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El místico y el guerrero

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Si apoyamos a una persona para que sea auténtica, estamos hablando de la centralidad del cuerpo como núcleo de emanación de la espontaneidad. La persona aprenderá a ser sincera en la expresión de sus deseos y sus miedos, sus sensaciones y sus verdaderos pensamientos. Ser sincero desde el cuerpo supone comunicarse con él, observando esos estados sutiles que emergen del organismo en cada situación. Si me ofrecen un trabajo que creo importante o conveniente, pero siento rechazo hacia él, es probable que no sepa de dónde viene esa sensación y que me tome tiempo entenderla, poder convertirla en un pensamiento claro. Necesito poder hacer explícito eso que siento, captar lo que mi cuerpo quiere o rechaza para estar en sintonía con mi naturaleza y poder fluir con ella; pero sucede a veces que el organismo está desprogramado y que esas sensaciones son resultado de una alteración en su funcionamiento, provocada por experiencias negativas.

Pongamos un ejemplo: Como no puedo poner límites a las exigencias que vienen de otros, mi manera de trabajar es siempre opresiva. Me cargo con tareas que no deseo y trato de ser útil, buscando la aceptación de los otros, a quienes, con el tiempo, veo como mis abusadores. Así que cuando me ofrecen un trabajo siento rechazo, aunque se trate de una magnífica oportunidad. En primera instancia parecería que lo natural, lo espontáneo, es no aceptar ese trabajo por el que siento rechazo, pero un examen posterior demostrará que no es el trabajo, sino de mi manera de trabajar lo que me causa rechazo. Es por eso que entender el lenguaje del cuerpo no es tan fácil. Se necesita captarlo en su plena sutileza, entender ese fondo secreto, esas creencias y sentimientos nucleares que forman parte de nuestra coraza, de nuestro carácter, para interpretar correctamente lo que nos está diciendo.

Por otra parte, este ideal de naturalidad choca con la máxima moral: “Venciéndote a ti mismo, vencerás al mundo”. Vencerse a uno mismo podría ser una forma de neurosis. Esforzarse por superar sensaciones que nos impiden “ir adelante”, como la pereza o la tristeza, por ejemplo. Es común que las personas luchadoras se sacudan de estas sensaciones como de algo que les impide cumplir una vida significativa.

Detrás de esta disputa hay dos filosofías opuestas: fluir con la naturaleza, versus realizarse en el mundo. En la primera filosofía, el valor es la naturalidad, el vivir en el presente y la apertura amorosa a lo que nos rodea, en la segunda, el esfuerzo por conquistar metas mediante el sacrificio. Se trataría de dos arquetipos opuestos, los del místico y el guerrero. En el arquetipo del guerrero, la muerte juega un lugar central: puesto que vamos a morir y todo es fugaz, no hay tiempo para a timidez. El guerrero se atreve, se sostiene y conquista su objetivo mediante la determinación y la disciplina. El místico se une a lo que es mediante la cesación de todo esfuerzo, incluido el mayor de todos: el del yo, al que considera la última ilusión.

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Todo ese esfuerzo realizado

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Esfuerzo

Esforzarse, para muchas personas con una personalidad rígida, es luchar contra lo que nos rodea. Una vez con un propósito en su mente, la persona esforzada puede trabajar duro para cumplirlo, sacrificando su comodidad. Esto, en principio, es admirable. Deja de serlo cuando la obsesión por hacer lo que me propongo me absorbe por completo y me hace luchar contra las dificultades, sin dialogar con el medio ambiente y sin tomar en cuentas las circunstancias, los sentimientos y las necesidades de las personas que me rodean. Muchas personas tienen este rasgo. Son personas que luchan y se empeñan, que no aceptan un “no” por respuesta y se obstinan en llegar a la meta, pasando por momento de tensión y de estrés. Les resulta difícil relajarse o cambiar sus objetivos, ajustarlos a lo posible o a las expectativas de otras personas. Esta “cerrazón”, es el indicador de que algo más está en juego, probablemente una herida emocional antigua, la creencia inconsciente de que “debo demostrar lo que valgo”, o que “necesito hacer algo importante para merecer respeto”, “si no logro lo que me propongo entonces soy un fracaso” etcétera.

A lo mejor la persona, en el proceso de formación de su personalidad, interiorizó una de estas creencias como resultado de la experiencia relacional con los adultos que lo rodeaban. Es el caso de una mujer que se sintió comparada, durante su infancia, con sus hermanos, quienes tenían un alto rendimiento escolar. Para poder ganarse la admiración de la madre, se hizo esforzada. Hacía los deberes de manera cuidadosa y si cometía un error, arrancaba la página o empezaba de nuevo el cuaderno, para que se viera perfecto. Su madre, en vez de admirarla, se escandalizaba y le pedía que no lo haga. No entendía que ésta era la manera en que su hija llamaba su atención, buscando algo de esa admiración que le madre sentía por sus hijos varones. Fue así como fue formándose su carácter rígido y luchador, como un acto de protesta contra un mundo en el que flotaba el fantasma de la desaprobación.

Esto, al llegar a los treinta años de edad, le causaba conflictos relacionales con su marido, su madre y sus hijos, quienes debían soportar su determinación y su rigidez de criterio, a veces impositiva. Una vez que exploró una de estas escenas, se dio cuenta de la forma en que ella trataba a las demás personas (“si no estás de mi lado, estás en mi contra”). Entendió que necesitaba cambiar, relajarse, ser más flexible y real. Entender que las personas pueden amarla, estar de su lado y, al mismo tiempo, hacer críticas o pensar de otra manera. Dejar de vivir en el mundo como si fuera un campo de batalla (para una cita terapéutica escribir a: adolfomaciasterapeuta@yahoo.com o llamar al 0997330894 / 2285545 Quito – Ecuador)

Trabajo, aventura y autodescubrimiento.

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Es el objetivo de toda terapia: conocernos más íntima y profundamente, hasta descubrir la forma en que organizamos nuestra experiencia vital y nuestra personalidad, como una respuesta somática al ambiente de la que tenemos una vaga responsabilidad. Cuando suena el despertador y me levanto para ir al trabajo, ¿soy yo quién lo decide? ¿O es algo que tengo que hacer y a lo que me he acostumbrado? La aventura, por el contrario, tiene la cualidad de lo incitante. Nos movemos hacia la aventura con excitación y energía, tentados por la posibilidad de una experiencia satisfactoria y sin muchas garantías sobre el resultado final. Nos lanzamos a la experiencia confiando en que “de alguna manera” las cosas se resolverán. Y cuando perdemos, cuando las cosas no resultan, nos abatimos, y luego volvemos a la carga, desafiando el miedo a la pérdida o el fracaso. Porque la posibilidad de triunfar sigue siendo seductora. En este sentido, la sociedad moderna opone trabajo y aventura, como dos ámbitos separados de la experiencia. La ética del trabajo se relaciona al cumplimiento de ciertos procesos, que garantizan la calidad de un resultado o de un producto. Las personas fieles a su trabajo, deben ser enérgicas y centradas, serias y consecuentes, para poder sobrellevar la carga laboral que se les asigna. La contraparte de esto es el cansancio y el aburrimiento, causados por la repetición y la falta de libertad. La creatividad se agota, la persona desea descansar, huir lejos: un sitio de dispersión y anonadamiento garantizado por las películas, el alcohol, el deporte y la vida social.

Cuando un trabajo es libre y creativo, la persona se mueve hacia él desde la ética de la aventura: un lanzarse riesgoso en aras del placer de una realización improbable, pero cautivadora. Para que esto suceda, la aventura emprendida debe formar parte de la trama vital del individuo: ser una expresión de su potencial emergente y de sus sueños más profundos. El aventurero combina el poder del adulto con la capacidad de juego y de fascinación del niño. Toma la vida como un juego en el que prima la fascinación y el riesgo. Estar plenamente vivo es su objetivo. En este sentido la aventura se convierte en la antípoda del trabajo, y lo sustituye. Cuando un trabajo es creativo y nos plantea retos que estimulan nuestros sentidos y nuestro intelecto, sentimos esa emoción. Una vez que sabemos plenamente lo que hacemos y adquirimos solvencia en ello, el aburrimiento vuelve; porque la aventura subsiste en el ámbito de lo nuevo, y, por lo tanto, de lo desconocido. Para emprenderla, la persona necesita confiar en sí misma y soñar un poco con los resultados que anhela, sintiendo que lo que se propone se oculta en un lugar evasivo, en un altar construido por el deseo y la imaginación.

Cuando Simbad el marino culmina una aventura, celebra con el regreso a casa, donde se dedica a vivir en una suave opulencia, hasta que el aburrimiento lo oprime y siente el deseo de emprender un nuevo viaje hacia lo desconocido. Disfrutar del logro se agota. La monotonía lo abruma y se lanza de nuevo hacia el océano (sitio vasto de las posibilidades). De igual manera, el aventurero no trabaja por plata, aunque la necesite; trabaja para vivir la experiencia, para probar su propia naturaleza en el filo de cuchillo de lo imprevisto. Y al hacerlo organiza su identidad en relación a un mito de vida que le otorga sentido a su existencia. Porque el objetivo final de esta aventura es el descubrimiento de sí mismo, un estado de iluminación personal: auto-revelación. Gracias al viaje, descubro quien soy.

CURSO DE PSICOTERAPIA CORPORAL

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ADICCIONES

Dirigido por: Adolfo Macías (psicoterapeuta emocional)

Desde el lunes 16 de octubre, vive la experiencia de ser, alternativamente, paciente y terapeuta, aprendiendo las técnicas básicas de Psicoterapia Basada en el Cuerpo. Porque existe una sabiduría organísmica que está buscando tu sanación emocional. Sólo necesitas aprender a conectarte con ella sensiblemente, desde un estado de atención plena. Inspirador y útil para todo tipo de terapeutas, trabajadores sociales, pedagogos, actores, bailarines y demás personas que se trabajan con personas.

Basado en las metodologías de: Fritz Perls, Eugene Gendlin y Ron Kurtz.

Usted aprenderá a trabajar con el movimiento de su cuerpo, buscando el estado de conciencia ampliada para tomar contacto con figuras soñantes de su subconsciente e integrarlas a su personalidad consciente; a enfocar sensaciones organísmicas y simbolizarlas; a descubrir la forma en que sus defensas psicológicas organizan las posturas y tensiones habituales de su cuerpo; a contactarse con su energía libra e incrementar su vitalidad para el cambio.

Horario:

Días lunes y miércoles (desde las 18:00 a las 21:00), durante seis semanas, a partir del lunes 16 de octubre. (Finaliza el miércoles 22 de noviembre).

12 sesiones en total.

Cupo máximo: doce personas.

Valor total: $140 (pago anticipado)

Lugar: Venezuela N 13-03 y Antonio Ante (sector Colegio Nacional Mejía, por la subida al Centro de Arte Contemporáneo).

INSCRÍBETE LLAMANDO AL 2285545 O AL 0997330894 O ESCRIBIENDO A: adolfomaciasterapeuta@yahoo.com

QUITO-ECUADOR

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El otro fantasmático

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“Ego” es una palabra difusa, en la que se pueden verter muchos significados, pero voy a atenerme a uno que está en boga: el ego como un yo reactivo, que se relaciona con el entorno a través de lo que algunas escuelas de rehabilitación emocional como Alcohólicos Anónimos llaman “defectos de carácter”. Estas escuelas entienden como defectos de carácter el resentimiento, le envidia, la ira, la envidia, la frustración y otros sentimientos complejos que llevan a las personas a reaccionar o perder el control de sus actos ante determinadas circunstancias. Si queremos encontrar su denominador común podríamos decir que es el miedo. Miedo a no poder tener lo que quiero, miedo a ser despreciado, miedo a valer menos que el resto, miedo a no recibir reconocimiento, etcétera. El miedo en este sentido sería la vivencia de una existencia amenazada, real o imaginariamente. ¡Y aquí es donde podemos hallar el significado sicológico del ego, como yo ilusorio! Si mi mente está clara, y vivo en el aquí y el ahora, conectado con lo que sucede de manera serena y objetiva, veré las amenazas reales y sabré cómo evitarlas usando mis capacidades de manera oportuna; pero si me sumerjo en mi fantasía y la uso para imaginar las amenazas que podrían surgir en el camino, me estresaré innecesariamente. Y es que muchas veces nos anticipamos a los hechos y nos ponemos en guardia, suponiendo lo que va a pasar si hacemos o dejamos de hacer esto o lo otro, anticipándonos a acontecimientos que suceden en nuestra fantasía. Entonces adoptamos las actitudes reactivas mencionadas: comportamientos que tratan de superar los desastres supuestos o posibles. Y todavía importante: atribuyendo a las personas que nos rodean intenciones y actitudes que irradian de nuestra propia inseguridad y de las heridas emocionales del pasado. Entonces dejamos de relacionarnos con el otro real y nos relacionamos con el otro inventado, al que llamaremos “otro fantasmático”.

Cuando nos confrontamos a un otro fantasmático, abandonamos la realidad y entramos en trance. Este estado de conciencia ha sido denominado Dreaming up por Arnodl Mindell, y consiste en relacionarse con otra persona como si fuera quien creemos que es bajo el influjo de nuestras proyecciones fóbicas o idealizantes. La otra persona entonces se nos presenta de una manera curiosa, dotada de un poder o energía, o una actitud que rebasa la realidad. Por ejemplo, se nos acerca un policía a la ventanilla del auto. Como he dejado la licencia en casa, tengo temor y me paralizo, diciéndome “carajo, ya me agarraron”. En mi realidad imaginaria, los policías están haciendo “batidas”, y el que se acerca lo hace para revisar mi auto, pedirme los papeles y llevarme al centro de detención. En la realidad, el tipo se acerca y me pide que me ponga el cinturón de seguridad y me desea un buen día. Hasta aquí la cosa es manejable; pero supongamos que al ver que se acerca, bajo el influjo del miedo, yo acelero y me fugo, y el policía me persigue en la moto y me detiene. Entonces, seguro, me llevará a la cárcel y es probable que yo me convenza de que estaba haciendo batidas y “quería atraparme”.

Este mundo fóbico, de la imaginación proyectiva, es un mundo en el que habitamos parcialmente la inmensa mayoría de las personas. Casi todos los días saltamos de la realidad real a esa realidad inventada, cuando se hace presente en una de las reacciones mencionadas arriba: resentimiento, frustración, envidia, celos u otras por el estilo. Poder distinguir en estas reacciones la forma en que el miedo mueve los hilos de mi percepción, adulterando la realidad hasta hacerme relacionar con un otro fantasmático, me permitirá despertar en medio del trance y volver a la realidad, donde la posibilidad de sufrir es muchísimo menor de lo que supongo y donde la otra persona no es tan dañina como parece ni tiene el misterioso poder que le otorgamos para hacernos felices o infelices. En las crisis de pareja, generalmente hombre y mujer están sumergidos en dos peceras, cada uno sumergido en su mundo fóbico, peleando con un otro fantasmático. Es decir, tratando al otro como si fuera quien yo siento que es bajo el influjo de mi ego o personalidad ilusoria. En dicho trance, perdemos la tranquilidad y la capacidad de dialogar y recibir al otro, dándole la aceptación incondicional que necesita para abrirse con nosotros desde su autenticidad.

Para poder vivir en la realidad, la clave es entonces el despertar de la conciencia (para una cita terapéutica enviar un mensaje al 0997330894 o por Facebook a: adolfo macías terapeuta). Quito-Ecuador.

Cuando los hombres creen que las mujeres están locas…

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Dependencia

No siempre, pero en gran cantidad de parejas es así: ella, emocional y variable; él, racional y contenido, tratando de calmarla para evitar la pelea. La cosa es que la mujer, en la pareja, muchas veces quiere ser sentida, escuchada y acogida sin que sus altibajos emocionales sean interpretados como actos “irracionales” (el famoso: “no tienes razón para ponerte así” la sacará aún más de quicio). Les cuesta entender que, para el hombre, las expresiones emocionales femeninas pueden resultar amenazantes. Una especie de arena movediza en la que sólo pueden perecer.

Es como si los hombres, por algún motivo, tuviésemos temor a sumergirnos en el mundo de los sentimientos y perder la cabeza. Quisiéramos que ella hablase con calma de las cosas que le molestan y seguir con nuestras vidas después de unos breves y concisos acuerdos. Pero los acuerdos generados, en este tipo de conversaciones, no cambian hábitos ni generan intimidad. La expresión apasionada sí. La confrontación emocional, a pesar de los miedos que genera, puede sacudir al otro en su núcleo y llevarlo a su propia liberación emocional.

La mujer, con su volubilidad, confronta al hombre, lo saca de su zona de confort, hecha de palabras y serenidad especulativa. Porque esa conversación “irracional” implica contacto. Entender que se puede acoger el dolor o la ira o el resentimiento de nuestra compañera sin refutarlos, legitimándolos como algo natural, suele ser todo un descubrimiento para el hombre. Este descubrimiento va de la mano con nuestra propia capacidad para conectarnos con nuestras emociones y expresarlas, sin pasarlas por el filtro de una justificación racional.

Si me aburro en una reunión que para ella es divertida, está bien. Ella se divierte y yo me aburro. Pero si creo que me aburro por su culpa, me estoy engañando: soy yo el que me siento incómodo, y si voy porque ella ha insistido en que vaya con ella, soy yo quien he aceptado ponerme en esta situación. No necesitaba hacerlo, lo hice por mi propia voluntad, para evitar un conflicto con mi pareja. Y precisamente la evitación del conflicto impulsa el conflicto. Si voy contra mi voluntad a la reunión, es probable que ella me eche la culpa de frustrar sus buenos momentos con mi mala cara. Y así se va perfilando una serie de malentendidos basados en el mutuo enjuiciamiento, la tolerancia y la discriminación.

Una pareja es buena porque comparte ciertos gustos, sueños y valores, que los hacen vibrar empáticamente la mayor parte del tiempo. Cuando esto desaparece (o si esto nunca fue así), hay que considerar la separación como algo positivo para ambos. Porque el miedo al fracaso o a la soledad o al sufrimiento de la separación lo único que hará es mantenernos juntos en una jaula donde nos culpemos mutuamente por nuestra infelicidad.

Esto tiene como trasfondo la falta de desarrollo personal de una o las dos partes en la pareja. No se puede mejorar una relación si las personas que la conforman no están en sí mismas y encuentran un valor a su existencia que trascienda la vida de pareja. Compartir la vida es lo contrario a fusionarla. En este sentido, muchas veces son las mujeres quienes sienten que han perdido su individualidad y se han dado por completo, hasta perderse a ellas mismas, y se resienten con el hombre que no comete semejante tontería. Este complejo de esclavitud hace que la mujer culpe al hombre, como diciéndole: “No me dejas ser yo misma”, “No me dejas ser libre” sin darse cuenta de que es ella quien se ha sacrificado de una manera dolorosa, esperando que el otro haga lo mismo. Como diciendo: “Me corté por ti un brazo y ahora quiero que te cortes por mi esa maldita pierna”.

Cada sexo, en este sentido, carga una herencia cultural nefasta. La mujer con el sacrificio de sí misma (ideal social de feminidad), y el hombre con su miedo a la expresión emocional y su auto-confinamiento racional (ideal social de masculinidad), ambos a medias vivos, sin crecer, sin expandirse y hallar completo placer en la vida (para una cita terapéutica, llamar al 2285545 / 0997330894 o escribir a adolfomaciasterapeuta@yahoo.com, Quito-Ecuador).