La distorsión perceptiva

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Una chica le cuenta a su amiga que su novio a veces se desconecta del teléfono y que ella cree que está siempre con otras mujeres. La amiga de pronto le responde: “Estás proyectando, la que ha de querer tener aventuras eres tú, que ya estás aburrida de esa relación”. Esta es la forma en que se habla comúnmente de proyección. Veo en otro algo mío que no acepto como propio. Uso al otro como una pantalla o un telón sobre el cual proyecto una imagen. Yo personalmente no creo que la proyección, estrictamente hablando, exista. Más bien diría que una persona posee un registro emocional de experiencias dolorosas y placenteras que han modelado sus reacciones emocionales automáticas frente ciertas situaciones que se parecen a otras que originalmente formatearon un archivo cerebral de “comportamientos excitantes o peligrosos”. Este archivo interfiere con la realidad creando distorsiones perceptivas a veces bastante notables en el proceso de identificación de la realidad.

Pongamos por ejemplo a un niño que crece junto a un padre violento e impositivo. El niño desarrolla una estrategia de carácter resignada. Se habitúa a soportar y obedecer en silencio, llevando por dentro el resentimiento y sintiendo que ninguna protesta tiene la posibilidad de triunfar frente a esa autoridad implacable. Cuando es adulto, esa persona es empleado de una oficina. El jefe se acerca y le dice, sin preámbulos: “Quiero ese informe a las tres”. El empleado se contrae. Tiene que entregar otro informe a esa misma hora y no le alcanza el tiempo para ambas cosas, pero se queda callado porque en ese momento percibe al jefe como si fuera su padre, es decir, como un hombre ante el cual no caben las protestas. Se somete callado y acepta, sin abrir la boca, cayendo en una situación de estrés intenso. ¿Podemos llamar a esto en justicia proyección de la imagen paterna? Yo lo llamaría distorsión perceptiva, un fenómeno de totalización de la experiencia por el cual, al percibir una parte de un objeto, completamos la totalidad del mismo a través de la imaginación.

Es conocido que el hipocampo y la amígdala actúan en las reacciones emocionales automáticas y que estos centros se relacionan con la memoria y la imaginación. Al ver al jefe como una persona autoritaria e inflexible, puede que el empleado adultere la realidad. Es como si oyéramos el sonido del motor de una cortadora de césped y digamos al instante: “es una moto”. La moto es lo conocido, el sonido del cortador de césped no. Esta interpretación automática nos alerta ante posibles amenazas, pero también nos puede hacer ver una amenaza donde no la hay. Superar este automatismo requiere autoconocimiento. Al conocer nuestros mecanismos reactivos e interpretaciones automáticas, podemos cuestionarlos y distinguirlos de la realidad, abriendo nuevas posibilidades de interpretación. El empleado temeroso puede decirle al jefe: “Tengo otro informe para esa hora, ¿puedo dejarlo para mañana o suspendo el otro?” Entonces escuchará la respuesta del jefe y completará la imagen del mismo de una manera real. Para eso, el empleado deberá desafiar una constelación de creencias inconscientes del tipo: “No tengo derecho a protestar”, “el mundo es injusto”, “a nadie le importa lo que yo siento”, etc.

Una mente desprejuiciada es el resultado de conocer a fondo nuestra mente prejuiciada. Es por eso que en terapia ayudamos a las personas a observarse a sí mismas y entender sus reacciones emocionales ante los otros como mecanismos de “totalización de la experiencia” basado en viejos episodios y preconceptos provenientes de nuestro pasado y del mundo cultural en que crecimos (para una sesión terapéutica escribir a adolfomaciasterapeuta@yahoo.com o llamar al 2285545 – 0997330894 Quito Ecuador).

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El sueño bajo

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Cuando distorsionamos la vida con nuestros miedos y creencias, somos capaces de ver cosas que no existen. Inventamos monstruos, hacemos de la persona que está al lado nuestro una versión adulterada de lo que en realidad es. En otras palabras, nos sumimos en un estado semi-alucinatorio, en el cual sentimos que lo que vemos es lo que está ahí fuera. Si yo veo a una persona “grosera”, creo que en efecto es “grosera”. No puedo ver más allá de mi propia herida, de mi resentimiento y distinguir los sentimientos, necesidades insatisfechas y creencias de esa otra persona, relativizando mi propio punto de vista. No puedo entender que lo que yo llamo grosería es simplemente alguna forma de in satisfacción, y que esa persona necesita algo que tal vez no ha recibido cuando lo necesitaba. Que esa persona, al igual que yo, está habitando en un mundo diseñado por sus carencias ocultas.

Dentro de los diferentes tipos de caracteres se puede ver distintas formas de este ego-centramiento que nos condena a vivir en un territorio fantasmal, donde lo que vemos afuera es lo que simplemente está adentro: un mundo creado por el miedo, el dolor, la insatisfacción y la ambición. Como escritor de ficción he visto a muchos escritores luchar por obtener la alabanza de los medios y de los críticos, sufriendo a cada paso el “acoso” de sus “detractores”. Viven en un sueño bajo en el cual el universo parecería conspirar en su contra “por pura envidia”, y por ese “afán ecuatoriano de rebajar lo que se destaca”. Inyectados de este sentimiento paranoide, se defienden en su fantasmal universo de sus fantasmales agresores. Esto es precisamente lo que llamamos (usando un término de la psicología de procesos) habitar el sueño bajo.

Del mismo modo, en la vida de pareja, durante los malos momentos, cada uno vive en su propio mundo, inventando al otro, invitándolo a ser parte de su sueño bajo. Una mujer que se cree víctima de la incomprensión y que solo pide afecto, llora bajo el peso de un hombre irascible y maltratador. Pero este hombre maltratador es en parte convocado por ella, como contraparte, para poder ejercer su visión reducida de sí misma y perpetuar su falsa identidad de mujer noble y maltratada. El ego-centramiento es así un proceso de identificación del yo con un rol que nos desangra la vida. El sueño bajo nos condena a buscar compensaciones en los demás, a exigirles jugar un rol positivo o negativo en nuestro teatro interno. A pedir que me laman las heridas o a engancharnos en un juego destructivo, del que no logramos despertar.

Ayudar al cliente a despertar, a abandonar estos juegos tóxicos, es una de las aspiraciones de la terapia humanista, en especial de la terapia gestáltica (para una cita escribir a adolfomaciasterapeuta@yahoo.com o llamar a los teléfonos 2285545 – 0997330894)

Loop

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Los seres humanos parecemos andar el círculos. Nos repetimos a nosotros mismos, aunque esa repetición sea causa de malestar. No sabemos cómo, pero andamos en círculos, como dice la canción de Pink Floyd: “Runing over the same old ground, what we’ve found, same old fears…” Pongamos el caso de una mujer que se queja de su marido. Ella siente que él se ha vuelto rudo con ella, frío, egoísta en sus acciones, mezquino con el dinero. Se siente sola y sin apoyo a su lado. Ella quisiera que él cambie, que sea más tierno y solidario, pero en su sentimiento de abandono se vuelve fría y castigadora con él (le da la espalda en la cama, cuando trata de ser amable lo hace forzadamente y sin mirarlo a los ojos para no mostrar su tristeza). Él se siente censurado todo el tiempo y termina por actuar entonces como ella teme: se convierte, con la ayuda de su mujer, en la persona que no quiere ser (iracundo, frío, intolerante), hasta justificar de manera visible el sufrimiento de su esposa. Entonces ella se siente justificada plenamente para ejercer el rol que protege: el rol de víctima.

La ecuación es la siguiente: no me puedo quejar si él no me da motivo, por lo tanto debo hacer lo necesario (sin que yo me entere), para que él sea (o siga siendo) la persona que me abandona, sólo así podré ser una víctima y atraer mi propia compasión y la de ciertas personas (mis padres, por ejemplo). Esta es la “caja negra” que debemos abrir en terapia. ¿Por qué esta persona necesita sentirse una víctima y perpetúa este rol año tras año? La respuesta la encontraremos en la recompensa de sí misma que obtiene en este rol de sacrificio. Hay alguien que me compadece y me valora por esto (satisfacción de cierta necesidad de valoración), o consigo así alguna forma de alivio (mientras me paso en este problema me distraigo de otro que es en el fondo más desquiciante). En el primer caso, por ejemplo, su familia le dice que es demasiado noble y que lucha por su familia; en el segundo, mientras se queja por el amor no correspondido, consigue distraerse de la posibilidad, aún más angustiante, de quedarse sola y hacerse cargo de su propia existencia. Entonces el conflicto aparece bajo otra luz: gracias a la dureza de su marido (impulsada inconscientemente por ella), puede escapar de la ansiedad de ser ella misma y hacerse cargo de su propia vida, aunque para ello tenga que ser una víctima. La prueba de esto será que si el marido cambia de actitud y la apoya sorpresivamente para realizar sus sueños, ella se quedará paralizada por la inseguridad, y buscará nuevamente la pelea.

Despertar de este “sueño bajo” en la relación y recuperar la confianza en sí misma para despejar a su matrimonio de proyecciones fantasmales será un camino de sanación. Para una cita terapéutica llamar al 2285545 – 0997330894 o escribir a adolfomaciasterapeuta@yahoo.com).

Amor, miedo y defensas

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Eros y Tánatos

El amor es una relación de mutua generosidad entre dos partes unidas por un lazo de indescriptible bienestar. Surge de manera natural al nacer, cuando madre e hijo se unen en un abrazo. Desde ese momento, el ser humano está condenado, tanto al amor como a la libertad. No podemos evitar amar o ser amados, ni podemos evitar los riesgos que esto conlleva. Estos riesgos son causa de diversas formas de temor en la vida adulta y forman la base del carácter. El miedo a amar y ser rechazado es causa de retraimiento en las personas introvertidas de tipo sensible; el miedo a amar y ser abandonado es causa de apego excesivo en las personas dependiente cariñosas; el miedo de amar y perder el control es causa de dureza en la persona dominante; el miedo a ser libre y perder el amor es causa de sumisión en la persona abrumada aguantadora; el miedo a amar y perder la autonomía es causa de autocontrol en la persona rígida; el miedo a amar y ser desenmascarado es causa de la actitud engañosa en el seductor. Esta pequeña lista no agota las estrategias posibles del carácter, pero responde a una visión esquemática del mismo siguiendo las caracterología de Lowen y Kurtz.

Una vez que la persona se encuentra expuesta a la necesidad de afecto y a la pulsión erótica que lo empuja hacia otra persona, no solo se activan estos miedos, sino las defensas correspondientes. Pongamos por caso la persona dominante. El miedo a perder el control, es decir a ser manipulado, lo pone en guardia ante su propia debilidad amorosa. Entonces le es necesario andar con cautela y observar si la persona deseada es una amenaza para su rol de mando o si le rendirá la admiración y el respeto que necesita. Si estas condiciones están dadas, podrá acceder al amor, no sin quedar expuesto a los vaivenes del humor de su pareja, pero dentro de un margen relativamente seguro, donde no sienta como inminente la desaparición de su superioridad moral. Sentirse mimado y admirado reducirá esas defensas y las suavizará, razón por la cual, muchas parejas de personas dominantes aprenden a darles la razón y luego hacer lo que les viene en gana. Los conflictos, sin embargo no se hacen esperar. Pongamos el caso de una mujer dominante con un hombre sensible retraído. El temerá el rechazo de su mujer y accederá a su control, con lo cual perderá espontaneidad y se verá compelido a ensimismarse aún más; ella se sentirá irritada ante la actitud ausente del marido y lo provocará a expresarse; pero si esto sucede, su mando se verá removido por la capacidad de autonomía del marido y ella será a su vez la que tema perder el amor si trata de sostener el control; ambas estrategias entrarán en crisis. La posibilidad de que ambos evolucionen como personas se abrirá entonces para ambos. De esa capacidad dependerá el futuro de la relación. Es decir de la capacidad que ambos tengan de amar y confiar, al mismo tiempo, en ellos mismos y en sus parejas. Amar sin miedos imaginarios. Este es el tipo de crecimiento que la terapia humanista trata de facilitar (para una cita terapéutica, escribir a: adolfomaciasterapeuta@yahoo.com o llamar a los teléfonos 0997330894 / 2285545, Quito-Ecuador).

El niño interior

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¿Hasta qué punto debemos regresar a nuestro pasado para entender o resolver los problemas del presente? Es obvio que la infancia contiene eventos que marcan nuestra historia de vida y da cierto sesgo a nuestra personalidad. La mayoría de las veces, en terapia, los pacientes con los que trabajo se refieren espontáneamente a esa época de su vida, asociada a ciertos sentimientos. La niña que debió callar su abuso sexual lleva consigo no solo la memoria del secreto, sino una huella en su comportamiento sexual: sexo despojado de amor, rechazo al contacto o miedo a ser utilizada por sus parejas, etc. No se pasa por la presencia de un padre violento sin pagar los platos rotos y llevar en nuestro cuerpo la reacción de sumisión, ensimismamiento o rebeldía consecuente. Llevamos tatuada nuestra infancia en nuestros gestos y conductas, pero sobre todo en nuestros conflictos emocionales. Es ahí donde mejor se manifiestan estos “viejos asuntos infantiles”. Por eso, en ciertas escuelas de psicoterapia humanista, el trabajo con el niño interior recibe tanta atención. El principio es simple. El niño contiene las claves del malestar en el adulto; un malestar que conlleva fantasías infantiles en su interior, creencias respecto a sí mismo y el mundo que sirven de fundamento a los problemas actuales.

Pensemos en un adulto que desconfía de sus parejas y las investiga, con el temor a ser engañado. Si en el curso de la terapia descubrimos que tras la conducta de esta persona se oculta la creencia de que “no merece amor” o “todas las mujeres son engañosas”, nos preguntaremos, con razón, de dónde vienen tales creencias y qué experiencias les dieron origen. Es entonces cuando suele aparecer la figura del niño interior. Recuerdo a una mujer que me contaba cómo su padre la llevaba a comprar el pan y la dejaba jugando en un patio mientras se acostaba con la vecina, haciendo a la niña cómplice de su infidelidad. La culpa, junto con las consiguientes creencias: soy mala y los hombres engañan a las mujeres, la acompañaron durante su vida adulta, aun cuando ese episodio hubiese caído en el olvido. Pedirle que hable con la niña y la consuele, diciéndole que no todos los hombres son engañosos y que ella si merece el amor, es lo que sucedió apenas le pedí que imagine a la niña sentada frente a ella. Una experiencia maravillosa: la adulta confortando a la niña que ella fue, sanándola, dándole consuelo y ofreciéndole mensajes amorosos que disolvían las creencias negativas con las que había convivido. Porque al sanar a la niña dolida que llevaba dentro, la niña podía sanar a la adulta en que se había convertido, haciendo valer ese concepto de la psicoterapia contemporánea que dice que la memoria es maleable, ya que nuestra historia de vida es simplemente un relato, una interpretación cargada de sentimientos, medianamente basada en la realidad (para una cita terapéutica, escribir a adolfomaciasterapeuta@yahoo.com o llamar a 0997330894 / 2285545, Quito Ecuador).

Cuando esperas demasiado

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Para algunas personas, confiar en otro es algo necesario. Simplemente necesitamos querer y que nos quieran, estar cerca de otros seres humanos, combatir la soledad. Puedes deambular por los bares nocturnos, formar parte de un club, reunirte con amigos en tu casa o conversar de tus asuntos personales con un compañero de trabajo, da igual: la necesidad de abrirse y de encontrarse con otro ser humano pasa por la confianza que nos inspira, por su capacidad para hacernos sentir no solo entendidos, sino seguros. Lo mismo en el amor, y con mayor motivo, pues la persona a la que te entregas puede actuar de maneras que te hagan más feliz o te causen un dolor inusitado. Esta vulnerabilidad es parte del asunto. Pero el grado de vulnerabilidad está relacionado no solo a la entrega, sino a las expectativas (a veces extralimitadas) que tenemos sobre los otros. Idealizar a una persona, sentir que esa persona nos va a dar total seguridad y hacernos sentir como lo más importante en su vida, puede ser el inicio de un calvario.

Es el caso de una mujer que creció con un afincado sentimiento de soledad, en ausencia de su madre y mientras su padre trabajaba. Como no había plata, tuvo que trabajar desde temprano para pagarse sus estudios, y cuando se enamoró creyó que había encontrado esa alma gemela que la iba a cuidar y darle plenitud a su vida. Pero las cosas no podían funcionar bien. Ella esperaba demasiado. Su propia ausencia de un padre protector y cariñoso la incitaba a buscar un hombre ideal que hiciera lo que tanto le faltaba: sentirse protegida.

La creencia de estar sola en el mundo, de esta manera, empezó a retroalimentarse con cada pareja que le fallaba. Al exceso de confianza se seguía, rápidamente, el desengaño y la sensación (también ilusoria) de que otras mujeres tenían lo que ella no tenía: una pareja ideal y un hogar feliz. Para su fortuna, estaba totalmente equivocada. Esas otras mujeres tenían maridos con problemas similares a los de sus decepcionantes novios, y no eran tan felices como ella imaginaba; ni ella, en definitiva, estaba tan sola como se sentía. En realidad, su mayor desdicha procedía de sí misma, de su anhelo de un amor absoluto, que la liberara del espinoso camino de aceptarse a ella misma y aceptar a las personas tal y como son. Porque, sencillamente, no puedes amar establemente a alguien si no puedes acoger sus partes débiles, sus inseguridades y sus defectos como naturales. Pero esto exige ser, antes que nada, estar bien consigo mismo (para una cita terapéutica, escribir a adolfomaciasterapeuta@yahoo.com o llamar a los teléfonos 2285545 / 0997330894, Quito-Ecuador)

La cabeza en la caja

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Cabeza en caja

Un hombre tiene problemas en su trabajo. Han despedido a un empleado en su sección y está sobrecargado con las tareas. Sale tarde y recibe mucha presión de su jefe, junto con un trato duro y descalificativo. No soporta más, pero dice que no tiene otra opción, pues si renuncia (como a ratos desea hacer) se quedará en el desempleo y su familia sufrirá las consecuencias cuando se quede sin dinero para pagar las pensiones escolares o para comprar la comida. Esta situación de estar “atrapado y sin salida” es común a muchas personas en crisis. El dilema es: “Caigo en las penalidades del desempleo o aguanto una situación de explotación laboral y maltrato”. Dicho dilema y la desesperación que produce, pueden ser como el misterio del huevo o la gallina. ¿Es de verdad dicho dilema el que produce desesperación, o es la desesperación la que produce el dilema? Desde un punto de vista terapéutico, podemos ver este segundo camino como viable. Es verdad que la situación laboral es difícil, pero tal vez admita una mejora. Es verdad que, si no admite mejora, tal vez sea conveniente renunciar, pero esto no significa necesariamente quedar para siempre en el desempleo. La fantasía catastrófica del desempleo no necesariamente cuadra con las reales posibilidades de esa persona.

Lo que aquí se muestra es la forma en que nuestra interpretación de la realidad se ve influida por nuestras actitudes y roles. Un mártir interpreta las situaciones como un mártir; un optimista las interpreta con optimismo; una persona pragmática, con pragmatismo. La importante es darnos cuenta del tipo de interpretación que realizamos y distinguirlo de la realidad. ¿Estamos siendo demasiado optimistas? ¿Estamos siendo demasiado pesimistas? En el caso mencionado, la persona siente que “debe seguir sufriendo en su trabajo para no fallarle a su familia”. Esta es una actitud de mártir. De suyo, probablemente, no sea la primera vez que se sienta así, y se trate de un rol que desempeña desde hace muchos años en determinadas circunstancias.

Si ese es nuestro caso, lo conveniente es despertar y darnos cuenta, mediante nuestro observador interno, de la relación que hay entre el dilema planteado (o aguanto o me quedo sin trabajo) y nuestra actitud. ¿Desde qué otra actitud se puede observar el momento vivido? ¿Qué otras maneras existen de enfrentar el momento? ¿Existen otras interpretaciones más satisfactorias o más productivas de lo que está sucediendo? Esto supone creer que existe la posibilidad de cambiar momentáneamente nuestra actitud ante el problema, para poder mirarlo con “nuevos ojos”. (Para pedir una cita terapéutica, escribir a: adolfomaciasterapeuta@yahoo.com / 0997330894 – 2285545, Quito-Ecuador)