¿Qué son y para qué sirven las emociones?

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Vínculo afectivo y emoción

Según la psicología relacional, no son las pulsiones de vida y muerte las que sustentan la vida psicológica de los seres humanos, sino una pulsión relacional, vinculante, que mueve instintivamente al niño hacia el contacto con su madre en el instante de su nacimiento. Dede ese momento se genera una relación bidireccional en que ambos cuerpos se perciben e interactúan afectivamente, generando diversas experiencias el uno con el otro. El bebé necesita de la madre, pero la madre también necesita de su bebé para ser madre y vivir su instintividad. Y en el seno de esa relación surgen diversos acontecimientos que, a lo largo del tiempo, van a dar lugar a diversas expresiones de alegría, tristeza, enojo, miedo y otros sentimientos más complejos, propios de fases más tardías del desarrollo infantil y relacionadas con la separatividad, la frustración del deseo y la anticipación de eventos futuros.

Con esto queremos aclarar un hecho básico: las emociones son en primer lugar la respuesta del organismo humano ante las situaciones o momentos de la relación afectiva. Su condición de posibilidad es el contacto que permite a los participantes del vínculo captar al otro como un otro que responde a mi presencia. Su rostro, sus gestos y sus dinámicas relacionales me son gratos, dolorosos o peligrosos en un momento dado. A causa de mi vulnerabilidad inicial, estoy expuesto emocionalmente a este encuentro y mi bienestar dependerá de mis cuidadores, de la capacidad que tengan o no de empatizar conmigo y de atender mis necesidades amorosamente. Si esto se produce de manera adecuada, desarrollaré mi capacidad para estar solo cuando sea necesario y para tomar iniciativas propias con confianza en mis capacidades y la respuesta favorable del entorno. Mi manera de relacionarme con los otros será más libre y natural.

A medida que crecemos, logramos más autonomía, pero esta nunca será total. Siempre que establezcamos un vínculo afectivo seremos vulnerables en mayor o menor medida, y estaremos expuestos al vaivén emocional que nos conduce de la alegría a la tristeza, al enojo y nuevamente a la alegría. Y es en este sentido que las emociones, como respuestas a la variable situación vinculante, se oponen a la ausencia de vínculo emocional o la indiferencia. Cuando me relaciono empáticamente con un otro, ese otro es mi otro. Está fuera de mí y en mi interior al mismo tiempo. Su existencia no me es ajena. Fuera de este límite (fuera del límite del nosotros) están los verdaderos otros, aquellos para quienes componemos una máscara social o un comportamiento estereotipado que nos permita sostener relaciones funcionales con el entorno.

El psicoterapeuta catalán Francesc Sáinz, en su libro Winnicott y la perspectiva relacional en el psicoanálisis, recuerda la filmación realizada con el auspicio de John Bowlby a un niño de 18 meses dejado por sus padres en una guardería. La madre necesita guardar reposo por orden médica y no encuentra mejor solución que dejarlo en este sitio de durante nueve días. Al existir pocos y no calificados cuidadores, sucede algo predecible según la teoría del apego. El niño pasa por tres etapas: protesta, desesperación y desapego. Cuando sus padres reaparecen en el sitio, éste se muestra indiferente a ellos. El vínculo ha sido herido de tal manera que, para evitar el dolor del abandono, el niño ha adoptado una estrategia vincular evitativa, apartando a sus padres de su foco de interés para cuidar su integridad psíquica. Este tipo de experiencias son descritas y analizadas por Bowlby y Wainsworth, quienes clasifican los diferentes estilos de apego relacional en tres grandes categoría: apego seguro, apego inseguro (evitativo y ambivalente) y apego desorganizado (relacionado con el trauma). El niño del ejemplo no es indiferente a sus padres como lo es con el resto de personas desconocidas. Su indiferencia es una estrategia que le permite inhibir el dolor emocional que surge de esperar el afecto de quienes no están ahí para dárselo. No es la indiferencia que un niño siente normalmente hacia los desconocidos, pues va acompañada de una actitud retraída que se expresa en sus posturas y conductas corporales. El dolor emocional está en el núcleo.

 

Función de las emociones

 

Ahora bien, si las emociones surgen como respuestas organísmicas a las variables situaciones de la relación afectiva, ¿cuál es su función?

Esta pregunta admite dos respuestas:

1.- En un contexto cercano, si la relación vincular es más o menos sana, asegurando el lazo de empatía que une a sus dos partes, la emoción es una respuesta mediante la cual el organismo asegura la preservación del vínculo o su fortalecimiento. El padre que trabaja fuera de la ciudad y a quien su hija quiere intensamente puede regresar a casa a la hora anunciada, generando una gran alegría en la niña, quien se abalanza a sus brazos apenas lo ve entrar por la puerta, provocando una gran alegría en el padre. Es una buena experiencia en la que la emocionalidad fomenta el vínculo. Pero si el padre no viene según lo acordado, la hija puede sentir tristeza. Si el padre la llama y le dice que debe quedarse a trabajar fuera de casa unos días más, que la quiere mucho y que pronto se van a ver, es probable que la niña, a pesar de su tristeza inicial, experimente una mayor tranquilidad y vuelva en un plazo corto a sus juegos. Cuando reaparezca el padre, se abalanzará a sus brazos y ambos experimentarán la misma felicidad de siempre. De esta manera, el vínculo ha sido protegido por las emociones de ambos y por el adecuado manejo o gestión de las emociones (tristeza en la niña, compasión en el padre); porque no basta con sentirlas para que su función reparadora sea efectiva, se necesita gestionar las emociones, interactuarlas, llevarlas a la praxis mediante su expresión mutua. Si esto es lo habitual, la persona que crece con esta experiencia de vínculo afectivo seguro aprenderá a gestionar sus emociones de manera exitosa, sosteniendo relaciones más espontáneas, empáticas y creativas con el entorno. De lo contrario, surgirán estrategias se autoprotección basadas en el falseamiento o el bloqueo de ciertas emociones. La persona sufrirá un recorte de su espontaneidad y de su ser total, adoptando la simplicidad de un personaje de características predecibles (siempre complaciente, siempre desafiante, siempre triste, siempre distraído o lo que sea; aparentemente no enojado, aparentemente no triste, aparentemente no interesado, aparentemente no resentido o lo que sea).

2.- En un contexto abierto, donde priman las relaciones meramente funcionales, la intimidad necesaria para la gestión emocional profunda no se ha producido. En este caso, hablamos del mundo externo, donde los otros son realmente ajenos y pueden acercarse a mí en el contexto, por ejemplo, de la relaciones laborales. Para poder yo realizar mi trabajo satisfactoriamente necesito, por ejemplo, que un compañero de oficina me pase determinada información. Si se demora, puedo molestarme; si me ayuda, puedo sentir gratitud, pero seguirá siendo ajeno, fuera del círculo de mis afectos o más exactamente en el borde de este. Según Fritz Perls, este mundo ajeno está separado de nosotros y de nuestras relaciones afectivas por una línea divisoria: de un lado está lo propio, el reino del “nosotros”, dominado por una fuerza de cohesión afectiva, y del otro lado los extraños: ese espacio potencialmente peligroso ante el cual adoptamos, por defecto, una actitud defensiva o vigilante.

Para que las personas ubicadas al otro lado de esta línea pasen al espacio interior, habrá una serie de pasos intermedios que surgirán de la empatía que puedan ambas personas desarrollar entre sí, la cual dará lugar a un periodo de experimentación o juego intersubjetivo, destinado a superar las resistencias (surgidas de experiencias traumáticas o emocionalmente dolorosas del pasado) que limitan nuestra espontaneidad.

Nuevamente, la psicología relacional nos dice que este proceso de acercamiento será diferente en cada persona, según el estilo de apego que surgió en su propia infancia. Algunas personas (aquellas que crecieron en un ambiente más seguro y aceptante) se abrirán con mayor facilidad al contacto y responderán de manera más natural a la presencia del desconocido. Otras personas (aquellas que crecieron con un estilo de apego inseguro), tenderán a sostener una actitud más distante, más aferrada, más falsa o más acorazada con las personas del entorno.

En ambos casos, el cuerpo emitirá las señales necesarias que inviten, excluyan o mantengan a una cierta distancia a las personas que se nos acercan.

 

El cuerpo y las emociones

 

Todos sabemos que las emociones son psicofísicas. El sistema nervioso, el sistema endocrino, el sitema cardiorespiratorio y el sistema músculoesquelético se ven involucrados en ellas, de manera tal que podemos ver, desde fuera, cómo se siente el otro cuando se encuentra, por ejemplo, alegre. Una mayor excitación recorrerá el organismo. La persona tenderá a erguirse y sus ojos se abrirán y se unirán a su boca en una sonrisa plena. Pero si las cosas van mal, si se siente triste, lo sabremos también por su gesto facial y por su postura abatida. Estas señales corporales de la emocionalidad son de gran utilidad, pues permiten que el otro reciba el mensaje y reaccione en consecuencia con su propio lenguaje corporal, asegurando el vínculo afectivo. De suyo es tal la importancia del vínculo afectivo para los seres humanos que, en algunos casos, ciertas personas (marcadas por experiencias dolorosas del pasado) prefieren una relación de maltrato a la ausencia de relación. Quienes conozcan una relación de este tipo sabrán que el lenguaje corporal de una persona puede provocar en la otra reacciones de irritación que lo saquen de su distanciamiento y lo pongan en contacto, aunque sea a través de gritos y de golpes.

Dado que las emociones son de naturaleza transitoria, desapareciendo a medida que se expresan y varían las situaciones, el cuerpo de la otra persona no tendrá un aspecto plano, una expresión facial o una postura únicos y permanentes, sino diversos. Esto es al menos, lo natural. Y sin embargo, es posible que veamos personas que andan crónicamente tensas, ceñudas y con la mirada vigilante, como si el organismo hubiese fijado una respuesta única ante el entorno. La persona raramente sonríe o se muestra sensible, dejando salir una lágrima. En lugar de la fluidez y la espontaneidad natural del organismo, se ha colocado otra cosa: un tensión crónica que bloquea la movilidad emocional, restringiendo la empatía y la dependencia emocional del sujeto con el objetivo de preservar el control del entorno y evitar experiencias potencialmente dolorosas de rechazo o manipulación que tuvieron lugar en el pasado. La búsqueda de intimidad será sustituida por una búsqueda de admiración o de respeto basados en la superioridad moral y el proteccionismo.

El sometimiento corporal se torna así una herramienta que nos sirve para responder de mejor manera a las expectativas de nuestras figuras de apego y asegurar nuestra adaptación al medio ambiente después de que este no pudo adaptarse idealmente a nuestras necesidades afectivas. La aceptación condicionada recibida durante la infancia y los peligros ambientales nos han llevado a sacrificar parte de nuestra espontaneidad y adoptar un falso self, con el objetivo de proteger el verdadero (Sainz, 2017). Este acorazamiento corporal, que es la contraparte somática de la rigidez mental, sirve para bloquear determinados sentimientos, emociones, impulsos y necesidades afectivas que reactivan la memoria emocional del sufrimiento vivido en otra época. No importa que lo recordemos o no, existen siempre aprendizajes emocionales basados en el dolor emocional o en el miedo que han quedado grabados en nuestra memoria procedimental, obligándonos a tensar nuestro diafragma, restringir nuestra respiración y someter algunas partes de nuestro cuerpo a una tensión o distensión constantes.

La persona que se torna apática y pierde contacto con sus figuras de apego para evitar el dolor del rechazo o del abandono, tenderá a bajar su mirada y limitar su carga de energía somática mediante una respiración pequeña, sus hombros caerán hacia delante y emitirá al mundo una señal de desamparo que servirá como una última llamada de socorro emocional. Paradójicamente, cuando este amparo llegue, correrá el riesgo de no reconocerlo y seguir sumido en su soledad como en un templo inexpugnable, donde el sufrimiento pasado no puede volver a suceder, es cierto, pero tampoco el contacto revitalizante.

Ejemplos de estas estrategias corporales son las personas con el pecho inflado y las piernas delgadas, que miran alrededor con un gesto de desafío o vigilancia; las personas que se muestran siempre estiradas y atentas, sin permitirse una carcajada o una mala palabra; las personas que se muestran siempre sentimentales y compasivas con los demás, dando más de lo que se les pide; y otras actitudes más, reconocibles a través de las señales del cuerpo.

El cuerpo, así observado, será el portador de ciertas historias que lo han configurado en sus posturas y gestos habituales, dejando fluir ciertas emociones con mayor facilidad que otras o fingiendo algunas con el objetivo de responder a las expectativas del entorno. El falso self, por este camino, puede alejarse tanto de nuestra naturaleza o self verdadero, según Winnicott, que perderemos nuestra sensación de autenticidad y nuestra capacidad para dejarnos ir en el encuentro con otros seres humanos sin el temor de perdernos a nosotros mismos.

Deconstruir este cuerpo acorazado para sacar a flote su historia emocional, dando a la persona la posibilidad de expresar lo no expresado en un ambiente seguro, será el primer paso en terapia para que la persona vuelva en sí misma y recupere el contacto con su ser real, sintiéndose así más viva.

Acerca de adolfomacias

Psicoterapeuta y facilitador de grupos, especializado en terapia transformacional. Profesor del Instituto de Desarrollo Personal Cre-Ser. Asesor en comunicación creativa y escritor. Ganó en el 2010 el premio nacional de Literatura Joaquín Gallegos Lara por su novela "El grito del hada".

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