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¿Soy libre?

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148825_415014611890946_844647953_nLa libertad se entiende, a primera vista, como la posibilidad de elección, sin embargo, en un nivel emocional, está limitada por condicionamientos profundos, temores y fantasías catastróficas sobre el futuro, que nos imponen formas de actuar apegadas a la seguridad y la rutina. Psicológicamente hablando, la libertad es la confianza en el buen resultado de mis actos, cuando se basan en el reconocimiento de mis necesidades y en mi habilidad creativa para satisfacerlas, aprovechando las oportunidades del entorno. Si necesito un trabajo donde pueda moverme con autonomía, ya que no me adapto al ambiente monótono y vertical de una oficina, pero debo pagar las cuotas de mi auto (y con mi empleo tengo un sueldo seguro), puede resultar difícil que opte por la satisfacción de mi necesidad. Mientras sueño con mi autonomía, estaré haciendo lo contrario. Las cuotas serán experimentadas como una exigencia externa, que me impide hacer lo que deseo, y el auto se convertirá en la imagen proyectada de mi deber ser. “Debo” pagar el auto sustituirá a “quiero” pagar el auto. Se habrá introducido una contradicción entre ser y deber ser. Según Perls, Naranjo, Kurtz, Varas y otros autores de la corriente humanística, tener una obligación es lo contrario de ser responsable. La responsabilidad es la capacidad de responder por mis actos, en la medida en que estos son el resultado de una elección libre, basada en el contacto con el entorno y con mis propias necesidades. ¿Pero cuantas personas conocen y simpatizan con sus propias necesidades? ¿Y cuántas, cuando las conocen, las valorizan y se ponen en movimiento para satisfacerlas? Estamos llenos de creencias sobre lo que se puede o no se puede hacer, sobre lo que está bien y lo que no está bien, sobre lo que los demás aceptan o no aceptan de nosotros. Al interiorizar estas demandas en forma de auto-exigencias internas, nos inhibimos de actuar siguiendo la corriente de nuestra autenticidad. Es como si adentro nuestro un vigilante nos juzgara, se burlara o nos infligiera temor respecto a algunas de nuestras inclinaciones o propósitos. Como decía un hombre en terapia hace algunos años: “Tengo ya treinta y dos años… ¡Cómo voy a empezar a estudiar música a esta edad! Entre niños y adolescentes me veré como un idiota, como un fracasado”. ¿Era libre esta persona cuando emitía este juicio? Probablemente todos coincidamos en que no lo era. Para empezar a ser libre debía identificarse con su deseo y creer en sí mismo (tocaba maravillosamente bien la guitarra y componía excelentes canciones, pero esto no era suficiente para él). Al mismo tiempo, debía desafiar creencias respecto a la dignidad y la correcta apariencia, interiorizadas en el ambiente de una familia en la que sus hermanos tenían éxito profesional y dinero. Incluso debía desafiar el criterio expreso de otras personas que tratasen de disuadirlo de su empresa. Ser uno mismo es una empresa gozosa, pero arriesgada. Ser uno mismo es la piedra angular de la libertad y de la responsabilidad auténticas. Ignoro si esta persona empezó a estudiar música; pero si lo hizo, se habrá sentido más viva que antes y habrá tenido motivación para estudiar con ahínco y ser un buen alumno, o sea un alumno apasionado. Este tipo de personas son las más confiables, porque aman lo que hacen y cumplen con sus compromisos de manera auténtica. Sus sacrificios, cuando los hacen, tienen sentido, pues suman al proceso de su auto-realización. Por eso la Gestalt ha sido llamada “terapia de la autenticidad”. (Si quieres una cita, escribe a adolfomaciasterapeuta@yahoo.com).

La mujer orquesta

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La mujer orquesta tiene malestares y enfermedades profesionales. Me explico mediante un caso tipo: la adolescente que debió reemplazar a su madre ausente en el cuidado de sus hermanos y trabajar desde entonces para sostener una casa. Ella aprendió a ser fuerte y no dejarse abatir por los problemas. Creció y luego se casó haciendo todo al mismo tiempo: cuidar niños y padres, ayudar a sus amigas y aconsejarlas, trabajar y hacer extras en la cocina, complacer a su marido y soportar sus ausencias, divorciarse y prescindir de cualquier ayuda llegado el momento. Cree que hay que ser positiva en esta vida y recita continuamente el lema “al mal tiempo buena cara”. Las cosas le salen bien, pero la desgracia parece al mismo tiempo seguirla en sus acciones. Tras experimentar el rechazo de un ser amado, sufrir una estafa, verse enfrentada al cuidado de un padre con una enfemedad terminal u otro tipo de revés, entra finalmente en crisis y siente que está a punto de derrumbarse. Esta vez no logra reanimarse y se sume en el desaliento. Una amiga le dice: “tú no eres así, debes quitarte esa cara y animarte, no vas a derrotarte de esa manera”. Ella se maquilla, compone una sonrisa y sale a trabajar con ánimo, pero a las pocas horas siente que se hunde en el vacío y que le falta energía para continuar. Por más que trata, no puede engañarse respecto a lo que siente. Por dentro se está formado algo pesado, un vacío y una sensación de agotamiento existencial profundo, a la que etiqueta finalmente con el nombre de “depresión”. Ir a un médico y tomar una pastilla sería para ella lo ideal. La sola idea de descansar y derrumbarse, de hacerle caso a su organismo y permitirse dormir, estar triste y llorar su pérdida, le parece de un riesgo inaceptable. Dentro de su identidad primaria de luchadora, esto equivale a la derrota. Es como si una parte dentro de su ser imaginara este agotamiento como el final de todo, como la aniquilación absoluta: un pozo ciego del que jamás logrará salir si cae dentro de él. Es comprensible: ella siempre ha protegido, pero nunca ha sido protegida; ella siempre ampara, pero no se siente amparada. Finalmente, ella teme abandonar su eterno ritmo de mujer orquesta que lo puede todo. Por experiencia sabe que el aprecio que recibe por su generosidad ha sido una fuente de autovaloración y felicidad en varios momentos de la vida.

Tomando en cuenta todo lo mencionado, es comprensible que el desaliento profundo que experimenta durante la crisis sea percibido como una amenaza para su existencia, es decir como una “enfermedad”. Algo me pasa: estoy deprimida. Una enfermedad es algo que padecemos, algo que no somos nosotros (sus víctimas), la enfermedad es asunto del doctor; deja de ser nuestra responsabilidad y, por lo tanto, nos desconectamos de su mensaje. Por esto, en terapia le permitimos a esta mujer derrumbarse e identificarse con su necesidad de acogimiento, con su necesidad de sueño y reparación, con su posibilidad de ser amada sin tener que esforzarse para ello. Mientras estas necesidades no sean acogidas, entendidas y valoradas, mientras no se compadezca la mujer de sí misma y acepte plenamente su cansancio, su llanto y su tristeza, la “depresión” seguirá por dentro y crecerá, hasta producir síntomas alarmantes.  A muchas mujeres les pasa esto y se preguntan: ¿Cómo es posible amarme a mí misma? Si hago lo que quiero, si apago el teléfono y me boto en la cama, ¿no voy a convertirme en un ser miserable? He visto a este tipo de mujeres hablarme de cáncer, de extirpación de útero u ovarios, o de otro tipo de operaciones cuando se acercan a los cincuenta años. ¿Es una fantasía mía o puede haber alguna conexión en todo esto? Es como si tuvieran una barrera hacia el relajamiento y el abandono pleno, como si temiesen ser sentimentales y vulnerables ya que gravita en ellas la memoria temprana del abandono (padre o madre ausente, por uno u otro motivo). El primer paso es, por lo tanto, el más necesario: aprender a derrumbarse. De suyo, a veces lo hacemos físicamente en la consulta: la mujer se para y le pido que se derrumbe, que caiga al piso y observe lo que le sucede interiormente. A veces no puede hacerlo y se aferra a su personalidad, a veces puede y se ríe, a veces cae y llora, y la niña responsabilizada del cuidado de sus hermanos aflora para ser consolada. En ese momento empieza el proceso de sanación: una vez que se acepta sin prejuicios esta experiencia; cuando acepta que tiene el derecho a no hacer nada y a pedir ayuda. Al poco tiempo de esto es posible que se sienta nuevamente radiante y con energía, pero algo habrá cambiado: tendrá mayor consciencia de sus propias necesidades y cuidará mejor de  sí misma. La mujer orquesta sabrá cómo quitarse el bombo, los platillos y la harmónica cuando está de asueto. (Para tomar una cita, escribir a: adolfomaciasterapeuta@yahoo.com     o llamar al 0997330894 / 2285545, Quito).

Un caso de terapia transformacional

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Pedro es una persona que evade las confrontaciones (su nombre real lo mantengo anónimo por fines de confidencialidad). Pedro se empeña en ser “tolerante”; puede creer que esto es lo conveniente, pero puede también estar conteniendo mucha ira y tener la fantasía de que, si explota, va a hacer y hacerse mucho daño. Esta creencia gobierna su vida: “Si expreso mi ira, voy a perder la cabeza y a golpear brutalmente a alguien, debo evitar esto”. Esta creencia le hace precisamente ser tolerante y retirarse cuando recibe un trato injusto, amortiguarse. Junto a tal creencia aparecen otras creencias inconscientes, como “las personas siempre quieren sacar algo de mí”, etc. En terapia, yo apoyé a Pedro para que contacte y descargue esa ira, y posteriormente para que identifique las creencias medulares que condicionaban su manera de sentir y reaccionar ante las circunstancias, e identificar las experiencias históricas en que se originaban. Pudo descubrir que su manera de experimentar el mundo no era la mejor y empezó a actuar de una manera más satisfactoria, a ser más congruente con sus necesidades profundas. Despertó de sus “sueños bajos” y entró en contacto con su proceso evolutivo, con esa fuerza sutil y omnipresente a la que denominamos “sabiduría organísmica”, “maestro interior”, “cuerpo soñante” o simplemente “destino”.