Morir sin tanto bochinche

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Eros y Tánatos
El miedo es una emoción extraña. El amor, la alegría, la tristeza y la culpa parecen ser emociones propiamente dichas, incluso se las llama sentimientos; mientras nadie puede decir que el miedo es un sentimiento. Le decimos “sensación” porque se acerca más a lo visceral: nos pone en estado de alerta frente a la inminencia del peligro y activa nuestro sistema de defensas animal. Sistema a cargo de nuestro arcaico cerebro reptiliano, destinado a preservar la vida de la especie.
No hay miedo que no vaya acompañado de la creencia en un poder destructivo que nos amenaza. Y una de las reacciones características de nuestro sistema de defensas es huir de la amenaza, como en el aislamiento domiciliario que vivimos ahora frente a la posibilidad de contraer un virus.
Recluirnos para conjurar a la muerte trae a la memoria el cuento de Edgar Allan Poe, La máscara de la muerte roja, en que un grupo de alegres y ricos vividores se aísla en un castillo para vivir en el placer hasta que termine la peste que asola su región. Pero en el baile de máscaras se presenta alguien que nadie reconoce por su figura alta y espigada, disfrazada de el cadáver de un apestado. El dueño del castillo lo enfrenta con enojo. Es una insolencia aparecer con esa máscara horrorosa a perturbar su bella fiesta, pero al acercarse con un puñal para matar al intruso, es él quien cae al piso. Los invitados se precipitan hasta el sitio y le quitan la máscara al agresor… “pero, al apoderarse del desconocido, cuya alta figura permanecía erecta e inmóvil a la sombra del reloj de ébano, retrocedieron con inexpresable horror al descubrir que el sudario y la máscara cadavérica que con tanta rudeza habían aferrado no contenían ninguna figura tangible”.
Esta inevitabilidad de la muerte contrasta vivamente en el relato de Poe con la ilusión que tienen los alegres sensualistas de escapar de ella. La misma ilusión de inmortalidad que nos permite, día a día, seguir con nuestras vidas extenuantes y aburridas, como si fuese a haber un mañana en el cual las cosas van a ser mejores. Esta es la promesa que nos pone en pie y nos permite ignorar la realidad de nuestra finitud. Nuestra entrañable muerte. Noticia aterradora, que nos devuelve al presente y a la pregunta fundamental: ¿Estoy satisfecho de haber vivido?
¿Es suficiente?
El tiempo que se nos ha permitido pasar en este mundo es el material con el que creamos la respuesta: tiempo vivido, creado día a día en el aquí y el ahora cuando tomamos un camino o el otro. O un camino en el que sacrificamos la ilusión de seguridad por algo de amor, belleza y aventura. O un camino en el que sacrificamos algo de ese amor, de esa belleza o de esa aventura por construir un mundo seguro donde vivir anestesiados por la creencia de que no nos vamos a morir, por la sencilla razón de que eso es algo que pasa a los otros.
Este optimismo ingenuo o invulnerabilidad mágica con la que evadimos la conciencia trágica del morir que tanto miedo mete en las vísceras, es muy eficiente a la hora de vivir como un esclavo de la rutina. La aventura de vivir nos ayuda a morir, pero no a estar seguros. Tú eliges: seguridad o aventura. Y esta aventura que nos enseña a morir es vivir de una manera plena, tal como cada una entienda esa plenitud. Cuando tenía dieciséis años bajaba por una escalera de la casa de mi madre cuando me di cuenta que era mortal. El impacto fue brutal. Tan brutal que caí sentado en una grada, aterrorizado del vacío infinito de mi ausencia futura (¡le quité la máscara al Extraño Invitado!). Va a pasar. Y nadie ni nada me puede salvar.
Frente a esta única verdad absoluta, solo puedo responder con lo que amo. Y lo que amé por mucho tiempo fue la belleza. Nada para mí fue tan exaltante como leer un poema de Octavio Paz, un cuento de Borges, escuchar la obertura Tannhauser o Narrow way de Pink Floyd. Pronto entendí que, si no creaba belleza, mi vida (es decir mi muerte) no tenía ningún valor. Y crear belleza no es algo seguro. De ninguna manera. Es una aventura en la que solo triunfas si estás en un estado de trance y tu consciente e inconsciente se alinean para producir un milagro. El arte es una aventura, y como toda aventura conlleva la posibilidad del fracaso. También hubieron para mí otras aventuras esenciales como la del amor romántico y la de la psicoterapia: ese acompañar afectivamente a otro ser humano que busca en su interior la inspiración que le hace falta para seguir viviendo o superar una crisis.
Pero también hubieron esclavitud y miseria en mi diario vivir. ¡Por muchos años! Vivir para sobrevivir o para construir un futuro que nunca llega. Sacrificar el camino de mi autenticidad por miedo a que otras personas me abandonen o no me apoyen en mis necesidades. Y cuando más perdido estaba en esta ignorancia, en esta falsa debilidad, más me anestesiaba y vivía como si existiese un mañana, cosa a todas luces engañosa, porque en ese utópico mañana lo único cierto es la muerte.
Solo respondemos a la muerte con nuestra vida y si esa respuesta es auténtica y nuestro vivir una aventura en la que soltamos el lugar seguro parta ir en pos de algo valioso, entonces podemos tener corona virus, meternos en un cuarto y “morirnos sin tanto bochinche”, como me dijo un amigo con sentido del humor cuando supo que le quedaban unas horas de vida.

Acerca de adolfomacias

Psicoterapeuta y facilitador de grupos, especializado en terapia transformacional. Profesor del Instituto de Desarrollo Personal Cre-Ser. Asesor en comunicación creativa y escritor. Ganó en el 2010 el premio nacional de Literatura Joaquín Gallegos Lara por su novela "El grito del hada".

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