombres, por algún motivo, tuviésemos temor a sumergirnos en el mundo de los sentimientos y perder la cabeza. Quisiéramos que ella hablase con calma de las cosas que le molestan y seguir con nuestras vidas después de unos breves y concisos acuerdos. Pero los acuerdos generados, en este tipo de conversaciones, no cambian hábitos ni generan intimidad. La expresión apasionada sí. La confrontación emocional, a pesar de los miedos que genera, puede sacudir al otro en su núcleo y llevarlo a su propia liberación emocional.

La mujer, con su volubilidad, confronta al hombre, lo saca de su zona de confort, hecha de palabras y serenidad especulativa. Porque esa conversación “irracional” implica contacto. Entender que se puede acoger el dolor o la ira o el resentimiento de nuestra compañera sin refutarlos, legitimándolos como algo natural, suele ser todo un descubrimiento para el hombre. Este descubrimiento va de la mano con nuestra propia capacidad para conectarnos con nuestras emociones y expresarlas, sin pasarlas por el filtro de una justificación racional.

Si me aburro en una reunión que para ella es divertida, está bien. Ella se divierte y yo me aburro. Pero si creo que me aburro por su culpa, me estoy engañando: soy yo el que me siento incómodo, y si voy porque ella ha insistido en que vaya con ella, soy yo quien he aceptado ponerme en esta situación. No necesitaba hacerlo, lo hice por mi propia voluntad, para evitar un conflicto con mi pareja. Y precisamente la evitación del conflicto impulsa el conflicto. Si voy contra mi voluntad a la reunión, es probable que ella me eche la culpa de frustrar sus buenos momentos con mi mala cara. Y así se va perfilando una serie de malentendidos basados en el mutuo enjuiciamiento, la tolerancia y la discriminación.

Una pareja es buena porque comparte ciertos gustos, sueños y valores, que los hacen vibrar empáticamente la mayor parte del tiempo. Cuando esto desaparece (o si esto nunca fue así), hay que considerar la separación como algo positivo para ambos. Porque el miedo al fracaso o a la soledad o al sufrimiento de la separación lo único que hará es mantenernos juntos en una jaula donde nos culpemos mutuamente por nuestra infelicidad.

Esto tiene como trasfondo la falta de desarrollo personal de una o las dos partes en la pareja. No se puede mejorar una relación si las personas que la conforman no están en sí mismas y encuentran un valor a su existencia que trascienda la vida de pareja. Compartir la vida es lo contrario a fusionarla. En este sentido, muchas veces son las mujeres quienes sienten que han perdido su individualidad y se han dado por completo, hasta perderse a ellas mismas, y se resienten con el hombre que no comete semejante tontería. Este complejo de esclavitud hace que la mujer culpe al hombre, como diciéndole: “No me dejas ser yo misma”, “No me dejas ser libre” sin darse cuenta de que es ella quien se ha sacrificado de una manera dolorosa, esperando que el otro haga lo mismo. Como diciendo: “Me corté por ti un brazo y ahora quiero que te cortes por mi esa maldita pierna”.

Cada sexo, en este sentido, carga una herencia cultural nefasta. La mujer con el sacrificio de sí misma (ideal social de feminidad), y el hombre con su miedo a la expresión emocional y su auto-confinamiento racional (ideal social de masculinidad), ambos a medias vivos, sin crecer, sin expandirse y hallar completo placer en la vida (para una cita terapéutica, llamar al 2285545 / 0997330894 o escribir a adolfomaciasterapeuta@yahoo.com, Quito-Ecuador).