Archivo del Autor: adolfomacias

Acerca de adolfomacias

Psicoterapeuta y facilitador de grupos, especializado en terapia transformacional. Profesor del Instituto de Desarrollo Personal Cre-Ser. Asesor en comunicación creativa y escritor. Ganó en el 2010 el premio nacional de Literatura Joaquín Gallegos Lara por su novela "El grito del hada".

El otro fantasmático

Estándar

Captura de pantalla 2014-12-29 a la(s) 3.08.18 PM

“Ego” es una palabra difusa, en la que se pueden verter muchos significados, pero voy a atenerme a uno que está en boga: el ego como un yo reactivo, que se relaciona con el entorno a través de lo que algunas escuelas de rehabilitación emocional como Alcohólicos Anónimos llaman “defectos de carácter”. Estas escuelas entienden como defectos de carácter el resentimiento, le envidia, la ira, la envidia, la frustración y otros sentimientos complejos que llevan a las personas a reaccionar o perder el control de sus actos ante determinadas circunstancias. Si queremos encontrar su denominador común podríamos decir que es el miedo. Miedo a no poder tener lo que quiero, miedo a ser despreciado, miedo a valer menos que el resto, miedo a no recibir reconocimiento, etcétera. El miedo en este sentido sería la vivencia de una existencia amenazada, real o imaginariamente. ¡Y aquí es donde podemos hallar el significado sicológico del ego, como yo ilusorio! Si mi mente está clara, y vivo en el aquí y el ahora, conectado con lo que sucede de manera serena y objetiva, veré las amenazas reales y sabré cómo evitarlas usando mis capacidades de manera oportuna; pero si me sumerjo en mi fantasía y la uso para imaginar las amenazas que podrían surgir en el camino, me estresaré innecesariamente. Y es que muchas veces nos anticipamos a los hechos y nos ponemos en guardia, suponiendo lo que va a pasar si hacemos o dejamos de hacer esto o lo otro, anticipándonos a acontecimientos que suceden en nuestra fantasía. Entonces adoptamos las actitudes reactivas mencionadas: comportamientos que tratan de superar los desastres supuestos o posibles. Y todavía importante: atribuyendo a las personas que nos rodean intenciones y actitudes que irradian de nuestra propia inseguridad y de las heridas emocionales del pasado. Entonces dejamos de relacionarnos con el otro real y nos relacionamos con el otro inventado, al que llamaremos “otro fantasmático”.

Cuando nos confrontamos a un otro fantasmático, abandonamos la realidad y entramos en trance. Este estado de conciencia ha sido denominado Dreaming up por Arnodl Mindell, y consiste en relacionarse con otra persona como si fuera quien creemos que es bajo el influjo de nuestras proyecciones fóbicas o idealizantes. La otra persona entonces se nos presenta de una manera curiosa, dotada de un poder o energía, o una actitud que rebasa la realidad. Por ejemplo, se nos acerca un policía a la ventanilla del auto. Como he dejado la licencia en casa, tengo temor y me paralizo, diciéndome “carajo, ya me agarraron”. En mi realidad imaginaria, los policías están haciendo “batidas”, y el que se acerca lo hace para revisar mi auto, pedirme los papeles y llevarme al centro de detención. En la realidad, el tipo se acerca y me pide que me ponga el cinturón de seguridad y me desea un buen día. Hasta aquí la cosa es manejable; pero supongamos que al ver que se acerca, bajo el influjo del miedo, yo acelero y me fugo, y el policía me persigue en la moto y me detiene. Entonces, seguro, me llevará a la cárcel y es probable que yo me convenza de que estaba haciendo batidas y “quería atraparme”.

Este mundo fóbico, de la imaginación proyectiva, es un mundo en el que habitamos parcialmente la inmensa mayoría de las personas. Casi todos los días saltamos de la realidad real a esa realidad inventada, cuando se hace presente en una de las reacciones mencionadas arriba: resentimiento, frustración, envidia, celos u otras por el estilo. Poder distinguir en estas reacciones la forma en que el miedo mueve los hilos de mi percepción, adulterando la realidad hasta hacerme relacionar con un otro fantasmático, me permitirá despertar en medio del trance y volver a la realidad, donde la posibilidad de sufrir es muchísimo menor de lo que supongo y donde la otra persona no es tan dañina como parece ni tiene el misterioso poder que le otorgamos para hacernos felices o infelices. En las crisis de pareja, generalmente hombre y mujer están sumergidos en dos peceras, cada uno sumergido en su mundo fóbico, peleando con un otro fantasmático. Es decir, tratando al otro como si fuera quien yo siento que es bajo el influjo de mi ego o personalidad ilusoria. En dicho trance, perdemos la tranquilidad y la capacidad de dialogar y recibir al otro, dándole la aceptación incondicional que necesita para abrirse con nosotros desde su autenticidad.

Para poder vivir en la realidad, la clave es entonces el despertar de la conciencia (para una cita terapéutica enviar un mensaje al 0997330894 o por Facebook a: adolfo macías terapeuta). Quito-Ecuador.

Cuando los hombres creen que las mujeres están locas…

Estándar

Dependencia

No siempre, pero en gran cantidad de parejas es así: ella, emocional y variable; él, racional y contenido, tratando de calmarla para evitar la pelea. La cosa es que la mujer, en la pareja, muchas veces quiere ser sentida, escuchada y acogida sin que sus altibajos emocionales sean interpretados como actos “irracionales” (el famoso: “no tienes razón para ponerte así” la sacará aún más de quicio). Les cuesta entender que, para el hombre, las expresiones emocionales femeninas pueden resultar amenazantes. Una especie de arena movediza en la que sólo pueden perecer.

Es como si los hombres, por algún motivo, tuviésemos temor a sumergirnos en el mundo de los sentimientos y perder la cabeza. Quisiéramos que ella hablase con calma de las cosas que le molestan y seguir con nuestras vidas después de unos breves y concisos acuerdos. Pero los acuerdos generados, en este tipo de conversaciones, no cambian hábitos ni generan intimidad. La expresión apasionada sí. La confrontación emocional, a pesar de los miedos que genera, puede sacudir al otro en su núcleo y llevarlo a su propia liberación emocional.

La mujer, con su volubilidad, confronta al hombre, lo saca de su zona de confort, hecha de palabras y serenidad especulativa. Porque esa conversación “irracional” implica contacto. Entender que se puede acoger el dolor o la ira o el resentimiento de nuestra compañera sin refutarlos, legitimándolos como algo natural, suele ser todo un descubrimiento para el hombre. Este descubrimiento va de la mano con nuestra propia capacidad para conectarnos con nuestras emociones y expresarlas, sin pasarlas por el filtro de una justificación racional.

Si me aburro en una reunión que para ella es divertida, está bien. Ella se divierte y yo me aburro. Pero si creo que me aburro por su culpa, me estoy engañando: soy yo el que me siento incómodo, y si voy porque ella ha insistido en que vaya con ella, soy yo quien he aceptado ponerme en esta situación. No necesitaba hacerlo, lo hice por mi propia voluntad, para evitar un conflicto con mi pareja. Y precisamente la evitación del conflicto impulsa el conflicto. Si voy contra mi voluntad a la reunión, es probable que ella me eche la culpa de frustrar sus buenos momentos con mi mala cara. Y así se va perfilando una serie de malentendidos basados en el mutuo enjuiciamiento, la tolerancia y la discriminación.

Una pareja es buena porque comparte ciertos gustos, sueños y valores, que los hacen vibrar empáticamente la mayor parte del tiempo. Cuando esto desaparece (o si esto nunca fue así), hay que considerar la separación como algo positivo para ambos. Porque el miedo al fracaso o a la soledad o al sufrimiento de la separación lo único que hará es mantenernos juntos en una jaula donde nos culpemos mutuamente por nuestra infelicidad.

Esto tiene como trasfondo la falta de desarrollo personal de una o las dos partes en la pareja. No se puede mejorar una relación si las personas que la conforman no están en sí mismas y encuentran un valor a su existencia que trascienda la vida de pareja. Compartir la vida es lo contrario a fusionarla. En este sentido, muchas veces son las mujeres quienes sienten que han perdido su individualidad y se han dado por completo, hasta perderse a ellas mismas, y se resienten con el hombre que no comete semejante tontería. Este complejo de esclavitud hace que la mujer culpe al hombre, como diciéndole: “No me dejas ser yo misma”, “No me dejas ser libre” sin darse cuenta de que es ella quien se ha sacrificado de una manera dolorosa, esperando que el otro haga lo mismo. Como diciendo: “Me corté por ti un brazo y ahora quiero que te cortes por mi esa maldita pierna”.

Cada sexo, en este sentido, carga una herencia cultural nefasta. La mujer con el sacrificio de sí misma (ideal social de feminidad), y el hombre con su miedo a la expresión emocional y su auto-confinamiento racional (ideal social de masculinidad), ambos a medias vivos, sin crecer, sin expandirse y hallar completo placer en la vida (para una cita terapéutica, llamar al 2285545 / 0997330894 o escribir a adolfomaciasterapeuta@yahoo.com, Quito-Ecuador).

Evasión y personalidad

Estándar

espaldas

Al final de su vida, Fritz Perls, fundador de la sicoterapia gestáltica, considera que esta es la pregunta fundamental que moviliza a una persona en busca de la superación de su neurosis o malestar emocional: ¿Qué estoy evadiendo? Digamos que Juan se enamora de Celina. Cuando ella se entera de que va a haber una reunión de la familia de Juan, le dice que quiere ir con él para conocer a su madre. Entonces Juan se inventa una excusa para impedir esto. En realidad, siente vergüenza de presentar a Celina, pues es cuatro años mayor a Juan y de aspecto más humilde. Los hermanos de Juan han hecho matrimonios considerados por su madre como exitosos, con muchachas más o menos acomodadas y con profesiones de alto grado académico, pero Celina es secretaria. Nada de esto es problema cuando está con ella, pero la idea de que su madre la conozca lo paraliza.

Lo que Juan evita es esa parálisis, el sentirse disminuido y avergonzado frente a su madre, como un niño pequeño que se ha hecho en los pantalones. No quiere verse en la situación de defender a Celina. Se imagina que su madre va a despreciarla a ella y hacerlo sentir a él menos que sus hermanos. Lo que Juan está evitando, en definitiva, es enfrentarse a su madre, porque cree (tiene la sensación) de que es más débil que ella y que sin su aprobación no puede sentirse completamente seguro del valor de sus decisiones. De suyo, Juan ha desempeñado siempre el rol de niño bueno con mamá, y suele ser paciente cuando ella lo necesita para hacer gestiones que sus hermanos rechazan hacer. Apenas siente iras con su madre, se inhibe de expresarlas y se derrota, justificándola internamente (“mamá es tan terca e inaccesible, no hay como contradecirla”).

Perls llama a esto alienación. Juan ha alienado una parte de su personalidad, proyectándola vigorosamente sobre su madre. Se trata de la seguridad y la fuerza interior para hacer lo que uno quiere, sintiéndose en el derecho de ser respetado por los otros. Esta fortaleza y seguridad de que lo que uno quiere es simplemente lo correcto, ha desaparecido de él en algún momento de su crecimiento, si es que alguna vez existió. Nunca aprendió a poner límites ni a enojarse activamente. Desde que recuerda, pone las necesidades de los otros por encima de las suyas. De suyo, si va donde su madre con la enamorada, va a actuar como si Celina fuera poca cosa, provocando en su madre la conducta temida.

¿Qué es para Perls manipulación? Sencillo: Juan va donde su hermana Elisa, que es de mentalidad más abierta que su madre y más segura, para pedirle que le ayude a conseguir la aprobación de mamá, explicándole porqué Celina es una buena mujer. Si logra que su hermana lo haga y la manipulación triunfa, Juan habrá conseguido que su Elisa haga por él lo que él no puede hacer por sí mismo: ganar el respeto. Lo curioso es que si Juan trabaja terapéuticamente y se fortalece, y se siente seguro de sus elecciones, verá a su madre de otra manera y sus opiniones dejarán de tener el sabor de una imposición. Se volverán sólo eso: opiniones. Él las escuchará sin sufrimiento y hasta con cierta comprensión, aunque disienta de ellas. La imagen de la madre con cabeza de Medusa habrá desaparecido de su mundo psíquico (Para una cita terapéutica escribir a adolfomaciasterapeuta@yahoo.com o llamar a los teléfonos: 2285545 0997330894. Se aceptan citas por Skype).

La distorsión perceptiva

Estándar

6

Una chica le cuenta a su amiga que su novio a veces se desconecta del teléfono y que ella cree que está siempre con otras mujeres. La amiga de pronto le responde: “Estás proyectando, la que ha de querer tener aventuras eres tú, que ya estás aburrida de esa relación”. Esta es la forma en que se habla comúnmente de proyección. Veo en otro algo mío que no acepto como propio. Uso al otro como una pantalla o un telón sobre el cual proyecto una imagen. Yo personalmente no creo que la proyección, estrictamente hablando, exista. Más bien diría que una persona posee un registro emocional de experiencias dolorosas y placenteras que han modelado sus reacciones emocionales automáticas frente ciertas situaciones que se parecen a otras que originalmente formatearon un archivo cerebral de “comportamientos excitantes o peligrosos”. Este archivo interfiere con la realidad creando distorsiones perceptivas a veces bastante notables en el proceso de identificación de la realidad.

Pongamos por ejemplo a un niño que crece junto a un padre violento e impositivo. El niño desarrolla una estrategia de carácter resignada. Se habitúa a soportar y obedecer en silencio, llevando por dentro el resentimiento y sintiendo que ninguna protesta tiene la posibilidad de triunfar frente a esa autoridad implacable. Cuando es adulto, esa persona es empleado de una oficina. El jefe se acerca y le dice, sin preámbulos: “Quiero ese informe a las tres”. El empleado se contrae. Tiene que entregar otro informe a esa misma hora y no le alcanza el tiempo para ambas cosas, pero se queda callado porque en ese momento percibe al jefe como si fuera su padre, es decir, como un hombre ante el cual no caben las protestas. Se somete callado y acepta, sin abrir la boca, cayendo en una situación de estrés intenso. ¿Podemos llamar a esto en justicia proyección de la imagen paterna? Yo lo llamaría distorsión perceptiva, un fenómeno de totalización de la experiencia por el cual, al percibir una parte de un objeto, completamos la totalidad del mismo a través de la imaginación.

Es conocido que el hipocampo y la amígdala actúan en las reacciones emocionales automáticas y que estos centros se relacionan con la memoria y la imaginación. Al ver al jefe como una persona autoritaria e inflexible, puede que el empleado adultere la realidad. Es como si oyéramos el sonido del motor de una cortadora de césped y digamos al instante: “es una moto”. La moto es lo conocido, el sonido del cortador de césped no. Esta interpretación automática nos alerta ante posibles amenazas, pero también nos puede hacer ver una amenaza donde no la hay. Superar este automatismo requiere autoconocimiento. Al conocer nuestros mecanismos reactivos e interpretaciones automáticas, podemos cuestionarlos y distinguirlos de la realidad, abriendo nuevas posibilidades de interpretación. El empleado temeroso puede decirle al jefe: “Tengo otro informe para esa hora, ¿puedo dejarlo para mañana o suspendo el otro?” Entonces escuchará la respuesta del jefe y completará la imagen del mismo de una manera real. Para eso, el empleado deberá desafiar una constelación de creencias inconscientes del tipo: “No tengo derecho a protestar”, “el mundo es injusto”, “a nadie le importa lo que yo siento”, etc.

Una mente desprejuiciada es el resultado de conocer a fondo nuestra mente prejuiciada. Es por eso que en terapia ayudamos a las personas a observarse a sí mismas y entender sus reacciones emocionales ante los otros como mecanismos de “totalización de la experiencia” basado en viejos episodios y preconceptos provenientes de nuestro pasado y del mundo cultural en que crecimos (para una sesión terapéutica escribir a adolfomaciasterapeuta@yahoo.com o llamar al 2285545 – 0997330894 Quito Ecuador).

El sueño bajo

Estándar

420252_622808841080920_616758817_n

Cuando distorsionamos la vida con nuestros miedos y creencias, somos capaces de ver cosas que no existen. Inventamos monstruos, hacemos de la persona que está al lado nuestro una versión adulterada de lo que en realidad es. En otras palabras, nos sumimos en un estado semi-alucinatorio, en el cual sentimos que lo que vemos es lo que está ahí fuera. Si yo veo a una persona “grosera”, creo que en efecto es “grosera”. No puedo ver más allá de mi propia herida, de mi resentimiento y distinguir los sentimientos, necesidades insatisfechas y creencias de esa otra persona, relativizando mi propio punto de vista. No puedo entender que lo que yo llamo grosería es simplemente alguna forma de in satisfacción, y que esa persona necesita algo que tal vez no ha recibido cuando lo necesitaba. Que esa persona, al igual que yo, está habitando en un mundo diseñado por sus carencias ocultas.

Dentro de los diferentes tipos de caracteres se puede ver distintas formas de este ego-centramiento que nos condena a vivir en un territorio fantasmal, donde lo que vemos afuera es lo que simplemente está adentro: un mundo creado por el miedo, el dolor, la insatisfacción y la ambición. Como escritor de ficción he visto a muchos escritores luchar por obtener la alabanza de los medios y de los críticos, sufriendo a cada paso el “acoso” de sus “detractores”. Viven en un sueño bajo en el cual el universo parecería conspirar en su contra “por pura envidia”, y por ese “afán ecuatoriano de rebajar lo que se destaca”. Inyectados de este sentimiento paranoide, se defienden en su fantasmal universo de sus fantasmales agresores. Esto es precisamente lo que llamamos (usando un término de la psicología de procesos) habitar el sueño bajo.

Del mismo modo, en la vida de pareja, durante los malos momentos, cada uno vive en su propio mundo, inventando al otro, invitándolo a ser parte de su sueño bajo. Una mujer que se cree víctima de la incomprensión y que solo pide afecto, llora bajo el peso de un hombre irascible y maltratador. Pero este hombre maltratador es en parte convocado por ella, como contraparte, para poder ejercer su visión reducida de sí misma y perpetuar su falsa identidad de mujer noble y maltratada. El ego-centramiento es así un proceso de identificación del yo con un rol que nos desangra la vida. El sueño bajo nos condena a buscar compensaciones en los demás, a exigirles jugar un rol positivo o negativo en nuestro teatro interno. A pedir que me laman las heridas o a engancharnos en un juego destructivo, del que no logramos despertar.

Ayudar al cliente a despertar, a abandonar estos juegos tóxicos, es una de las aspiraciones de la terapia humanista, en especial de la terapia gestáltica (para una cita escribir a adolfomaciasterapeuta@yahoo.com o llamar a los teléfonos 2285545 – 0997330894)

Loop

Estándar

loop

Los seres humanos parecemos andar el círculos. Nos repetimos a nosotros mismos, aunque esa repetición sea causa de malestar. No sabemos cómo, pero andamos en círculos, como dice la canción de Pink Floyd: “Runing over the same old ground, what we’ve found, same old fears…” Pongamos el caso de una mujer que se queja de su marido. Ella siente que él se ha vuelto rudo con ella, frío, egoísta en sus acciones, mezquino con el dinero. Se siente sola y sin apoyo a su lado. Ella quisiera que él cambie, que sea más tierno y solidario, pero en su sentimiento de abandono se vuelve fría y castigadora con él (le da la espalda en la cama, cuando trata de ser amable lo hace forzadamente y sin mirarlo a los ojos para no mostrar su tristeza). Él se siente censurado todo el tiempo y termina por actuar entonces como ella teme: se convierte, con la ayuda de su mujer, en la persona que no quiere ser (iracundo, frío, intolerante), hasta justificar de manera visible el sufrimiento de su esposa. Entonces ella se siente justificada plenamente para ejercer el rol que protege: el rol de víctima.

La ecuación es la siguiente: no me puedo quejar si él no me da motivo, por lo tanto debo hacer lo necesario (sin que yo me entere), para que él sea (o siga siendo) la persona que me abandona, sólo así podré ser una víctima y atraer mi propia compasión y la de ciertas personas (mis padres, por ejemplo). Esta es la “caja negra” que debemos abrir en terapia. ¿Por qué esta persona necesita sentirse una víctima y perpetúa este rol año tras año? La respuesta la encontraremos en la recompensa de sí misma que obtiene en este rol de sacrificio. Hay alguien que me compadece y me valora por esto (satisfacción de cierta necesidad de valoración), o consigo así alguna forma de alivio (mientras me paso en este problema me distraigo de otro que es en el fondo más desquiciante). En el primer caso, por ejemplo, su familia le dice que es demasiado noble y que lucha por su familia; en el segundo, mientras se queja por el amor no correspondido, consigue distraerse de la posibilidad, aún más angustiante, de quedarse sola y hacerse cargo de su propia existencia. Entonces el conflicto aparece bajo otra luz: gracias a la dureza de su marido (impulsada inconscientemente por ella), puede escapar de la ansiedad de ser ella misma y hacerse cargo de su propia vida, aunque para ello tenga que ser una víctima. La prueba de esto será que si el marido cambia de actitud y la apoya sorpresivamente para realizar sus sueños, ella se quedará paralizada por la inseguridad, y buscará nuevamente la pelea.

Despertar de este “sueño bajo” en la relación y recuperar la confianza en sí misma para despejar a su matrimonio de proyecciones fantasmales será un camino de sanación. Para una cita terapéutica llamar al 2285545 – 0997330894 o escribir a adolfomaciasterapeuta@yahoo.com).

Amor, miedo y defensas

Estándar

Eros y Tánatos

El amor es una relación de mutua generosidad entre dos partes unidas por un lazo de indescriptible bienestar. Surge de manera natural al nacer, cuando madre e hijo se unen en un abrazo. Desde ese momento, el ser humano está condenado, tanto al amor como a la libertad. No podemos evitar amar o ser amados, ni podemos evitar los riesgos que esto conlleva. Estos riesgos son causa de diversas formas de temor en la vida adulta y forman la base del carácter. El miedo a amar y ser rechazado es causa de retraimiento en las personas introvertidas de tipo sensible; el miedo a amar y ser abandonado es causa de apego excesivo en las personas dependiente cariñosas; el miedo de amar y perder el control es causa de dureza en la persona dominante; el miedo a ser libre y perder el amor es causa de sumisión en la persona abrumada aguantadora; el miedo a amar y perder la autonomía es causa de autocontrol en la persona rígida; el miedo a amar y ser desenmascarado es causa de la actitud engañosa en el seductor. Esta pequeña lista no agota las estrategias posibles del carácter, pero responde a una visión esquemática del mismo siguiendo las caracterología de Lowen y Kurtz.

Una vez que la persona se encuentra expuesta a la necesidad de afecto y a la pulsión erótica que lo empuja hacia otra persona, no solo se activan estos miedos, sino las defensas correspondientes. Pongamos por caso la persona dominante. El miedo a perder el control, es decir a ser manipulado, lo pone en guardia ante su propia debilidad amorosa. Entonces le es necesario andar con cautela y observar si la persona deseada es una amenaza para su rol de mando o si le rendirá la admiración y el respeto que necesita. Si estas condiciones están dadas, podrá acceder al amor, no sin quedar expuesto a los vaivenes del humor de su pareja, pero dentro de un margen relativamente seguro, donde no sienta como inminente la desaparición de su superioridad moral. Sentirse mimado y admirado reducirá esas defensas y las suavizará, razón por la cual, muchas parejas de personas dominantes aprenden a darles la razón y luego hacer lo que les viene en gana. Los conflictos, sin embargo no se hacen esperar. Pongamos el caso de una mujer dominante con un hombre sensible retraído. El temerá el rechazo de su mujer y accederá a su control, con lo cual perderá espontaneidad y se verá compelido a ensimismarse aún más; ella se sentirá irritada ante la actitud ausente del marido y lo provocará a expresarse; pero si esto sucede, su mando se verá removido por la capacidad de autonomía del marido y ella será a su vez la que tema perder el amor si trata de sostener el control; ambas estrategias entrarán en crisis. La posibilidad de que ambos evolucionen como personas se abrirá entonces para ambos. De esa capacidad dependerá el futuro de la relación. Es decir de la capacidad que ambos tengan de amar y confiar, al mismo tiempo, en ellos mismos y en sus parejas. Amar sin miedos imaginarios. Este es el tipo de crecimiento que la terapia humanista trata de facilitar (para una cita terapéutica, escribir a: adolfomaciasterapeuta@yahoo.com o llamar a los teléfonos 0997330894 / 2285545, Quito-Ecuador).