El niño interior

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¿Hasta qué punto debemos regresar a nuestro pasado para entender o resolver los problemas del presente? Es obvio que la infancia contiene eventos que marcan nuestra historia de vida y da cierto sesgo a nuestra personalidad. La mayoría de las veces, en terapia, los pacientes con los que trabajo se refieren espontáneamente a esa época de su vida, asociada a ciertos sentimientos. La niña que debió callar su abuso sexual lleva consigo no solo la memoria del secreto, sino una huella en su comportamiento sexual: sexo despojado de amor, rechazo al contacto o miedo a ser utilizada por sus parejas, etc. No se pasa por la presencia de un padre violento sin pagar los platos rotos y llevar en nuestro cuerpo la reacción de sumisión, ensimismamiento o rebeldía consecuente. Llevamos tatuada nuestra infancia en nuestros gestos y conductas, pero sobre todo en nuestros conflictos emocionales. Es ahí donde mejor se manifiestan estos “viejos asuntos infantiles”. Por eso, en ciertas escuelas de psicoterapia humanista, el trabajo con el niño interior recibe tanta atención. El principio es simple. El niño contiene las claves del malestar en el adulto; un malestar que conlleva fantasías infantiles en su interior, creencias respecto a sí mismo y el mundo que sirven de fundamento a los problemas actuales.

Pensemos en un adulto que desconfía de sus parejas y las investiga, con el temor a ser engañado. Si en el curso de la terapia descubrimos que tras la conducta de esta persona se oculta la creencia de que “no merece amor” o “todas las mujeres son engañosas”, nos preguntaremos, con razón, de dónde vienen tales creencias y qué experiencias les dieron origen. Es entonces cuando suele aparecer la figura del niño interior. Recuerdo a una mujer que me contaba cómo su padre la llevaba a comprar el pan y la dejaba jugando en un patio mientras se acostaba con la vecina, haciendo a la niña cómplice de su infidelidad. La culpa, junto con las consiguientes creencias: soy mala y los hombres engañan a las mujeres, la acompañaron durante su vida adulta, aun cuando ese episodio hubiese caído en el olvido. Pedirle que hable con la niña y la consuele, diciéndole que no todos los hombres son engañosos y que ella si merece el amor, es lo que sucedió apenas le pedí que imagine a la niña sentada frente a ella. Una experiencia maravillosa: la adulta confortando a la niña que ella fue, sanándola, dándole consuelo y ofreciéndole mensajes amorosos que disolvían las creencias negativas con las que había convivido. Porque al sanar a la niña dolida que llevaba dentro, la niña podía sanar a la adulta en que se había convertido, haciendo valer ese concepto de la psicoterapia contemporánea que dice que la memoria es maleable, ya que nuestra historia de vida es simplemente un relato, una interpretación cargada de sentimientos, medianamente basada en la realidad (para una cita terapéutica, escribir a adolfomaciasterapeuta@yahoo.com o llamar a 0997330894 / 2285545, Quito Ecuador).

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Cuando esperas demasiado

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Para algunas personas, confiar en otro es algo necesario. Simplemente necesitamos querer y que nos quieran, estar cerca de otros seres humanos, combatir la soledad. Puedes deambular por los bares nocturnos, formar parte de un club, reunirte con amigos en tu casa o conversar de tus asuntos personales con un compañero de trabajo, da igual: la necesidad de abrirse y de encontrarse con otro ser humano pasa por la confianza que nos inspira, por su capacidad para hacernos sentir no solo entendidos, sino seguros. Lo mismo en el amor, y con mayor motivo, pues la persona a la que te entregas puede actuar de maneras que te hagan más feliz o te causen un dolor inusitado. Esta vulnerabilidad es parte del asunto. Pero el grado de vulnerabilidad está relacionado no solo a la entrega, sino a las expectativas (a veces extralimitadas) que tenemos sobre los otros. Idealizar a una persona, sentir que esa persona nos va a dar total seguridad y hacernos sentir como lo más importante en su vida, puede ser el inicio de un calvario.

Es el caso de una mujer que creció con un afincado sentimiento de soledad, en ausencia de su madre y mientras su padre trabajaba. Como no había plata, tuvo que trabajar desde temprano para pagarse sus estudios, y cuando se enamoró creyó que había encontrado esa alma gemela que la iba a cuidar y darle plenitud a su vida. Pero las cosas no podían funcionar bien. Ella esperaba demasiado. Su propia ausencia de un padre protector y cariñoso la incitaba a buscar un hombre ideal que hiciera lo que tanto le faltaba: sentirse protegida.

La creencia de estar sola en el mundo, de esta manera, empezó a retroalimentarse con cada pareja que le fallaba. Al exceso de confianza se seguía, rápidamente, el desengaño y la sensación (también ilusoria) de que otras mujeres tenían lo que ella no tenía: una pareja ideal y un hogar feliz. Para su fortuna, estaba totalmente equivocada. Esas otras mujeres tenían maridos con problemas similares a los de sus decepcionantes novios, y no eran tan felices como ella imaginaba; ni ella, en definitiva, estaba tan sola como se sentía. En realidad, su mayor desdicha procedía de sí misma, de su anhelo de un amor absoluto, que la liberara del espinoso camino de aceptarse a ella misma y aceptar a las personas tal y como son. Porque, sencillamente, no puedes amar establemente a alguien si no puedes acoger sus partes débiles, sus inseguridades y sus defectos como naturales. Pero esto exige ser, antes que nada, estar bien consigo mismo (para una cita terapéutica, escribir a adolfomaciasterapeuta@yahoo.com o llamar a los teléfonos 2285545 / 0997330894, Quito-Ecuador)

La cabeza en la caja

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Cabeza en caja

Un hombre tiene problemas en su trabajo. Han despedido a un empleado en su sección y está sobrecargado con las tareas. Sale tarde y recibe mucha presión de su jefe, junto con un trato duro y descalificativo. No soporta más, pero dice que no tiene otra opción, pues si renuncia (como a ratos desea hacer) se quedará en el desempleo y su familia sufrirá las consecuencias cuando se quede sin dinero para pagar las pensiones escolares o para comprar la comida. Esta situación de estar “atrapado y sin salida” es común a muchas personas en crisis. El dilema es: “Caigo en las penalidades del desempleo o aguanto una situación de explotación laboral y maltrato”. Dicho dilema y la desesperación que produce, pueden ser como el misterio del huevo o la gallina. ¿Es de verdad dicho dilema el que produce desesperación, o es la desesperación la que produce el dilema? Desde un punto de vista terapéutico, podemos ver este segundo camino como viable. Es verdad que la situación laboral es difícil, pero tal vez admita una mejora. Es verdad que, si no admite mejora, tal vez sea conveniente renunciar, pero esto no significa necesariamente quedar para siempre en el desempleo. La fantasía catastrófica del desempleo no necesariamente cuadra con las reales posibilidades de esa persona.

Lo que aquí se muestra es la forma en que nuestra interpretación de la realidad se ve influida por nuestras actitudes y roles. Un mártir interpreta las situaciones como un mártir; un optimista las interpreta con optimismo; una persona pragmática, con pragmatismo. La importante es darnos cuenta del tipo de interpretación que realizamos y distinguirlo de la realidad. ¿Estamos siendo demasiado optimistas? ¿Estamos siendo demasiado pesimistas? En el caso mencionado, la persona siente que “debe seguir sufriendo en su trabajo para no fallarle a su familia”. Esta es una actitud de mártir. De suyo, probablemente, no sea la primera vez que se sienta así, y se trate de un rol que desempeña desde hace muchos años en determinadas circunstancias.

Si ese es nuestro caso, lo conveniente es despertar y darnos cuenta, mediante nuestro observador interno, de la relación que hay entre el dilema planteado (o aguanto o me quedo sin trabajo) y nuestra actitud. ¿Desde qué otra actitud se puede observar el momento vivido? ¿Qué otras maneras existen de enfrentar el momento? ¿Existen otras interpretaciones más satisfactorias o más productivas de lo que está sucediendo? Esto supone creer que existe la posibilidad de cambiar momentáneamente nuestra actitud ante el problema, para poder mirarlo con “nuevos ojos”. (Para pedir una cita terapéutica, escribir a: adolfomaciasterapeuta@yahoo.com / 0997330894 – 2285545, Quito-Ecuador)

Autoaceptación para el cambio

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niña con serpiente

“Quiero dejar de enojarme tanto, y lo consigo a medias. Me trato de calmar y ser más amable, pero no puedo controlarlo por mucho tiempo”, dice una señora en terapia. Desde chica, esta mujer ha luchado con el rechazo. Aprendió a salir adelante con poca ayuda, a ser fuerte, a no dejarse vencer por las contrariedades; pero al mismo tiempo, esta estrategia de carácter la ha vuelto dura, perfeccionista. Esto, que ha sido positivo en términos de disciplina y logros profesionales, se vuelve en su contra en las relaciones afectivas, en las que tiende a ser censuradora con las personas que ama. Los conflictos personales la sobrepasan, se reprocha por ser como es y anhela ser, por ejemplo, “más suave” con su hija. A este propósito se opone la irritación que le causa la niña cuando dramatiza sus sentimientos y se muestra derrotada y débil. “¡Deja de ser quejona y justificarte!”, grita la madre, a lo cual su hija reacciona con resentimiento. “Lo que pasa es que tú no me quieres”, responde. La madre quiere dejar de reaccionar con dureza, pero no puede evitarlo. La reacción está más allá de su control, y sólo puede, a lo máximo, retenerla por un tiempo, antes de volver a explotar.

Esto plantea la siguiente pregunta: ¿Es posible el cambio? Muchas personas consideran que no. Frases populares como “genio y figura, hasta la sepultura”, parecerían apoyar este criterio. Pero el cambio, con todo, sucede. La demostración de esto la proporcionan aquellas personas que realizan procesos exitosos y dejan de sentirse de la misma manera que antes. Este cambio, sin embargo, no procede de la lucha contra un estado determinado o tendencia, sino como la capacidad que tiene una persona para identificarse con sus propias necesidades, impulsos o sentimientos ignorados. En vez de “tratar de ser dulce” con su hija (cosa que, en definitiva, no puede controlar), esta mujer necesita darse cuenta del proceso doloroso de conformación de su carácter, como reacción al maltrato recibido en la infancia, y dejar salir sus sentimientos de dolor y queja reprimidos, aceptarse como una persona que se entristece ocasionalmente, se siente insegura o necesita apoyo. Aceptar su propia vulnerabilidad es la única forma de aceptar la vulnerabilidad de su hija y dejar de sentirse irritada por ella. Sencillamente, si no se permite fluir con sus sentimientos de desaliento y tristeza cuando se presentan, expresándolos como algo natural, no podrá conseguir relacionarse con su hija empáticamente.

Este cambio trae aparejado un miedo: “Me voy a convertir en un ser lamentable y derrotado”. Esta visión blanco/negro de su mundo interno (o soy completamente fuerte o soy completamente débil), no la deja responder a sus necesidades de relajamiento y abandono sentimental, causándole una diversidad de síntomas, entre los cuales se hallan el estrés y la irritabilidad. Por otra parte, para poder integrar el lado sensible y más vulnerable de su naturaleza (que en definitiva, lo tenemos todos los seres humanos), la madre enfrentará creencias irracionales, convicciones instaladas en el inconsciente adaptativo, como: “si me muestro débil, las personas van a abusar de mí”, y otras, propias de su coraza caracterológica. La autoaceptación es por lo tanto un auto-desafío que pone en crisis nuestra idea de quien somos y quienes son las personas que nos rodean (para una cita terapéutica, escribir a: adolfomaciasterapeuta@yahoo.com o llamar a los teléfonos 0997330894 / 2285545, Quito-Ecuador)

 

Las profecías autocumplidas

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Todos nos hemos dado cuenta en algún momento de que el miedo a que algo malo nos suceda, ayuda a que eso suceda. También nos hemos dado cuenta de lo contrario: tengo miedo de que el chofer del bus interprovincial a las tres de la mañana se duerma (presa del mismo insoportable deseo de dormirme que yo tengo), pero el chofer no se duerme, y llegamos salvos a nuestro destino. Pero si lo que temo es que mis empleados hagan mal las cosas si no estoy yo ahí para controlar, y me ausento, es probable que al volver me encuentre con algún problema. Sencillamente mi desconfianza en su capacidad de hacer bien las cosas unida a mi manía de supervisar y hacerme cargo de todo, habrá impedido que desarrollen su capacidad de autonomía, y esta incapacidad se manifestará en mi ausencia. En este momento yo seré la causa de que el error predicho se cumpla. Para nombrar este fenómeno, podemos echar mano del concepto de “profecía autocumplida” de Merton. Cuando Merton habló de esto, tenía probablemente en mente a las predicciones y maldiciones de brujos africanos que inducían a sus víctimas a enfermarse o accidentarse. La autosugestión, el miedo, la seguridad de que el brujo no podía equivocarse, el saber que uno estaba irremediablemente perdido, contribuían al nerviosismo y al consiguiente “accidente” o somatización de la enfermedad.

En nuestra vida cotidiana esto sucede con más frecuencia de la que imaginamos. Imaginemos a una persona que teme ser engañada y abandonada. En su inseguridad, teme que su pareja la deje a cambio de otra persona “más bonita e interesante”. En su baja auto-valía interpreta los momentos de distanciamiento emocional de su pareja como una demostración de que ya no siente amor y de que está pensando en otra persona. La acusa. Hace una escena y consigue así incrementar la sensación que su pareja tiene de estar siempre “controlada”. Si esta pareja además tiene un fuerte sentido de autonomía, va a irritarse y tomar distancia, convirtiéndose con el paso del tiempo en ese ser distante y frío en el que su pareja teme se convierta. En ese momento, la persona dependiente e insegura habrá hecho realidad su pesadilla, mediante lo que Melanie Klein denominó “identificación proyectiva”, o sea la tendencia a identificarnos y actuar de manera inconsciente las proyecciones que el otro realiza sobre nosotros.

Si nos tratan como controladores, tenderemos a volvernos más controladores de lo que en realidad somos. Si nos tratan como líderes, empezaremos a acariciar la idea de serlo, etc. Naturalmente, a veces la persona en la cual proyectamos un rol tiene algún rasgo de personalidad relacionado con dicha proyección, pero ese rasgo se activará o incrementará con la proyección. Esto podemos verlo con nuestros hijos: si sobreprotegemos a un niño y le impedimos subirse a un árbol, transmitiremos nuestro miedo a que se caiga de tal manera que quede impregnado en su sensibilidad. Entonces es posible que el niño, si llega a subirse a un árbol, lo haga de manera temerosa y que sus movimientos no sean confiados ni seguros, perdiendo firmeza en el agarre, con lo cual probablemente termine por caerse y hacer realidad la profecía: si te subes a un árbol te vas a caer. De igual manera, si alguien me hace sentir capaz e inteligente, valorando siempre mis logros intelectuales, aunque no sea una persona con capacidades fuera de lo común, empezaré a esforzarme, y me atreveré a iniciar estudios más ambiciosos que aquellos que emprendería si durante mi crecimiento me hubieran reiterado que soy intelectualmente limitado.

Este tipo de profecías autocumplidas de carácter positivo y esperanzador se relacionan con lo que actualmente se conoce como resiliencia. (Para una sesión de acompañamiento terapéutico, escribir a: adolfomaciasterapeuta@yahoo.com o llamar al 0997330894 / 2285545, Quito-Ecuador).

Autonomía y dependencia

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Dependencia

El gran asunto de las relaciones de pareja parecería ser el equilibrio o desequilibrio que cada parte de la pareja hace entre su autonomía y su dependencia hacia el otro. Uno de los lugares más fértiles para descubrir lo que pasa en una pareja puede ser el trabajo. Si mi trabajo es algo que amo y que me hace crecer, que me desafía y me hace sentir valioso y vibrante, es probable que cuando regrese a casa tenga algo que compartir con mi pareja. Si mi pareja se interesa en mis asuntos y yo en los de ella, compartir será algo natural. Pero si mi trabajo es algo que simplemente tengo que hacer para sobrevivir, y que me produce cierta inconformidad, mi compartir se empobrecerá. Si sumamos a esto un alto nivel de dependencia emocional (el hecho de que mis pensamientos giren en torno a mi pareja, a lo que estará o no estará haciendo, a si sentirá o no lo mismo que yo hacia ella), estaremos condenados a la auto-tortura. ¡Sobre todo si la persona a la que amo tiene un mayor nivel de autonomía! Ser adicto a mi pareja es convertirla en el centro de mi vida y esperar que ella me corresponda en idéntica medida. Si ella tiene ciertas necesidades individuales que la alejan de mí (algo tan simple como el deporte, por ejemplo), lo experimentaré como si fuera un rechazo y esto me causará resentimiento.

En el polo opuesto estará esa persona que posee un alto nivel de autonomía y satisfacción laboral, que se defiende de cualquier exigencia de la persona amada y prefiere dejarla a permitir que interfiera en sus asuntos. Personas con carácter dominante, autosuficiente o rígido, con un fuerte sentido de su misión individual o social, pueden estar en este caso. Estar enamoradas puede ser su talón de Aquiles, su manera de entrar en una zona de peligro, que amenaza su independencia, pero también les brinda la oportunidad de dar y recibir afecto y sexualidad para sentirse bien.

Ahora bien, imaginemos una relación de pareja entre ambas personas. Imaginemos que se enamoran y que tienen un hijo. Aunque las escenas de celos y los reclamos de la parte dependiente irritan a la parte más autónoma, su amor por ella y por su hijo le hace regresar a casa con el deseo de sentirse acogido (también la parte autónoma es en parte dependiente del afecto y lo necesita). La parte dependiente estará feliz de verlo si viene temprano a casa, y se sentirá abandonada o traicionada si llega tarde, sin entender ningún tipo de justificación. No estará interesada en sus asuntos de trabajo sino en sentirse vista, atendida y tratada con cariño. Este exceso de celos y demanda afectiva de parte del dependiente, hará que la persona autónoma se sienta apresada, y tenderá a postergar su llegada a casa cada vez con mayor frecuencia, sobre todo si le gusta su trabajo, donde las cosas van bien.

Ambos lados se sienten víctima del otro. El lado más autónomo cree que es el lado dependiente el que debe estar conforme con lo que tiene y recibirlo con cariño, mientras que el lado dependiente quiere que el lado autónomo le preste más atención y ponga sus asuntos individuales en un segundo plano. Pero dar cariño al otro sin pedir más atención será, para la persona dependiente, una señal de sumisión y resignación al abandono. Por su parte, si la persona autónoma debe sacrificar sus realizaciones individuales para atender a su pareja, se sentirá disminuida, controlada. ¿Cómo resolver este conflicto? Como siempre, la respuesta se encuentra en ambos lados, en su capacidad de conocerse a sí mismos y entender la fuente interna del conflicto. La parte dependiente no logrará sentirse mejor a menos que desarrolle más autonomía y experimente mayor autosatisfacción (“tú no eres el origen de mi felicidad sino aquel con quien comparto mi propia felicidad, te quiero pero también me quiero a mí misma”). La parte autónoma no lograra una mejor relación hasta que acepte su real dependencia afectiva, la solidaridad y la importancia del tiempo compartido en pareja (“tú eres una parte importante de mi felicidad, me gusta mi vida pero esta no tiene sentido sin alguien con quien compartirla”). Para una cita terapéutica, escribir a adolfomaciasterapeuta@yahoo.com o llamar al 0997330894 / 2285545). Quito-Ecuador.

Las defensas

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puñosLas famosas “defensas” existen, pero, ¿de qué están hechas? ¿Son buenas o son malas? Pongamos un ejemplo. Un muchacho ha sufrido desde niño una serie de operaciones en ambas piernas y lucha por caminar. Cuando lo logra, lo hace con dificultad y dolor. Todavía el día de hoy le cuesta mucho levantarse. Para ello, debe rechazar la asistencia de sus parientes, que tienden a sobreprotegerlo como si fuera un niño. Cuando lo hacen, él se molesta, porque quiere ser autosuficiente. Se siente ahogado en la protección, en el miedo de sus parientes, que lo tratan siempre como si fuera “enfermito” y pudiese pasarle algo malo. Él entonces se endurece, se hace fuerte y rechaza el apoyo, enojándose cuando quieren darle una mano. Apenas su madre quiere ayudarlo en una actividad, se enoja y la rechaza, haciéndola sentir maltratada. La madre se resiente. Lo que no entiende es que su hijo no quiere recibir compasión, sino aliento. Alguien que lo haga sentir capaz. Para ello, debe reprimir a veces los sentimientos de autocompasión que lo abruman cuando ve a otras personas que hacen cosas que él no puede hacer. Esos sentimientos de tristeza y debilidad no lo ayudan a superarse, entonces las defensas surgen y lo protegen de esos sentimientos. Se enoja consigo mismo y se autoexige, forzándose más de la cuenta. Al principio de traga las lágrimas, luego ya no le vienen.

Mediante este ejemplo podemos entender lo que significa una defensa: una creencia (yo puedo) y una emoción (odio que me ayuden, odio sentirme débil) que se activan automáticamente ante la presencia de algo que amenaza la supervivencia o el desarrollo del individuo. Un dispositivo psicológico mediante el cual la vida tiende a perpetuarse. Si el terapeuta invita a este chico a expresar sus sentimientos de tristeza y a “sacar sus lágrimas”, él se negará a hacerlo. Sencillamente, en su interpretación, se lo estará invitando a representar el rol de desvalido, y esto amenaza su posibilidad de salir adelante.

Las defensas funcionan así como los límites del carácter, las murallas dentro de las cuales se autodefine o reconoce un sujeto, lo que soy versus lo que no soy. Soy una persona fuerte, por lo tanto no me permito actos de debilidad, por ejemplo. O soy una persona sensible y culta, por lo tanto no me permito reír de chistes vulgares, etc. Las defensas son sagradas para una persona. Forman parte de su identidad y no deben ser atacadas por el solo hecho de que traigan problemas o impidan el total sinceramiento. De hecho, son lo mejor que ha podido pasarle a la persona durante un buen tiempo, su mejor manera de seguir adelante; una expresión de la voluntad de vida en el interior de cada organismo, de la misma manera que una mariposa adquiere el aspecto de una corteza rugosa de árbol para no ser devorada. Un largo proceso de adaptación ha sido necesario para articular dicha defensa. El problema está que, a medida que la persona crece, cambia ella y cambia su entorno. Lo que alguna vez fue una amenaza, deja de serlo. Surgen nuevas fuentes de conflicto o de placer. Entonces, la persona necesita readaptarse, mudar sus estrategias para vivir mejor en el nuevo medio.

Para esto, sus defensas deben ser modificadas. La mejor manera de conseguirlo es identificando en terapia la forma en que actúan sus defensas y reconociendo en qué casos le ayudan a vivir mejor y en qué casos disminuyen su calidad de vida. Esto trae aparejado una expansión y un desarrollo de la personalidad (para una cita escribe a adolfomaciasterapeuta@yahoo.com o llama al 2285545 / 0997330894 Quito-Ecuador).