¿Tiene sentido tu vida?

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Esta pregunta nos la hacemos todos en uno u otro momento de nuestras vidas. No nos la hacemos, sin embargo, en la infancia. ¿Tal vez porque la vida del niño tiene sentido y no hace falta cuestionarse el simple hecho de estar vivo? Al parecer, el sentido de vida es inmanente en el niño: mientras juega, tiene amigos y es visto con afecto por sus padres, el mundo está en orden y él puede tomar la iniciativa de la aventura, intentar algo estimulante como jugar el fútbol, disfrutar de una serie de súper héroes, dibujar, subirse a unos patines o embarcarse en cualquier actividad que despierta su momentánea curiosidad. Preguntarse por el sentido de la vida, en definitiva es algo de adultos, y sobre todo de adultos en crisis, que no están obteniendo plena satisfacción en la existencia. De manera implícita, cada vez que nos preguntamos por el sentido de la vida estamos fallando en un sentido previo: algo con lo que yo soñaba, mis ilusiones e impulsos más auténticos en una dirección están siendo limitados por la realidad. Este desencanto surge como un desacuerdo entre el modelo subjetivo que tengo de mi propia felicidad y la experiencia presente. Me estoy volviendo otra persona, y no me gusta. Tal vez una persona cansada e irritable, o triste e insegura, que no consigue el amor o la autorrealización. El autor francés Bernard Rimée, en su libro El compartir social de las emociones, les da a las emociones este rol: el de señales potentes, emitidas por el organismo cuando surge un desacuerdo entre mis expectativas y lo que está sucediendo. Es como si todos lleváramos adentro un mapa, una brújula y un motor que nos empuja naturalmente en una dirección.

 

El arte de volar

 

Todos hemos visto esas ilustraciones que muestran cómo numerosas especies de aves bajan desde Canadá hasta Sudamérica de manera instintiva. Nadie les enseña la ruta. Da la impresión de que estuviera inscrita en su genética y supieran, por instinto, cuándo levantar el vuelo y por dónde ir a la tierra prometida. Tienen tal sentido inscrito en su organismo: una dirección de vuelo que garantiza la existencia y hace posible  la reproducción. Un sentido de vida. De igual manera, los seres humanos podemos tener un sentido de vida sin necesidad de saberlo. ¡Sólo lo actuamos! Y no es traído a la consciencia hasta que resulta amenazado por una experiencia limitante. El muchacho que pelea por tocar la guitarra y consigue el permiso de sus padres para ensayar en la banda, es expulsado de la banda; la mujer que se casa enamorada de un hombre detallista se topa con un cambio en la actitud de su marido, quien se vuelve duro y distante con ella; el profesor que trata de dar las mejores clases recibe una evaluación baja de sus alumnos; y otras experiencias similares, que nos decepcionan o nos hacen cuestionar la realidad en que vivimos, así como la posibilidad de llegar a ser lo que deseamos. Entonces surgen emociones tales como la preocupación, el miedo, la ira o la tristeza. ¿Será que estoy deseando algo que no es posible en la realidad que habito? ¿Será que estoy caminando en otra dirección a la que señala mi mapa interno? ¿He perdido mi rumbo?

 

¿Quién decide lo que quiero?

 

En ocasiones mis metas provienen de la expectativas del ambiente en que crecimos y las fuentes de apoyo y valoración de las que dispusimos. Nuestro padre, nuestra madre o ambos al unísono tienen un modelo de valoración del ser humano basado en su experiencia. A lo mejor crecí en un ambiente donde se valoraba el orden, u otro donde se valoraba la astucia y el empeño. A lo mejor crecí en un mundo donde se debía ser inteligente para merecer el respeto, o en otro donde ser obediente, honrado y trabajador era lo principal: ser “una persona de bien”. Hallándonos necesitados del afecto y la aprobación paterna, aprendimos desde niños a lidiar con estas expectativas. Si mi hermano calza mejor que yo en el ideal, me será puesto como ejemplo. Entonces me cuestionaré si soy capaz o si hay algo en mí que no funciona. El cuestionamiento de quién soy yo y qué es realmente lo que YO deseo, se volverá entonces prioritario, así como la búsqueda de un apoyo inspirador: alguien que crea en mí.

En efecto, crecer puede ser muy difícil; ser yo mismo, un misterio. Parecería esta una búsqueda profunda de la esencia de nuestro ser, aunque aquello que estamos buscando suele, más bien, estar en la superficie: en mis habilidades y talentos más naturales, en nuestra simple espontaneidad. Soy lo que soy cuando me siento bien y fluyo con la realidad. Primero como niños, luego como adolescentes y todavía más tarde en la vida –como jóvenes y adultos–, necesitamos alguien que nos valide, alguien que se entusiasme por nuestro devenir y nos haga sentir capaces de conseguir lo que deseamos: alguien que nos aliente y se alegre con nuestros logros.

Para tener éxito será importante, pues, discriminar entre lo que yo deseo para mi vida y mis exigencias: entre la ruta que llevo inscrita en mi naturaleza y la que otros me han señalado. A veces ambas rutas serán similares, a veces distintas.

Entonces tendremos que elegir. No solo elegir: compartir nuestro objetivo y encontrar los medios y las personas más adecuadas para el camino.

 

Amor y destino

 

La necesidad de afecto y de sexualidad lleva a la mayoría de las personas a formar una pareja. Al deseo natural de autorrealización en el mundo se suma entonces la necesidad de un afecto seguro: alguien que nos respete y quiera nuestro bienestar. Lamentablemente, no siempre las cosas resultan de esta manera. Muchas veces, la necesidad de contacto y la de autorrealización chocan de manera aparatosa: la mujer le exije a su marido que acepte una oferta de trabajo que lo aleja de sus aspiraciones, para poder darle un mejor futuro a los hijos. El hombre espera que la mujer se quede en casa y lo espere a cenar con la casa limpia y un plato de comida, sin tomar en cuenta sus ganas, por ejemplo, de estudiar una carrera. Los argumentos van de un lado al otro, ambos quieren tener la razón, pero nadie simpatiza con la necesidad de la parte contraria. Es como si este deseo del otro se hubiera convertido en una amenaza para la organización de mi mundo anhelado.

Ver al otro como mi complemento perfecto parece, en definitiva una ilusión. Nadie puede ser perfecto para otro. Convivir es renunciar a lo mejor en nombre de lo posible o de lo suficientemente bueno. Amar es cuidar al otro y preocuparse porque logre su sentido de vida, sin impedirme el mío ni abandonarlo para convertirme en una víctima. Simplemente son dos aves que poseen un territorio similar y mapas de vuelo similares, que se topan en algunos tramos de la ruta y se desapegan en otros. No siempre puedo esperar que mi pareja me acompañe, pero tampoco puedo volar con ella en una dirección que atente contra la mía. Por eso la mayoría personas siente que, aunque el amor se halle presente, están realmente solas en algún propósito esencial de su existencia. Por esto, la comunicación correcta de los deseos y del sentido de vida se vuelve parte importante de la convivencia, así como el respeto a la libertad del otro.

Porque en definitiva, ambas necesidades (la necesidad de una vida con sentido y la necesidad de amar) son esenciales al ser humano y ambas deben convivir en un mismo cuerpo (para terapia personal o de pareja, llamar al 0997330894 o escribir a amacias97@yahoo.com Quito-Ecuador. También se realiza atención por Skype desde cualquier lugar del mundo).

 

Acerca de adolfomacias

Psicoterapeuta y facilitador de grupos, especializado en terapia transformacional. Profesor del Instituto de Desarrollo Personal Cre-Ser. Asesor en comunicación creativa y escritor. Ganó en el 2010 el premio nacional de Literatura Joaquín Gallegos Lara por su novela "El grito del hada".

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