¿Tiene sentido tu vida?

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Esta pregunta nos la hacemos todos en uno u otro momento de nuestras vidas. No nos la hacemos, sin embargo, en la infancia. ¿Tal vez porque la vida del niño tiene sentido y no hace falta cuestionarse el simple hecho de estar vivo? Al parecer, el sentido de vida es inmanente en el niño: mientras juega, tiene amigos y es visto con afecto por sus padres, el mundo está en orden y él puede tomar la iniciativa de la aventura, intentar algo estimulante como jugar el fútbol, disfrutar de una serie de súper héroes, dibujar, subirse a unos patines o embarcarse en cualquier actividad que despierta su momentánea curiosidad. Preguntarse por el sentido de la vida, en definitiva es algo de adultos, y sobre todo de adultos en crisis, que no están obteniendo plena satisfacción en la existencia. De manera implícita, cada vez que nos preguntamos por el sentido de la vida estamos fallando en un sentido previo: algo con lo que yo soñaba, mis ilusiones e impulsos más auténticos en una dirección están siendo limitados por la realidad. Este desencanto surge como un desacuerdo entre el modelo subjetivo que tengo de mi propia felicidad y la experiencia presente. Me estoy volviendo otra persona, y no me gusta. Tal vez una persona cansada e irritable, o triste e insegura, que no consigue el amor o la autorrealización. El autor francés Bernard Rimée, en su libro El compartir social de las emociones, les da a las emociones este rol: el de señales potentes, emitidas por el organismo cuando surge un desacuerdo entre mis expectativas y lo que está sucediendo. Es como si todos lleváramos adentro un mapa, una brújula y un motor que nos empuja naturalmente en una dirección.

 

El arte de volar

 

Todos hemos visto esas ilustraciones que muestran cómo numerosas especies de aves bajan desde Canadá hasta Sudamérica de manera instintiva. Nadie les enseña la ruta. Da la impresión de que estuviera inscrita en su genética y supieran, por instinto, cuándo levantar el vuelo y por dónde ir a la tierra prometida. Tienen tal sentido inscrito en su organismo: una dirección de vuelo que garantiza la existencia y hace posible  la reproducción. Un sentido de vida. De igual manera, los seres humanos podemos tener un sentido de vida sin necesidad de saberlo. ¡Sólo lo actuamos! Y no es traído a la consciencia hasta que resulta amenazado por una experiencia limitante. El muchacho que pelea por tocar la guitarra y consigue el permiso de sus padres para ensayar en la banda, es expulsado de la banda; la mujer que se casa enamorada de un hombre detallista se topa con un cambio en la actitud de su marido, quien se vuelve duro y distante con ella; el profesor que trata de dar las mejores clases recibe una evaluación baja de sus alumnos; y otras experiencias similares, que nos decepcionan o nos hacen cuestionar la realidad en que vivimos, así como la posibilidad de llegar a ser lo que deseamos. Entonces surgen emociones tales como la preocupación, el miedo, la ira o la tristeza. ¿Será que estoy deseando algo que no es posible en la realidad que habito? ¿Será que estoy caminando en otra dirección a la que señala mi mapa interno? ¿He perdido mi rumbo?

 

¿Quién decide lo que quiero?

 

En ocasiones mis metas provienen de la expectativas del ambiente en que crecimos y las fuentes de apoyo y valoración de las que dispusimos. Nuestro padre, nuestra madre o ambos al unísono tienen un modelo de valoración del ser humano basado en su experiencia. A lo mejor crecí en un ambiente donde se valoraba el orden, u otro donde se valoraba la astucia y el empeño. A lo mejor crecí en un mundo donde se debía ser inteligente para merecer el respeto, o en otro donde ser obediente, honrado y trabajador era lo principal: ser “una persona de bien”. Hallándonos necesitados del afecto y la aprobación paterna, aprendimos desde niños a lidiar con estas expectativas. Si mi hermano calza mejor que yo en el ideal, me será puesto como ejemplo. Entonces me cuestionaré si soy capaz o si hay algo en mí que no funciona. El cuestionamiento de quién soy yo y qué es realmente lo que YO deseo, se volverá entonces prioritario, así como la búsqueda de un apoyo inspirador: alguien que crea en mí.

En efecto, crecer puede ser muy difícil; ser yo mismo, un misterio. Parecería esta una búsqueda profunda de la esencia de nuestro ser, aunque aquello que estamos buscando suele, más bien, estar en la superficie: en mis habilidades y talentos más naturales, en nuestra simple espontaneidad. Soy lo que soy cuando me siento bien y fluyo con la realidad. Primero como niños, luego como adolescentes y todavía más tarde en la vida –como jóvenes y adultos–, necesitamos alguien que nos valide, alguien que se entusiasme por nuestro devenir y nos haga sentir capaces de conseguir lo que deseamos: alguien que nos aliente y se alegre con nuestros logros.

Para tener éxito será importante, pues, discriminar entre lo que yo deseo para mi vida y mis exigencias: entre la ruta que llevo inscrita en mi naturaleza y la que otros me han señalado. A veces ambas rutas serán similares, a veces distintas.

Entonces tendremos que elegir. No solo elegir: compartir nuestro objetivo y encontrar los medios y las personas más adecuadas para el camino.

 

Amor y destino

 

La necesidad de afecto y de sexualidad lleva a la mayoría de las personas a formar una pareja. Al deseo natural de autorrealización en el mundo se suma entonces la necesidad de un afecto seguro: alguien que nos respete y quiera nuestro bienestar. Lamentablemente, no siempre las cosas resultan de esta manera. Muchas veces, la necesidad de contacto y la de autorrealización chocan de manera aparatosa: la mujer le exije a su marido que acepte una oferta de trabajo que lo aleja de sus aspiraciones, para poder darle un mejor futuro a los hijos. El hombre espera que la mujer se quede en casa y lo espere a cenar con la casa limpia y un plato de comida, sin tomar en cuenta sus ganas, por ejemplo, de estudiar una carrera. Los argumentos van de un lado al otro, ambos quieren tener la razón, pero nadie simpatiza con la necesidad de la parte contraria. Es como si este deseo del otro se hubiera convertido en una amenaza para la organización de mi mundo anhelado.

Ver al otro como mi complemento perfecto parece, en definitiva una ilusión. Nadie puede ser perfecto para otro. Convivir es renunciar a lo mejor en nombre de lo posible o de lo suficientemente bueno. Amar es cuidar al otro y preocuparse porque logre su sentido de vida, sin impedirme el mío ni abandonarlo para convertirme en una víctima. Simplemente son dos aves que poseen un territorio similar y mapas de vuelo similares, que se topan en algunos tramos de la ruta y se desapegan en otros. No siempre puedo esperar que mi pareja me acompañe, pero tampoco puedo volar con ella en una dirección que atente contra la mía. Por eso la mayoría personas siente que, aunque el amor se halle presente, están realmente solas en algún propósito esencial de su existencia. Por esto, la comunicación correcta de los deseos y del sentido de vida se vuelve parte importante de la convivencia, así como el respeto a la libertad del otro.

Porque en definitiva, ambas necesidades (la necesidad de una vida con sentido y la necesidad de amar) son esenciales al ser humano y ambas deben convivir en un mismo cuerpo (para terapia personal o de pareja, llamar al 0997330894 o escribir a amacias97@yahoo.com Quito-Ecuador. También se realiza atención por Skype desde cualquier lugar del mundo).

 

¿Qué son y para qué sirven las emociones?

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Vínculo afectivo y emoción

Según la psicología relacional, no son las pulsiones de vida y muerte las que sustentan la vida psicológica de los seres humanos, sino una pulsión relacional, vinculante, que mueve instintivamente al niño hacia el contacto con su madre en el instante de su nacimiento. Dede ese momento se genera una relación bidireccional en que ambos cuerpos se perciben e interactúan afectivamente, generando diversas experiencias el uno con el otro. El bebé necesita de la madre, pero la madre también necesita de su bebé para ser madre y vivir su instintividad. Y en el seno de esa relación surgen diversos acontecimientos que, a lo largo del tiempo, van a dar lugar a diversas expresiones de alegría, tristeza, enojo, miedo y otros sentimientos más complejos, propios de fases más tardías del desarrollo infantil y relacionadas con la separatividad, la frustración del deseo y la anticipación de eventos futuros.

Con esto queremos aclarar un hecho básico: las emociones son en primer lugar la respuesta del organismo humano ante las situaciones o momentos de la relación afectiva. Su condición de posibilidad es el contacto que permite a los participantes del vínculo captar al otro como un otro que responde a mi presencia. Su rostro, sus gestos y sus dinámicas relacionales me son gratos, dolorosos o peligrosos en un momento dado. A causa de mi vulnerabilidad inicial, estoy expuesto emocionalmente a este encuentro y mi bienestar dependerá de mis cuidadores, de la capacidad que tengan o no de empatizar conmigo y de atender mis necesidades amorosamente. Si esto se produce de manera adecuada, desarrollaré mi capacidad para estar solo cuando sea necesario y para tomar iniciativas propias con confianza en mis capacidades y la respuesta favorable del entorno. Mi manera de relacionarme con los otros será más libre y natural.

A medida que crecemos, logramos más autonomía, pero esta nunca será total. Siempre que establezcamos un vínculo afectivo seremos vulnerables en mayor o menor medida, y estaremos expuestos al vaivén emocional que nos conduce de la alegría a la tristeza, al enojo y nuevamente a la alegría. Y es en este sentido que las emociones, como respuestas a la variable situación vinculante, se oponen a la ausencia de vínculo emocional o la indiferencia. Cuando me relaciono empáticamente con un otro, ese otro es mi otro. Está fuera de mí y en mi interior al mismo tiempo. Su existencia no me es ajena. Fuera de este límite (fuera del límite del nosotros) están los verdaderos otros, aquellos para quienes componemos una máscara social o un comportamiento estereotipado que nos permita sostener relaciones funcionales con el entorno.

El psicoterapeuta catalán Francesc Sáinz, en su libro Winnicott y la perspectiva relacional en el psicoanálisis, recuerda la filmación realizada con el auspicio de John Bowlby a un niño de 18 meses dejado por sus padres en una guardería. La madre necesita guardar reposo por orden médica y no encuentra mejor solución que dejarlo en este sitio de durante nueve días. Al existir pocos y no calificados cuidadores, sucede algo predecible según la teoría del apego. El niño pasa por tres etapas: protesta, desesperación y desapego. Cuando sus padres reaparecen en el sitio, éste se muestra indiferente a ellos. El vínculo ha sido herido de tal manera que, para evitar el dolor del abandono, el niño ha adoptado una estrategia vincular evitativa, apartando a sus padres de su foco de interés para cuidar su integridad psíquica. Este tipo de experiencias son descritas y analizadas por Bowlby y Wainsworth, quienes clasifican los diferentes estilos de apego relacional en tres grandes categoría: apego seguro, apego inseguro (evitativo y ambivalente) y apego desorganizado (relacionado con el trauma). El niño del ejemplo no es indiferente a sus padres como lo es con el resto de personas desconocidas. Su indiferencia es una estrategia que le permite inhibir el dolor emocional que surge de esperar el afecto de quienes no están ahí para dárselo. No es la indiferencia que un niño siente normalmente hacia los desconocidos, pues va acompañada de una actitud retraída que se expresa en sus posturas y conductas corporales. El dolor emocional está en el núcleo.

 

Función de las emociones

 

Ahora bien, si las emociones surgen como respuestas organísmicas a las variables situaciones de la relación afectiva, ¿cuál es su función?

Esta pregunta admite dos respuestas:

1.- En un contexto cercano, si la relación vincular es más o menos sana, asegurando el lazo de empatía que une a sus dos partes, la emoción es una respuesta mediante la cual el organismo asegura la preservación del vínculo o su fortalecimiento. El padre que trabaja fuera de la ciudad y a quien su hija quiere intensamente puede regresar a casa a la hora anunciada, generando una gran alegría en la niña, quien se abalanza a sus brazos apenas lo ve entrar por la puerta, provocando una gran alegría en el padre. Es una buena experiencia en la que la emocionalidad fomenta el vínculo. Pero si el padre no viene según lo acordado, la hija puede sentir tristeza. Si el padre la llama y le dice que debe quedarse a trabajar fuera de casa unos días más, que la quiere mucho y que pronto se van a ver, es probable que la niña, a pesar de su tristeza inicial, experimente una mayor tranquilidad y vuelva en un plazo corto a sus juegos. Cuando reaparezca el padre, se abalanzará a sus brazos y ambos experimentarán la misma felicidad de siempre. De esta manera, el vínculo ha sido protegido por las emociones de ambos y por el adecuado manejo o gestión de las emociones (tristeza en la niña, compasión en el padre); porque no basta con sentirlas para que su función reparadora sea efectiva, se necesita gestionar las emociones, interactuarlas, llevarlas a la praxis mediante su expresión mutua. Si esto es lo habitual, la persona que crece con esta experiencia de vínculo afectivo seguro aprenderá a gestionar sus emociones de manera exitosa, sosteniendo relaciones más espontáneas, empáticas y creativas con el entorno. De lo contrario, surgirán estrategias se autoprotección basadas en el falseamiento o el bloqueo de ciertas emociones. La persona sufrirá un recorte de su espontaneidad y de su ser total, adoptando la simplicidad de un personaje de características predecibles (siempre complaciente, siempre desafiante, siempre triste, siempre distraído o lo que sea; aparentemente no enojado, aparentemente no triste, aparentemente no interesado, aparentemente no resentido o lo que sea).

2.- En un contexto abierto, donde priman las relaciones meramente funcionales, la intimidad necesaria para la gestión emocional profunda no se ha producido. En este caso, hablamos del mundo externo, donde los otros son realmente ajenos y pueden acercarse a mí en el contexto, por ejemplo, de la relaciones laborales. Para poder yo realizar mi trabajo satisfactoriamente necesito, por ejemplo, que un compañero de oficina me pase determinada información. Si se demora, puedo molestarme; si me ayuda, puedo sentir gratitud, pero seguirá siendo ajeno, fuera del círculo de mis afectos o más exactamente en el borde de este. Según Fritz Perls, este mundo ajeno está separado de nosotros y de nuestras relaciones afectivas por una línea divisoria: de un lado está lo propio, el reino del “nosotros”, dominado por una fuerza de cohesión afectiva, y del otro lado los extraños: ese espacio potencialmente peligroso ante el cual adoptamos, por defecto, una actitud defensiva o vigilante.

Para que las personas ubicadas al otro lado de esta línea pasen al espacio interior, habrá una serie de pasos intermedios que surgirán de la empatía que puedan ambas personas desarrollar entre sí, la cual dará lugar a un periodo de experimentación o juego intersubjetivo, destinado a superar las resistencias (surgidas de experiencias traumáticas o emocionalmente dolorosas del pasado) que limitan nuestra espontaneidad.

Nuevamente, la psicología relacional nos dice que este proceso de acercamiento será diferente en cada persona, según el estilo de apego que surgió en su propia infancia. Algunas personas (aquellas que crecieron en un ambiente más seguro y aceptante) se abrirán con mayor facilidad al contacto y responderán de manera más natural a la presencia del desconocido. Otras personas (aquellas que crecieron con un estilo de apego inseguro), tenderán a sostener una actitud más distante, más aferrada, más falsa o más acorazada con las personas del entorno.

En ambos casos, el cuerpo emitirá las señales necesarias que inviten, excluyan o mantengan a una cierta distancia a las personas que se nos acercan.

 

El cuerpo y las emociones

 

Todos sabemos que las emociones son psicofísicas. El sistema nervioso, el sistema endocrino, el sitema cardiorespiratorio y el sistema músculoesquelético se ven involucrados en ellas, de manera tal que podemos ver, desde fuera, cómo se siente el otro cuando se encuentra, por ejemplo, alegre. Una mayor excitación recorrerá el organismo. La persona tenderá a erguirse y sus ojos se abrirán y se unirán a su boca en una sonrisa plena. Pero si las cosas van mal, si se siente triste, lo sabremos también por su gesto facial y por su postura abatida. Estas señales corporales de la emocionalidad son de gran utilidad, pues permiten que el otro reciba el mensaje y reaccione en consecuencia con su propio lenguaje corporal, asegurando el vínculo afectivo. De suyo es tal la importancia del vínculo afectivo para los seres humanos que, en algunos casos, ciertas personas (marcadas por experiencias dolorosas del pasado) prefieren una relación de maltrato a la ausencia de relación. Quienes conozcan una relación de este tipo sabrán que el lenguaje corporal de una persona puede provocar en la otra reacciones de irritación que lo saquen de su distanciamiento y lo pongan en contacto, aunque sea a través de gritos y de golpes.

Dado que las emociones son de naturaleza transitoria, desapareciendo a medida que se expresan y varían las situaciones, el cuerpo de la otra persona no tendrá un aspecto plano, una expresión facial o una postura únicos y permanentes, sino diversos. Esto es al menos, lo natural. Y sin embargo, es posible que veamos personas que andan crónicamente tensas, ceñudas y con la mirada vigilante, como si el organismo hubiese fijado una respuesta única ante el entorno. La persona raramente sonríe o se muestra sensible, dejando salir una lágrima. En lugar de la fluidez y la espontaneidad natural del organismo, se ha colocado otra cosa: un tensión crónica que bloquea la movilidad emocional, restringiendo la empatía y la dependencia emocional del sujeto con el objetivo de preservar el control del entorno y evitar experiencias potencialmente dolorosas de rechazo o manipulación que tuvieron lugar en el pasado. La búsqueda de intimidad será sustituida por una búsqueda de admiración o de respeto basados en la superioridad moral y el proteccionismo.

El sometimiento corporal se torna así una herramienta que nos sirve para responder de mejor manera a las expectativas de nuestras figuras de apego y asegurar nuestra adaptación al medio ambiente después de que este no pudo adaptarse idealmente a nuestras necesidades afectivas. La aceptación condicionada recibida durante la infancia y los peligros ambientales nos han llevado a sacrificar parte de nuestra espontaneidad y adoptar un falso self, con el objetivo de proteger el verdadero (Sainz, 2017). Este acorazamiento corporal, que es la contraparte somática de la rigidez mental, sirve para bloquear determinados sentimientos, emociones, impulsos y necesidades afectivas que reactivan la memoria emocional del sufrimiento vivido en otra época. No importa que lo recordemos o no, existen siempre aprendizajes emocionales basados en el dolor emocional o en el miedo que han quedado grabados en nuestra memoria procedimental, obligándonos a tensar nuestro diafragma, restringir nuestra respiración y someter algunas partes de nuestro cuerpo a una tensión o distensión constantes.

La persona que se torna apática y pierde contacto con sus figuras de apego para evitar el dolor del rechazo o del abandono, tenderá a bajar su mirada y limitar su carga de energía somática mediante una respiración pequeña, sus hombros caerán hacia delante y emitirá al mundo una señal de desamparo que servirá como una última llamada de socorro emocional. Paradójicamente, cuando este amparo llegue, correrá el riesgo de no reconocerlo y seguir sumido en su soledad como en un templo inexpugnable, donde el sufrimiento pasado no puede volver a suceder, es cierto, pero tampoco el contacto revitalizante.

Ejemplos de estas estrategias corporales son las personas con el pecho inflado y las piernas delgadas, que miran alrededor con un gesto de desafío o vigilancia; las personas que se muestran siempre estiradas y atentas, sin permitirse una carcajada o una mala palabra; las personas que se muestran siempre sentimentales y compasivas con los demás, dando más de lo que se les pide; y otras actitudes más, reconocibles a través de las señales del cuerpo.

El cuerpo, así observado, será el portador de ciertas historias que lo han configurado en sus posturas y gestos habituales, dejando fluir ciertas emociones con mayor facilidad que otras o fingiendo algunas con el objetivo de responder a las expectativas del entorno. El falso self, por este camino, puede alejarse tanto de nuestra naturaleza o self verdadero, según Winnicott, que perderemos nuestra sensación de autenticidad y nuestra capacidad para dejarnos ir en el encuentro con otros seres humanos sin el temor de perdernos a nosotros mismos.

Deconstruir este cuerpo acorazado para sacar a flote su historia emocional, dando a la persona la posibilidad de expresar lo no expresado en un ambiente seguro, será el primer paso en terapia para que la persona vuelva en sí misma y recupere el contacto con su ser real, sintiéndose así más viva.

La psicoterapia humanista hoy

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  1. LAS BASES DE LA PSICOTERAPIA HUMANISTA

Al inicio, la psicoterapia humanista se basó en la propuesta de Carl Rogers de establecer una relación auténtica entre el terapeuta y el cliente, basada en la empatía y la aceptación del otro. Desde entonces se considera que, en un espacio seguro, de acogimiento incondicional, el cliente se permite ser él mismo y abandona la disociación entre su ego mental y sus necesidades organísmicas. Hablando de la manera sencilla, se cree en el poder sanador de la sinceridad y del afecto incondicional. El terapeuta le hace sentir al cliente algo así como: “Oye, no necesitas convencerme de nada, porque no pesa ninguna exigencia sobre ti. Sólo sé tú mismo y vamos a estar bien”.

El supuesto implícito es que en un espacio inseguro o amenazante se forman las neurosis ordinarias que padecen las personas que traen su sufrimiento subjetivo a la terapia. Este entorno parcial o completamente inseguro es el que proporcionan los padres a través del afecto condicionado. Cuando el condicionamiento es leve la persona desarrolla la capacidad de relacionarse socialmente de manera flexible y autónoma, incluyéndose de manera satisfactoria en el medio y desarrollando su potencial. Es capaz de ser él mismo frente al otro y empatizar con él, creando una relación y reparándola cuando se encuentra afectada por un conflicto. Cuando la inseguridad en relación a las figuras de apego es mayor, es decir cuando se necesita el apoyo emocional de aquellas personas que nos cuidan y al mismo tiempo amenazan nuestra existencia con el abandono, el rechazo o algún otro tipo de maltrato, el miedo escinde a la persona, creando una zona sombría dentro de su identidad: la parte no aceptada de su ser. Es por eso que el espacio terapéutico para Rogers debe sustituir al espacio inseguro familiar, proporcionando al cliente un afecto no condicionado, dentro del cual pueda sentirse entendido y aceptado por completo mediante la presencia amorosa del terapeuta.

Sobre la base de esta relación de acogimiento, la Gestalt introduce un concepto central para la psicoterapia humanista: el darse cuenta basado en la experiencia. Es decir que dentro de la relación empática que el cliente establece con el terapeuta, recibe la oportunidad de vivir experiencias que actualicen sus problemas emocionales y le permitan observarse, tomando responsabilidad de su malestar y entendiendo el patrón disociativo sobre el que se basa su conducta, es decir las partes no integradas o alienadas de su personalidad. Pongamos por caso una mujer que no pone límites a un marido abusivo porque tiene temor a quedarse sola y fracasar. Bastará ir a su infancia para comprobar que este miedo a no poder sola se basa en una desvalorización temprana que fue internalizada por la cliente como parte de su personalidad, distorsionando su noción de sí misma hasta el punto de hacerla insegura de poder vivir sin su abusador.

2. RON KURTZ Y LAS CREENCIAS NUCLEARES

En los años sesenta y setenta del siglo pasado, la psicoterapia humanista, aunque incorporaba recursos experienciales y psicodramáticos de la Geatalt con este objetivo, seguía apegada a la expresión verbal. De nada sirve vivir una experiencia si no se toma conciencia de ella y se la reporta verbalmente, si no sirve de base para una cognición o “darse cuenta”. Hasta el el día de hoy, el psicoterapeuta humanista piensa que, al vivir experiencias en el aquí y el ahora de la terapia, el cliente tiene la oportunidad de observarse a sí mismo y descubrir los condicionamientos inconscientes que lo limitan y causan buena parte de su malestar. Y es en este contexto que el terapeuta ha aprendido a dirigir la atención de su cliente selectivamente, para ayudarlo a enfocar los diferentes componentes de su experiencia y observar la forma en que se relacionan entre sí y con el ambiente dando lugar a un rol o hábito conductual, detrás del cual se hallan ciertas creencias inconscientes que organizan la experiencia del malestar.

Un ejemplo:

Una mujer expresa su rabia con su pareja por su habitual distracción. En su componente somático, la mujer experimenta calor y presión elevada, crispación de sus manos. En su aspecto emocional experimenta rabia y tristeza. En su aspecto mental se dice que a él no le importan su hogar ni su esposa. En el aspecto perceptivo ella fija su atención en el tiempo que dedica a mirar su teléfono celular. Este enfoque selectivo de cada una de las partes le permite observar su propia expectativa de atención no satisfecha y su deseo de hacer sentir culpable a su marido mediante sus comentarios irónicos, un hábito tras el cual se esconde una creencia inconsciente, como por ejemplo: “No soy atractiva”. Según Ron Kurtz, hacer conscientes dichas creencias inconscientes y la forma en que controlan nuestra manera de percibir y relacionarnos con el entorno, es el primer objetivo de la terapia. El segundo será entender el origen de dichas creencias y relacionarlas con el proceso de formación de nuestro carácter durante el proceso de crecimiento, así como la forma en que nuestras figuras de apego nos hicieron sentir respecto a nosotros mismos, el mundo y las demás personas. El tercer paso será volver al presente y descubrir un nuevo relato sobre nuestro malestar, en el cual nosotros seamos responsables de él en una buena medida y podamos modificarlo al adherirnos a nuevas creencias, más acordes a la situación actual y nuestro potencial.

3. NUEVOS RUMBOS DE LA PSICOTERAPIA HUMANISTA, DE KURTZ A PAT OGDEN

Esta visión de la psicoterapia humanista ha ido cambiando con el tiempo mediante la incorporación de la lectura y el trabajo corporal, que ponen énfasis en funciones corporales como la respiración, el sistema cardiovascular y el sistema músculo esquelético encargado de posturas y gestos habituales. El concepto de carácter se ha ido volviendo más cercano al de bioestrategia (Kurtz) y mira al lenguaje corporal como la respuesta adaptativa de la persona a su medio ambiente, de manera que no hay creencias nucleares en la base del comportamiento, sino posturas nucleares que sustentan dichas creencias. Antes de que exista creencia alguna, el cuerpo adopta una postura y una expresión como respuesta a las expectativas de nuestras figuras de apego y sus reacciones habituales. Si mi presencia resulta molesta cada vez que llamo su atención, es probable, por ejemplo, que renuncie a ello bajando la cabeza, adelantando mis hombros y colgando mis brazos en una posición abatida. También es probable que venza el rechazo de los adultos y me imponga mediante una presencia más aguerrida y un tono de voz más imperioso, subiendo mi ritmo cardiaco, dirigiendo la presión sanguínea hacia las extremidades y sacando el pecho con fuerza. Las opciones son múltiples. El asunto es que estas reacciones adaptativas de tipo corporal definen nuestro carácter antes de que surjan las creencias que las acompañarán y que serán como el correlato mental de las mismas. Poco a poco estas posturas nucleares incidirán en el desarrollo del cuerpo, su volumen y distribución de la masa muscular, el alineamiento de la columna, su manera de caminar y las expresiones faciales habituales. Es ese cuerpo lo que lleva nuestro nombre.

Desde ese momento, el cuerpo empezará a funcionar como un signo. El retraído que camina mirando hacia el piso, por ejemplo, parecerá una persona que “no logra pararse”, una persona que “huye del mundo” o que “tiene la energía baja”. Su cuerpo será un texto, un signo que los demás observan y que influye en su manera de tratarlo. Es como si con su cuerpo dijera a los demás: “No cuenten conmigo”. El terapeuta trabajará con su parte emocional, con su parte mental y con su parte corporal con el objetivo de cambiar esta actitud por una más favorable. Por otra parte, la postura nuclear y sus modificaciones transitorias formarán un cuerpo teatral o escénico que permitirán a la persona verse a sí misma como un personaje en busca de un historia dentro de la cual pueda ser un héroe. Por ejemplo el hombre cuya postura nuclear es abrumada, con un cuerpo lento y grueso, espalda abultada y paso pesado, al quien los otros ven como una persona buena y paciente, se representará a sí mismo, por ejemplo, como un hombre fuerte que lucha noblemente por su familia, soportándolo todo por amor. Y en concordancia con esta historia que se cuenta sobre sí mismo, invitará a los otros a ser parte de su teatro interno, proyectando sobre ellos este drama caracterológico, de manera tal que si alguien del entorno no puede representar un rol como aliado, protegido o adversario, tendrá un menor grado de presencia o existencia dentro de su vida. Las personas que puedan formar parte activa de su historia personal, tal como el sujeto de postura abrumada se la cuenta a sí mismo, serán tomadas en cuenta, siendo sus acciones interpretadas a través de ese filtro limitante. La persona tenderá a fijarse en aquellas acciones, gestos y señales que retroalimentan su versión de los hechos, ignorando las partes que no encajan y que forman parte de la totalidad del otro.

A partir de esta visión, la lectura corporal se plantea la posibilidad de ayudar al cliente a tomar consciencia de sus posturas nucleares identificando en ellas la base somática de su comportamiento, con el objetivo de probar otras posturas liberadoras y apropiarse de ellas en el curso de la terapia. De esta manera, puede que el cliente que padece de retraimiento y miedo al rechazo, aprenda a mirar a los ojos y sonreír al otro, ganado seguridad en su compañía, antes de pueda siquiera entender el origen de su creencia nuclear “soy un extraño en el mundo” y empiece a cuestionarla. Simultáneamente explorará la posición de su columna y tratará de erguirse y alinearse, y sentir su conexión con el piso a través de la planta de los pies, aumentando así su sensación de conexión con la tierra y el mundo circundante, para incrementar su confianza en sí mismo. Cambiar la postura será entonces una manera de cambiar la actitud y las creencias que organizan la conducta del individuo, con el propósito de re-escribir su historia personal de una manera más favorable (desde la potencia y no desde la carencia).

Esta visión es la que ha dado lugar a la Psicoterapia sensoriomotriz de Pat Ogden. A diferencia de lo que algunos terapeutas plantean, no sustituye a la terapia verbal sino que la acompaña y la refuerza, haciendo uso de la auto observación y el darse cuenta que caracterizan a toda forma de psicoterapia humanista.

El objetivo final de esta tecnología sería la modificación de la identidad de la persona, una nueva manera de sentirse y narrarse a sí mismo que resulte positivamente desencadenante, es decir que suscite energía y deseo de actualización, facilitando la espontaneidad y el el desarrollo del potencial implícito. Es como despertar de un mal sueño y descubrir que somos seres privilegiados, con oportunidades y cualidades excepcionales que nos hacen sentir confianza en nuestro futuro y en la capacidad que tenemos de solucionar nuestros problemas, liberarnos de cargas innecesarias y salir adelante con nuestros proyectos.

4. HACIA UNA NUEVA COMPRENSION DE LA SABIDURIA ORGANISMICA

Aunque el concepto de sabiduría organísmica es uno de los conceptos básicos de los que partió la psicoterapia humanista en el siglo pasado, hoy ha alcanzado un significado más profundo e interesante. Ya no se trata, como creían Rogers y Perls, de la capacidad natural que tiene el hombre, como organismo, de distinguir naturalmente lo que es nutritivo o tóxico, bueno o malo para su desarrollo, siendo lo agradable mejor que lo desagradable como resultado de nuestros conocimientos evolutivos, sino de algo más complejo. Gracias a la psicología evolutiva contemporánea, propagada hoy en día por el doctor Jordan Peterson, hemos llegado a entender que poseemos una sabiduría instintiva que nos orienta en los procesos sociales, advirtiéndonos sobre los riesgos que implican determinadas conductas humanas.

Antes de que pudiésemos razonar conceptualmente sobre estas cosas, sabíamos que el futuro es algo que se debe asegurar mediante sacrificios, privándonos de ciertas gratificaciones inmediatas para que  exista la posibilidad de prosperar a mediano o largo plazo. Este tipo de conocimiento forma parte de la especie y se expresa en la mitología y los relatos legendarios, que son ejemplares y no necesitan dar explicaciones racionales sobre su contenido. Simplemente lo sabemos cuando cometemos una imprudencia y sentimos que se contraen nuestras entrañas con una neurocepción de riesgo. Se trata, pues, de un conocimiento heredado que tenemos como especie y que se expresa de manera simbólica en todas las culturas. Sobre el guerrero que mata a un enemigo para proteger a su núcleo familiar cae el honor, sobre el guerrero que mata a su hermano para quitarle una esposa cae la desgracia, el repudio y el castigo divino. No se necesita dar explicaciones de esto: es un conocimiento implícito que se actúa antes de llegar al lenguaje. El hombre que enfrenta un entorno misterioso con mirada firme puede triunfar, el que se encoge o se duerme va a ser devorado. El que da su vida por los demás es un santo, el que protege la suya sin ver por nadie más, un canalla. Todos sabemos esto sin importar el tiempo ni la cultura. Son las lecciones heredadas de nuestro proceso evolutivo que nos dicen que no podemos sobrevivir como individuos, fuera de los lazos de pertenencia a un grupo social.

De esta manera, la historia que cuenta nuestro cuerpo pasa a ser una historia vista por los demás dentro del contexto de estas narraciones arquetípicas. Saber qué personaje soy en estas historias puede advertirme sobre lo que me espera si sigo actuando de la misma manera. Esta señal de alarma ubicada en los sistema cerebrales subcorticales nos dice que vamos por un mal camino y debe ser parte importante de la terapia. La persona no sabe por qué, pero siente que algo no va bien con ella. El terapeuta entonces la pone en contacto con su malestar y deja que la persona se enfoque corporalmente hasta entender lo que su organismo quiere decirle y darse cuenta de el papel que está representando o la historia arquetípica de la que está siendo parte.

La manera en que el terapeuta hace esto es metafórica y se vale del término ¨como si¨. La persona dice, por ejemplo, ¨siento como si fuera caminando hacia el abismo mientras espero que alguien venga a rescatarme, pero no aparece. Y sin embargo soy yo la que camina. No sé si esto es algo que tiene que ver con mi novio…¨ Este drama caracterológico se inserta entonces en un conjunto de saberes tradicionales orquestados dentro de la memoria colectiva a través del mito, el arte  y las religiones. El abismo simboliza la amenaza del caos, el hombre que viene a rescatarla es el poder que necesita para liberarse de esa adicción al malestar, pero lo tiene proyectado fuera de sí (su héroe interior o parte activa, con una espada que corta y toma decisiones). Y su cuerpo delgado y de pecho hundido o sus pies fríos, su mirada tímida y otros aspectos de su postura nuclear, dan cuenta de la alienación que ha hecho de su parte masculina, proyectándola fuera de sí como una amenaza y una esperanza a la vez. ¿Qué podemos esperar de la relación de esta mujer con el novio al que no puede olvidar, si este es su relato primordial? Hacerla actuar e integrar posturalmente el rol de guerrero será entonces parte esencial de la terapia, de manera que pueda no solo reintegrar su personalidad escindida por el proceso de adaptación temprana al medio ambiente familiar, sino reescribir su historia personal bajo la forma de un mito reparador.

Es en este sentido que quiero recuperar el concepto de cuerpo soñante, propuesto por Arnold Mindell. Nuestro cuerpo escénico sueña un mundo e invita a los demás a ser parte de su historia, sin que la parte consciente de la persona lo sepa. Esta segunda realidad se interpone entre la persona y su mundo, generando un submundo o mundo irracional, dentro del cual acontece el conflicto emocional en gran medida. Al interponerse entre nuestra experiencia y la experiencia del otro, destruye la limpia comunicación de las partes e impide el proceso de empatía.

Solo desde esta concepción podemos revalorizar la palabra despertar en un sentido propiamente terapéutico.

5. ASPECTOS FILOSÓFICOS

La psicoterapia humanista se basa en una teoría psicológica que tiene ciertos principios definidos y cierta concepción del ser humano. Entre sus principios más importantes se encuentran el principio de autorregulación organísmica, el principio de integración y el principio de actualidad. Se piensa que todo organismo se autoregula internamente, a través de sus propias interacciones con en el entorno en cada momento –en cada presente– dado, y que lo hace no solo para subsistir, sino para crecer y desarrollar su potencial de la mejor manera posible. En la medida en que surgen siempre diversos obstáculos internos en este proceso de actualización, la psicología humanista, con autores tan diversos como Rogers y Winnicott, optó por la teoría del afecto condicionado para demostrar que es esa tensión entre las necesidades de apego y las necesidades de autoexpresión y desarrollo lo que genera el fenómeno de la disociación de la personalidad, generando la neurosis ordinaria. Esto hace del ser humano un animal interesante y diverso, pues es capaz de contener sus impulsos y administrar sus deseos y acciones de manera consciente, con el propósito de obtener un equilibrio entre sus necesidades personales y las del grupo al que pertenece, aunque esto involucre el sacrificio de cierta espontaneidad. Y es que el ser humano no es un ser ordinario si lo comparamos con las demás especies, sino un ser que posee capacidad simbólica y funciones cerebrales específicas que le permiten habitar el tiempo. Existir en el tiempo y poseer lenguaje, convierten al ser humano en un ser en busca de sentido, siendo este sentido no una cosa abstracta a la manera de un ideal, sino una necesidad organísmica propia de nuestra especie, cuya satisfacción aporta alivio y energía para seguir viviendo. De manera que postergar un placer inmediato puede ser fuente de satisfacción cuando lo hacemos con un objetivo más alto: la realización de un sentido de vida acorde a nuestro potencial y nuestras posibilidades.

En el contexto de esta línea de razonamiento, ser libre significará la posibilidad de ser leal o no a la integridad de nuestra psique, obteniendo una sensación de congruencia y satisfacción profunda.

El místico y el guerrero

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Si apoyamos a una persona para que sea auténtica, estamos hablando de la centralidad del cuerpo como núcleo de emanación de la espontaneidad. La persona aprenderá a ser sincera en la expresión de sus deseos y sus miedos, sus sensaciones y sus verdaderos pensamientos. Ser sincero desde el cuerpo supone comunicarse con él, observando esos estados sutiles que emergen del organismo en cada situación. Si me ofrecen un trabajo que creo importante o conveniente, pero siento rechazo hacia él, es probable que no sepa de dónde viene esa sensación y que me tome tiempo entenderla, poder convertirla en un pensamiento claro. Necesito poder hacer explícito eso que siento, captar lo que mi cuerpo quiere o rechaza para estar en sintonía con mi naturaleza y poder fluir con ella; pero sucede a veces que el organismo está desprogramado y que esas sensaciones son resultado de una alteración en su funcionamiento, provocada por experiencias negativas.

Pongamos un ejemplo: Como no puedo poner límites a las exigencias que vienen de otros, mi manera de trabajar es siempre opresiva. Me cargo con tareas que no deseo y trato de ser útil, buscando la aceptación de los otros, a quienes, con el tiempo, veo como mis abusadores. Así que cuando me ofrecen un trabajo siento rechazo, aunque se trate de una magnífica oportunidad. En primera instancia parecería que lo natural, lo espontáneo, es no aceptar ese trabajo por el que siento rechazo, pero un examen posterior demostrará que no es el trabajo, sino de mi manera de trabajar lo que me causa rechazo. Es por eso que entender el lenguaje del cuerpo no es tan fácil. Se necesita captarlo en su plena sutileza, entender ese fondo secreto, esas creencias y sentimientos nucleares que forman parte de nuestra coraza, de nuestro carácter, para interpretar correctamente lo que nos está diciendo.

Por otra parte, este ideal de naturalidad choca con la máxima moral: “Venciéndote a ti mismo, vencerás al mundo”. Vencerse a uno mismo podría ser una forma de neurosis. Esforzarse por superar sensaciones que nos impiden “ir adelante”, como la pereza o la tristeza, por ejemplo. Es común que las personas luchadoras se sacudan de estas sensaciones como de algo que les impide cumplir una vida significativa.

Detrás de esta disputa hay dos filosofías opuestas: fluir con la naturaleza, versus realizarse en el mundo. En la primera filosofía, el valor es la naturalidad, el vivir en el presente y la apertura amorosa a lo que nos rodea, en la segunda, el esfuerzo por conquistar metas mediante el sacrificio. Se trataría de dos arquetipos opuestos, los del místico y el guerrero. En el arquetipo del guerrero, la muerte juega un lugar central: puesto que vamos a morir y todo es fugaz, no hay tiempo para a timidez. El guerrero se atreve, se sostiene y conquista su objetivo mediante la determinación y la disciplina. El místico se une a lo que es mediante la cesación de todo esfuerzo, incluido el mayor de todos: el del yo, al que considera la última ilusión.

Todo ese esfuerzo realizado

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Esfuerzo

Esforzarse, para muchas personas con una personalidad rígida, es luchar contra lo que nos rodea. Una vez con un propósito en su mente, la persona esforzada puede trabajar duro para cumplirlo, sacrificando su comodidad. Esto, en principio, es admirable. Deja de serlo cuando la obsesión por hacer lo que me propongo me absorbe por completo y me hace luchar contra las dificultades, sin dialogar con el medio ambiente y sin tomar en cuentas las circunstancias, los sentimientos y las necesidades de las personas que me rodean. Muchas personas tienen este rasgo. Son personas que luchan y se empeñan, que no aceptan un “no” por respuesta y se obstinan en llegar a la meta, pasando por momento de tensión y de estrés. Les resulta difícil relajarse o cambiar sus objetivos, ajustarlos a lo posible o a las expectativas de otras personas. Esta “cerrazón”, es el indicador de que algo más está en juego, probablemente una herida emocional antigua, la creencia inconsciente de que “debo demostrar lo que valgo”, o que “necesito hacer algo importante para merecer respeto”, “si no logro lo que me propongo entonces soy un fracaso” etcétera.

A lo mejor la persona, en el proceso de formación de su personalidad, interiorizó una de estas creencias como resultado de la experiencia relacional con los adultos que lo rodeaban. Es el caso de una mujer que se sintió comparada, durante su infancia, con sus hermanos, quienes tenían un alto rendimiento escolar. Para poder ganarse la admiración de la madre, se hizo esforzada. Hacía los deberes de manera cuidadosa y si cometía un error, arrancaba la página o empezaba de nuevo el cuaderno, para que se viera perfecto. Su madre, en vez de admirarla, se escandalizaba y le pedía que no lo haga. No entendía que ésta era la manera en que su hija llamaba su atención, buscando algo de esa admiración que le madre sentía por sus hijos varones. Fue así como fue formándose su carácter rígido y luchador, como un acto de protesta contra un mundo en el que flotaba el fantasma de la desaprobación.

Esto, al llegar a los treinta años de edad, le causaba conflictos relacionales con su marido, su madre y sus hijos, quienes debían soportar su determinación y su rigidez de criterio, a veces impositiva. Una vez que exploró una de estas escenas, se dio cuenta de la forma en que ella trataba a las demás personas (“si no estás de mi lado, estás en mi contra”). Entendió que necesitaba cambiar, relajarse, ser más flexible y real. Entender que las personas pueden amarla, estar de su lado y, al mismo tiempo, hacer críticas o pensar de otra manera. Dejar de vivir en el mundo como si fuera un campo de batalla (para una cita terapéutica escribir a: adolfomaciasterapeuta@yahoo.com o llamar al 0997330894 / 2285545 Quito – Ecuador)

Trabajo, aventura y autodescubrimiento.

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Es el objetivo de toda terapia: conocernos más íntima y profundamente, hasta descubrir la forma en que organizamos nuestra experiencia vital y nuestra personalidad, como una respuesta somática al ambiente de la que tenemos una vaga responsabilidad. Cuando suena el despertador y me levanto para ir al trabajo, ¿soy yo quién lo decide? ¿O es algo que tengo que hacer y a lo que me he acostumbrado? La aventura, por el contrario, tiene la cualidad de lo incitante. Nos movemos hacia la aventura con excitación y energía, tentados por la posibilidad de una experiencia satisfactoria y sin muchas garantías sobre el resultado final. Nos lanzamos a la experiencia confiando en que “de alguna manera” las cosas se resolverán. Y cuando perdemos, cuando las cosas no resultan, nos abatimos, y luego volvemos a la carga, desafiando el miedo a la pérdida o el fracaso. Porque la posibilidad de triunfar sigue siendo seductora. En este sentido, la sociedad moderna opone trabajo y aventura, como dos ámbitos separados de la experiencia. La ética del trabajo se relaciona al cumplimiento de ciertos procesos, que garantizan la calidad de un resultado o de un producto. Las personas fieles a su trabajo, deben ser enérgicas y centradas, serias y consecuentes, para poder sobrellevar la carga laboral que se les asigna. La contraparte de esto es el cansancio y el aburrimiento, causados por la repetición y la falta de libertad. La creatividad se agota, la persona desea descansar, huir lejos: un sitio de dispersión y anonadamiento garantizado por las películas, el alcohol, el deporte y la vida social.

Cuando un trabajo es libre y creativo, la persona se mueve hacia él desde la ética de la aventura: un lanzarse riesgoso en aras del placer de una realización improbable, pero cautivadora. Para que esto suceda, la aventura emprendida debe formar parte de la trama vital del individuo: ser una expresión de su potencial emergente y de sus sueños más profundos. El aventurero combina el poder del adulto con la capacidad de juego y de fascinación del niño. Toma la vida como un juego en el que prima la fascinación y el riesgo. Estar plenamente vivo es su objetivo. En este sentido la aventura se convierte en la antípoda del trabajo, y lo sustituye. Cuando un trabajo es creativo y nos plantea retos que estimulan nuestros sentidos y nuestro intelecto, sentimos esa emoción. Una vez que sabemos plenamente lo que hacemos y adquirimos solvencia en ello, el aburrimiento vuelve; porque la aventura subsiste en el ámbito de lo nuevo, y, por lo tanto, de lo desconocido. Para emprenderla, la persona necesita confiar en sí misma y soñar un poco con los resultados que anhela, sintiendo que lo que se propone se oculta en un lugar evasivo, en un altar construido por el deseo y la imaginación.

Cuando Simbad el marino culmina una aventura, celebra con el regreso a casa, donde se dedica a vivir en una suave opulencia, hasta que el aburrimiento lo oprime y siente el deseo de emprender un nuevo viaje hacia lo desconocido. Disfrutar del logro se agota. La monotonía lo abruma y se lanza de nuevo hacia el océano (sitio vasto de las posibilidades). De igual manera, el aventurero no trabaja por plata, aunque la necesite; trabaja para vivir la experiencia, para probar su propia naturaleza en el filo de cuchillo de lo imprevisto. Y al hacerlo organiza su identidad en relación a un mito de vida que le otorga sentido a su existencia. Porque el objetivo final de esta aventura es el descubrimiento de sí mismo, un estado de iluminación personal: auto-revelación. Gracias al viaje, descubro quien soy.

CURSO DE PSICOTERAPIA CORPORAL

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ADICCIONES

Dirigido por: Adolfo Macías (psicoterapeuta emocional)

Desde el lunes 16 de octubre, vive la experiencia de ser, alternativamente, paciente y terapeuta, aprendiendo las técnicas básicas de Psicoterapia Basada en el Cuerpo. Porque existe una sabiduría organísmica que está buscando tu sanación emocional. Sólo necesitas aprender a conectarte con ella sensiblemente, desde un estado de atención plena. Inspirador y útil para todo tipo de terapeutas, trabajadores sociales, pedagogos, actores, bailarines y demás personas que se trabajan con personas.

Basado en las metodologías de: Fritz Perls, Eugene Gendlin y Ron Kurtz.

Usted aprenderá a trabajar con el movimiento de su cuerpo, buscando el estado de conciencia ampliada para tomar contacto con figuras soñantes de su subconsciente e integrarlas a su personalidad consciente; a enfocar sensaciones organísmicas y simbolizarlas; a descubrir la forma en que sus defensas psicológicas organizan las posturas y tensiones habituales de su cuerpo; a contactarse con su energía libra e incrementar su vitalidad para el cambio.

Horario:

Días lunes y miércoles (desde las 18:00 a las 21:00), durante seis semanas, a partir del lunes 16 de octubre. (Finaliza el miércoles 22 de noviembre).

12 sesiones en total.

Cupo máximo: doce personas.

Valor total: $140 (pago anticipado)

Lugar: Venezuela N 13-03 y Antonio Ante (sector Colegio Nacional Mejía, por la subida al Centro de Arte Contemporáneo).

INSCRÍBETE LLAMANDO AL 2285545 O AL 0997330894 O ESCRIBIENDO A: adolfomaciasterapeuta@yahoo.com

QUITO-ECUADOR