El sueño bajo

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Cuando distorsionamos la vida con nuestros miedos y creencias, somos capaces de ver cosas que no existen. Inventamos monstruos, hacemos de la persona que está al lado nuestro una versión adulterada de lo que en realidad es. En otras palabras, nos sumimos en un estado semi-alucinatorio, en el cual sentimos que lo que vemos es lo que está ahí fuera. Si yo veo a una persona “grosera”, creo que en efecto es “grosera”. No puedo ver más allá de mi propia herida, de mi resentimiento y distinguir los sentimientos, necesidades insatisfechas y creencias de esa otra persona, relativizando mi propio punto de vista. No puedo entender que lo que yo llamo grosería es simplemente alguna forma de in satisfacción, y que esa persona necesita algo que tal vez no ha recibido cuando lo necesitaba. Que esa persona, al igual que yo, está habitando en un mundo diseñado por sus carencias ocultas.

Dentro de los diferentes tipos de caracteres se puede ver distintas formas de este ego-centramiento que nos condena a vivir en un territorio fantasmal, donde lo que vemos afuera es lo que simplemente está adentro: un mundo creado por el miedo, el dolor, la insatisfacción y la ambición. Como escritor de ficción he visto a muchos escritores luchar por obtener la alabanza de los medios y de los críticos, sufriendo a cada paso el “acoso” de sus “detractores”. Viven en un sueño bajo en el cual el universo parecería conspirar en su contra “por pura envidia”, y por ese “afán ecuatoriano de rebajar lo que se destaca”. Inyectados de este sentimiento paranoide, se defienden en su fantasmal universo de sus fantasmales agresores. Esto es precisamente lo que llamamos (usando un término de la psicología de procesos) habitar el sueño bajo.

Del mismo modo, en la vida de pareja, durante los malos momentos, cada uno vive en su propio mundo, inventando al otro, invitándolo a ser parte de su sueño bajo. Una mujer que se cree víctima de la incomprensión y que solo pide afecto, llora bajo el peso de un hombre irascible y maltratador. Pero este hombre maltratador es en parte convocado por ella, como contraparte, para poder ejercer su visión reducida de sí misma y perpetuar su falsa identidad de mujer noble y maltratada. El ego-centramiento es así un proceso de identificación del yo con un rol que nos desangra la vida. El sueño bajo nos condena a buscar compensaciones en los demás, a exigirles jugar un rol positivo o negativo en nuestro teatro interno. A pedir que me laman las heridas o a engancharnos en un juego destructivo, del que no logramos despertar.

Ayudar al cliente a despertar, a abandonar estos juegos tóxicos, es una de las aspiraciones de la terapia humanista, en especial de la terapia gestáltica (para una cita escribir a adolfomaciasterapeuta@yahoo.com o llamar a los teléfonos 2285545 – 0997330894)

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Loop

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Los seres humanos parecemos andar el círculos. Nos repetimos a nosotros mismos, aunque esa repetición sea causa de malestar. No sabemos cómo, pero andamos en círculos, como dice la canción de Pink Floyd: “Runing over the same old ground, what we’ve found, same old fears…” Pongamos el caso de una mujer que se queja de su marido. Ella siente que él se ha vuelto rudo con ella, frío, egoísta en sus acciones, mezquino con el dinero. Se siente sola y sin apoyo a su lado. Ella quisiera que él cambie, que sea más tierno y solidario, pero en su sentimiento de abandono se vuelve fría y castigadora con él (le da la espalda en la cama, cuando trata de ser amable lo hace forzadamente y sin mirarlo a los ojos para no mostrar su tristeza). Él se siente censurado todo el tiempo y termina por actuar entonces como ella teme: se convierte, con la ayuda de su mujer, en la persona que no quiere ser (iracundo, frío, intolerante), hasta justificar de manera visible el sufrimiento de su esposa. Entonces ella se siente justificada plenamente para ejercer el rol que protege: el rol de víctima.

La ecuación es la siguiente: no me puedo quejar si él no me da motivo, por lo tanto debo hacer lo necesario (sin que yo me entere), para que él sea (o siga siendo) la persona que me abandona, sólo así podré ser una víctima y atraer mi propia compasión y la de ciertas personas (mis padres, por ejemplo). Esta es la “caja negra” que debemos abrir en terapia. ¿Por qué esta persona necesita sentirse una víctima y perpetúa este rol año tras año? La respuesta la encontraremos en la recompensa de sí misma que obtiene en este rol de sacrificio. Hay alguien que me compadece y me valora por esto (satisfacción de cierta necesidad de valoración), o consigo así alguna forma de alivio (mientras me paso en este problema me distraigo de otro que es en el fondo más desquiciante). En el primer caso, por ejemplo, su familia le dice que es demasiado noble y que lucha por su familia; en el segundo, mientras se queja por el amor no correspondido, consigue distraerse de la posibilidad, aún más angustiante, de quedarse sola y hacerse cargo de su propia existencia. Entonces el conflicto aparece bajo otra luz: gracias a la dureza de su marido (impulsada inconscientemente por ella), puede escapar de la ansiedad de ser ella misma y hacerse cargo de su propia vida, aunque para ello tenga que ser una víctima. La prueba de esto será que si el marido cambia de actitud y la apoya sorpresivamente para realizar sus sueños, ella se quedará paralizada por la inseguridad, y buscará nuevamente la pelea.

Despertar de este “sueño bajo” en la relación y recuperar la confianza en sí misma para despejar a su matrimonio de proyecciones fantasmales será un camino de sanación. Para una cita terapéutica llamar al 2285545 – 0997330894 o escribir a adolfomaciasterapeuta@yahoo.com).

Amor, miedo y defensas

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Eros y Tánatos

El amor es una relación de mutua generosidad entre dos partes unidas por un lazo de indescriptible bienestar. Surge de manera natural al nacer, cuando madre e hijo se unen en un abrazo. Desde ese momento, el ser humano está condenado, tanto al amor como a la libertad. No podemos evitar amar o ser amados, ni podemos evitar los riesgos que esto conlleva. Estos riesgos son causa de diversas formas de temor en la vida adulta y forman la base del carácter. El miedo a amar y ser rechazado es causa de retraimiento en las personas introvertidas de tipo sensible; el miedo a amar y ser abandonado es causa de apego excesivo en las personas dependiente cariñosas; el miedo de amar y perder el control es causa de dureza en la persona dominante; el miedo a ser libre y perder el amor es causa de sumisión en la persona abrumada aguantadora; el miedo a amar y perder la autonomía es causa de autocontrol en la persona rígida; el miedo a amar y ser desenmascarado es causa de la actitud engañosa en el seductor. Esta pequeña lista no agota las estrategias posibles del carácter, pero responde a una visión esquemática del mismo siguiendo las caracterología de Lowen y Kurtz.

Una vez que la persona se encuentra expuesta a la necesidad de afecto y a la pulsión erótica que lo empuja hacia otra persona, no solo se activan estos miedos, sino las defensas correspondientes. Pongamos por caso la persona dominante. El miedo a perder el control, es decir a ser manipulado, lo pone en guardia ante su propia debilidad amorosa. Entonces le es necesario andar con cautela y observar si la persona deseada es una amenaza para su rol de mando o si le rendirá la admiración y el respeto que necesita. Si estas condiciones están dadas, podrá acceder al amor, no sin quedar expuesto a los vaivenes del humor de su pareja, pero dentro de un margen relativamente seguro, donde no sienta como inminente la desaparición de su superioridad moral. Sentirse mimado y admirado reducirá esas defensas y las suavizará, razón por la cual, muchas parejas de personas dominantes aprenden a darles la razón y luego hacer lo que les viene en gana. Los conflictos, sin embargo no se hacen esperar. Pongamos el caso de una mujer dominante con un hombre sensible retraído. El temerá el rechazo de su mujer y accederá a su control, con lo cual perderá espontaneidad y se verá compelido a ensimismarse aún más; ella se sentirá irritada ante la actitud ausente del marido y lo provocará a expresarse; pero si esto sucede, su mando se verá removido por la capacidad de autonomía del marido y ella será a su vez la que tema perder el amor si trata de sostener el control; ambas estrategias entrarán en crisis. La posibilidad de que ambos evolucionen como personas se abrirá entonces para ambos. De esa capacidad dependerá el futuro de la relación. Es decir de la capacidad que ambos tengan de amar y confiar, al mismo tiempo, en ellos mismos y en sus parejas. Amar sin miedos imaginarios. Este es el tipo de crecimiento que la terapia humanista trata de facilitar (para una cita terapéutica, escribir a: adolfomaciasterapeuta@yahoo.com o llamar a los teléfonos 0997330894 / 2285545, Quito-Ecuador).

El niño interior

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¿Hasta qué punto debemos regresar a nuestro pasado para entender o resolver los problemas del presente? Es obvio que la infancia contiene eventos que marcan nuestra historia de vida y da cierto sesgo a nuestra personalidad. La mayoría de las veces, en terapia, los pacientes con los que trabajo se refieren espontáneamente a esa época de su vida, asociada a ciertos sentimientos. La niña que debió callar su abuso sexual lleva consigo no solo la memoria del secreto, sino una huella en su comportamiento sexual: sexo despojado de amor, rechazo al contacto o miedo a ser utilizada por sus parejas, etc. No se pasa por la presencia de un padre violento sin pagar los platos rotos y llevar en nuestro cuerpo la reacción de sumisión, ensimismamiento o rebeldía consecuente. Llevamos tatuada nuestra infancia en nuestros gestos y conductas, pero sobre todo en nuestros conflictos emocionales. Es ahí donde mejor se manifiestan estos “viejos asuntos infantiles”. Por eso, en ciertas escuelas de psicoterapia humanista, el trabajo con el niño interior recibe tanta atención. El principio es simple. El niño contiene las claves del malestar en el adulto; un malestar que conlleva fantasías infantiles en su interior, creencias respecto a sí mismo y el mundo que sirven de fundamento a los problemas actuales.

Pensemos en un adulto que desconfía de sus parejas y las investiga, con el temor a ser engañado. Si en el curso de la terapia descubrimos que tras la conducta de esta persona se oculta la creencia de que “no merece amor” o “todas las mujeres son engañosas”, nos preguntaremos, con razón, de dónde vienen tales creencias y qué experiencias les dieron origen. Es entonces cuando suele aparecer la figura del niño interior. Recuerdo a una mujer que me contaba cómo su padre la llevaba a comprar el pan y la dejaba jugando en un patio mientras se acostaba con la vecina, haciendo a la niña cómplice de su infidelidad. La culpa, junto con las consiguientes creencias: soy mala y los hombres engañan a las mujeres, la acompañaron durante su vida adulta, aun cuando ese episodio hubiese caído en el olvido. Pedirle que hable con la niña y la consuele, diciéndole que no todos los hombres son engañosos y que ella si merece el amor, es lo que sucedió apenas le pedí que imagine a la niña sentada frente a ella. Una experiencia maravillosa: la adulta confortando a la niña que ella fue, sanándola, dándole consuelo y ofreciéndole mensajes amorosos que disolvían las creencias negativas con las que había convivido. Porque al sanar a la niña dolida que llevaba dentro, la niña podía sanar a la adulta en que se había convertido, haciendo valer ese concepto de la psicoterapia contemporánea que dice que la memoria es maleable, ya que nuestra historia de vida es simplemente un relato, una interpretación cargada de sentimientos, medianamente basada en la realidad (para una cita terapéutica, escribir a adolfomaciasterapeuta@yahoo.com o llamar a 0997330894 / 2285545, Quito Ecuador).

Cuando esperas demasiado

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Para algunas personas, confiar en otro es algo necesario. Simplemente necesitamos querer y que nos quieran, estar cerca de otros seres humanos, combatir la soledad. Puedes deambular por los bares nocturnos, formar parte de un club, reunirte con amigos en tu casa o conversar de tus asuntos personales con un compañero de trabajo, da igual: la necesidad de abrirse y de encontrarse con otro ser humano pasa por la confianza que nos inspira, por su capacidad para hacernos sentir no solo entendidos, sino seguros. Lo mismo en el amor, y con mayor motivo, pues la persona a la que te entregas puede actuar de maneras que te hagan más feliz o te causen un dolor inusitado. Esta vulnerabilidad es parte del asunto. Pero el grado de vulnerabilidad está relacionado no solo a la entrega, sino a las expectativas (a veces extralimitadas) que tenemos sobre los otros. Idealizar a una persona, sentir que esa persona nos va a dar total seguridad y hacernos sentir como lo más importante en su vida, puede ser el inicio de un calvario.

Es el caso de una mujer que creció con un afincado sentimiento de soledad, en ausencia de su madre y mientras su padre trabajaba. Como no había plata, tuvo que trabajar desde temprano para pagarse sus estudios, y cuando se enamoró creyó que había encontrado esa alma gemela que la iba a cuidar y darle plenitud a su vida. Pero las cosas no podían funcionar bien. Ella esperaba demasiado. Su propia ausencia de un padre protector y cariñoso la incitaba a buscar un hombre ideal que hiciera lo que tanto le faltaba: sentirse protegida.

La creencia de estar sola en el mundo, de esta manera, empezó a retroalimentarse con cada pareja que le fallaba. Al exceso de confianza se seguía, rápidamente, el desengaño y la sensación (también ilusoria) de que otras mujeres tenían lo que ella no tenía: una pareja ideal y un hogar feliz. Para su fortuna, estaba totalmente equivocada. Esas otras mujeres tenían maridos con problemas similares a los de sus decepcionantes novios, y no eran tan felices como ella imaginaba; ni ella, en definitiva, estaba tan sola como se sentía. En realidad, su mayor desdicha procedía de sí misma, de su anhelo de un amor absoluto, que la liberara del espinoso camino de aceptarse a ella misma y aceptar a las personas tal y como son. Porque, sencillamente, no puedes amar establemente a alguien si no puedes acoger sus partes débiles, sus inseguridades y sus defectos como naturales. Pero esto exige ser, antes que nada, estar bien consigo mismo (para una cita terapéutica, escribir a adolfomaciasterapeuta@yahoo.com o llamar a los teléfonos 2285545 / 0997330894, Quito-Ecuador)

La cabeza en la caja

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Cabeza en caja

Un hombre tiene problemas en su trabajo. Han despedido a un empleado en su sección y está sobrecargado con las tareas. Sale tarde y recibe mucha presión de su jefe, junto con un trato duro y descalificativo. No soporta más, pero dice que no tiene otra opción, pues si renuncia (como a ratos desea hacer) se quedará en el desempleo y su familia sufrirá las consecuencias cuando se quede sin dinero para pagar las pensiones escolares o para comprar la comida. Esta situación de estar “atrapado y sin salida” es común a muchas personas en crisis. El dilema es: “Caigo en las penalidades del desempleo o aguanto una situación de explotación laboral y maltrato”. Dicho dilema y la desesperación que produce, pueden ser como el misterio del huevo o la gallina. ¿Es de verdad dicho dilema el que produce desesperación, o es la desesperación la que produce el dilema? Desde un punto de vista terapéutico, podemos ver este segundo camino como viable. Es verdad que la situación laboral es difícil, pero tal vez admita una mejora. Es verdad que, si no admite mejora, tal vez sea conveniente renunciar, pero esto no significa necesariamente quedar para siempre en el desempleo. La fantasía catastrófica del desempleo no necesariamente cuadra con las reales posibilidades de esa persona.

Lo que aquí se muestra es la forma en que nuestra interpretación de la realidad se ve influida por nuestras actitudes y roles. Un mártir interpreta las situaciones como un mártir; un optimista las interpreta con optimismo; una persona pragmática, con pragmatismo. La importante es darnos cuenta del tipo de interpretación que realizamos y distinguirlo de la realidad. ¿Estamos siendo demasiado optimistas? ¿Estamos siendo demasiado pesimistas? En el caso mencionado, la persona siente que “debe seguir sufriendo en su trabajo para no fallarle a su familia”. Esta es una actitud de mártir. De suyo, probablemente, no sea la primera vez que se sienta así, y se trate de un rol que desempeña desde hace muchos años en determinadas circunstancias.

Si ese es nuestro caso, lo conveniente es despertar y darnos cuenta, mediante nuestro observador interno, de la relación que hay entre el dilema planteado (o aguanto o me quedo sin trabajo) y nuestra actitud. ¿Desde qué otra actitud se puede observar el momento vivido? ¿Qué otras maneras existen de enfrentar el momento? ¿Existen otras interpretaciones más satisfactorias o más productivas de lo que está sucediendo? Esto supone creer que existe la posibilidad de cambiar momentáneamente nuestra actitud ante el problema, para poder mirarlo con “nuevos ojos”. (Para pedir una cita terapéutica, escribir a: adolfomaciasterapeuta@yahoo.com / 0997330894 – 2285545, Quito-Ecuador)

Autoaceptación para el cambio

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niña con serpiente

“Quiero dejar de enojarme tanto, y lo consigo a medias. Me trato de calmar y ser más amable, pero no puedo controlarlo por mucho tiempo”, dice una señora en terapia. Desde chica, esta mujer ha luchado con el rechazo. Aprendió a salir adelante con poca ayuda, a ser fuerte, a no dejarse vencer por las contrariedades; pero al mismo tiempo, esta estrategia de carácter la ha vuelto dura, perfeccionista. Esto, que ha sido positivo en términos de disciplina y logros profesionales, se vuelve en su contra en las relaciones afectivas, en las que tiende a ser censuradora con las personas que ama. Los conflictos personales la sobrepasan, se reprocha por ser como es y anhela ser, por ejemplo, “más suave” con su hija. A este propósito se opone la irritación que le causa la niña cuando dramatiza sus sentimientos y se muestra derrotada y débil. “¡Deja de ser quejona y justificarte!”, grita la madre, a lo cual su hija reacciona con resentimiento. “Lo que pasa es que tú no me quieres”, responde. La madre quiere dejar de reaccionar con dureza, pero no puede evitarlo. La reacción está más allá de su control, y sólo puede, a lo máximo, retenerla por un tiempo, antes de volver a explotar.

Esto plantea la siguiente pregunta: ¿Es posible el cambio? Muchas personas consideran que no. Frases populares como “genio y figura, hasta la sepultura”, parecerían apoyar este criterio. Pero el cambio, con todo, sucede. La demostración de esto la proporcionan aquellas personas que realizan procesos exitosos y dejan de sentirse de la misma manera que antes. Este cambio, sin embargo, no procede de la lucha contra un estado determinado o tendencia, sino como la capacidad que tiene una persona para identificarse con sus propias necesidades, impulsos o sentimientos ignorados. En vez de “tratar de ser dulce” con su hija (cosa que, en definitiva, no puede controlar), esta mujer necesita darse cuenta del proceso doloroso de conformación de su carácter, como reacción al maltrato recibido en la infancia, y dejar salir sus sentimientos de dolor y queja reprimidos, aceptarse como una persona que se entristece ocasionalmente, se siente insegura o necesita apoyo. Aceptar su propia vulnerabilidad es la única forma de aceptar la vulnerabilidad de su hija y dejar de sentirse irritada por ella. Sencillamente, si no se permite fluir con sus sentimientos de desaliento y tristeza cuando se presentan, expresándolos como algo natural, no podrá conseguir relacionarse con su hija empáticamente.

Este cambio trae aparejado un miedo: “Me voy a convertir en un ser lamentable y derrotado”. Esta visión blanco/negro de su mundo interno (o soy completamente fuerte o soy completamente débil), no la deja responder a sus necesidades de relajamiento y abandono sentimental, causándole una diversidad de síntomas, entre los cuales se hallan el estrés y la irritabilidad. Por otra parte, para poder integrar el lado sensible y más vulnerable de su naturaleza (que en definitiva, lo tenemos todos los seres humanos), la madre enfrentará creencias irracionales, convicciones instaladas en el inconsciente adaptativo, como: “si me muestro débil, las personas van a abusar de mí”, y otras, propias de su coraza caracterológica. La autoaceptación es por lo tanto un auto-desafío que pone en crisis nuestra idea de quien somos y quienes son las personas que nos rodean (para una cita terapéutica, escribir a: adolfomaciasterapeuta@yahoo.com o llamar a los teléfonos 0997330894 / 2285545, Quito-Ecuador)