Trabajo, aventura y autodescubrimiento.

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Es el objetivo de toda terapia: conocernos más íntima y profundamente, hasta descubrir la forma en que organizamos nuestra experiencia vital y nuestra personalidad, como una respuesta somática al ambiente de la que tenemos una vaga responsabilidad. Cuando suena el despertador y me levanto para ir al trabajo, ¿soy yo quién lo decide? ¿O es algo que tengo que hacer y a lo que me he acostumbrado? La aventura, por el contrario, tiene la cualidad de lo incitante. Nos movemos hacia la aventura con excitación y energía, tentados por la posibilidad de una experiencia satisfactoria y sin muchas garantías sobre el resultado final. Nos lanzamos a la experiencia confiando en que “de alguna manera” las cosas se resolverán. Y cuando perdemos, cuando las cosas no resultan, nos abatimos, y luego volvemos a la carga, desafiando el miedo a la pérdida o el fracaso. Porque la posibilidad de triunfar sigue siendo seductora. En este sentido, la sociedad moderna opone trabajo y aventura, como dos ámbitos separados de la experiencia. La ética del trabajo se relaciona al cumplimiento de ciertos procesos, que garantizan la calidad de un resultado o de un producto. Las personas fieles a su trabajo, deben ser enérgicas y centradas, serias y consecuentes, para poder sobrellevar la carga laboral que se les asigna. La contraparte de esto es el cansancio y el aburrimiento, causados por la repetición y la falta de libertad. La creatividad se agota, la persona desea descansar, huir lejos: un sitio de dispersión y anonadamiento garantizado por las películas, el alcohol, el deporte y la vida social.

Cuando un trabajo es libre y creativo, la persona se mueve hacia él desde la ética de la aventura: un lanzarse riesgoso en aras del placer de una realización improbable, pero cautivadora. Para que esto suceda, la aventura emprendida debe formar parte de la trama vital del individuo: ser una expresión de su potencial emergente y de sus sueños más profundos. El aventurero combina el poder del adulto con la capacidad de juego y de fascinación del niño. Toma la vida como un juego en el que prima la fascinación y el riesgo. Estar plenamente vivo es su objetivo. En este sentido la aventura se convierte en la antípoda del trabajo, y lo sustituye. Cuando un trabajo es creativo y nos plantea retos que estimulan nuestros sentidos y nuestro intelecto, sentimos esa emoción. Una vez que sabemos plenamente lo que hacemos y adquirimos solvencia en ello, el aburrimiento vuelve; porque la aventura subsiste en el ámbito de lo nuevo, y, por lo tanto, de lo desconocido. Para emprenderla, la persona necesita confiar en sí misma y soñar un poco con los resultados que anhela, sintiendo que lo que se propone se oculta en un lugar evasivo, en un altar construido por el deseo y la imaginación.

Cuando Simbad el marino culmina una aventura, celebra con el regreso a casa, donde se dedica a vivir en una suave opulencia, hasta que el aburrimiento lo oprime y siente el deseo de emprender un nuevo viaje hacia lo desconocido. Disfrutar del logro se agota. La monotonía lo abruma y se lanza de nuevo hacia el océano (sitio vasto de las posibilidades). De igual manera, el aventurero no trabaja por plata, aunque la necesite; trabaja para vivir la experiencia, para probar su propia naturaleza en el filo de cuchillo de lo imprevisto. Y al hacerlo organiza su identidad en relación a un mito de vida que le otorga sentido a su existencia. Porque el objetivo final de esta aventura es el descubrimiento de sí mismo, un estado de iluminación personal: auto-revelación. Gracias al viaje, descubro quien soy.

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ADICCIONES

Dirigido por: Adolfo Macías (psicoterapeuta emocional)

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Basado en las metodologías de: Fritz Perls, Eugene Gendlin y Ron Kurtz.

Usted aprenderá a trabajar con el movimiento de su cuerpo, buscando el estado de conciencia ampliada para tomar contacto con figuras soñantes de su subconsciente e integrarlas a su personalidad consciente; a enfocar sensaciones organísmicas y simbolizarlas; a descubrir la forma en que sus defensas psicológicas organizan las posturas y tensiones habituales de su cuerpo; a contactarse con su energía libra e incrementar su vitalidad para el cambio.

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El otro fantasmático

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“Ego” es una palabra difusa, en la que se pueden verter muchos significados, pero voy a atenerme a uno que está en boga: el ego como un yo reactivo, que se relaciona con el entorno a través de lo que algunas escuelas de rehabilitación emocional como Alcohólicos Anónimos llaman “defectos de carácter”. Estas escuelas entienden como defectos de carácter el resentimiento, le envidia, la ira, la envidia, la frustración y otros sentimientos complejos que llevan a las personas a reaccionar o perder el control de sus actos ante determinadas circunstancias. Si queremos encontrar su denominador común podríamos decir que es el miedo. Miedo a no poder tener lo que quiero, miedo a ser despreciado, miedo a valer menos que el resto, miedo a no recibir reconocimiento, etcétera. El miedo en este sentido sería la vivencia de una existencia amenazada, real o imaginariamente. ¡Y aquí es donde podemos hallar el significado sicológico del ego, como yo ilusorio! Si mi mente está clara, y vivo en el aquí y el ahora, conectado con lo que sucede de manera serena y objetiva, veré las amenazas reales y sabré cómo evitarlas usando mis capacidades de manera oportuna; pero si me sumerjo en mi fantasía y la uso para imaginar las amenazas que podrían surgir en el camino, me estresaré innecesariamente. Y es que muchas veces nos anticipamos a los hechos y nos ponemos en guardia, suponiendo lo que va a pasar si hacemos o dejamos de hacer esto o lo otro, anticipándonos a acontecimientos que suceden en nuestra fantasía. Entonces adoptamos las actitudes reactivas mencionadas: comportamientos que tratan de superar los desastres supuestos o posibles. Y todavía importante: atribuyendo a las personas que nos rodean intenciones y actitudes que irradian de nuestra propia inseguridad y de las heridas emocionales del pasado. Entonces dejamos de relacionarnos con el otro real y nos relacionamos con el otro inventado, al que llamaremos “otro fantasmático”.

Cuando nos confrontamos a un otro fantasmático, abandonamos la realidad y entramos en trance. Este estado de conciencia ha sido denominado Dreaming up por Arnodl Mindell, y consiste en relacionarse con otra persona como si fuera quien creemos que es bajo el influjo de nuestras proyecciones fóbicas o idealizantes. La otra persona entonces se nos presenta de una manera curiosa, dotada de un poder o energía, o una actitud que rebasa la realidad. Por ejemplo, se nos acerca un policía a la ventanilla del auto. Como he dejado la licencia en casa, tengo temor y me paralizo, diciéndome “carajo, ya me agarraron”. En mi realidad imaginaria, los policías están haciendo “batidas”, y el que se acerca lo hace para revisar mi auto, pedirme los papeles y llevarme al centro de detención. En la realidad, el tipo se acerca y me pide que me ponga el cinturón de seguridad y me desea un buen día. Hasta aquí la cosa es manejable; pero supongamos que al ver que se acerca, bajo el influjo del miedo, yo acelero y me fugo, y el policía me persigue en la moto y me detiene. Entonces, seguro, me llevará a la cárcel y es probable que yo me convenza de que estaba haciendo batidas y “quería atraparme”.

Este mundo fóbico, de la imaginación proyectiva, es un mundo en el que habitamos parcialmente la inmensa mayoría de las personas. Casi todos los días saltamos de la realidad real a esa realidad inventada, cuando se hace presente en una de las reacciones mencionadas arriba: resentimiento, frustración, envidia, celos u otras por el estilo. Poder distinguir en estas reacciones la forma en que el miedo mueve los hilos de mi percepción, adulterando la realidad hasta hacerme relacionar con un otro fantasmático, me permitirá despertar en medio del trance y volver a la realidad, donde la posibilidad de sufrir es muchísimo menor de lo que supongo y donde la otra persona no es tan dañina como parece ni tiene el misterioso poder que le otorgamos para hacernos felices o infelices. En las crisis de pareja, generalmente hombre y mujer están sumergidos en dos peceras, cada uno sumergido en su mundo fóbico, peleando con un otro fantasmático. Es decir, tratando al otro como si fuera quien yo siento que es bajo el influjo de mi ego o personalidad ilusoria. En dicho trance, perdemos la tranquilidad y la capacidad de dialogar y recibir al otro, dándole la aceptación incondicional que necesita para abrirse con nosotros desde su autenticidad.

Para poder vivir en la realidad, la clave es entonces el despertar de la conciencia (para una cita terapéutica enviar un mensaje al 0997330894 o por Facebook a: adolfo macías terapeuta). Quito-Ecuador.

Cuando los hombres creen que las mujeres están locas…

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Dependencia

No siempre, pero en gran cantidad de parejas es así: ella, emocional y variable; él, racional y contenido, tratando de calmarla para evitar la pelea. La cosa es que la mujer, en la pareja, muchas veces quiere ser sentida, escuchada y acogida sin que sus altibajos emocionales sean interpretados como actos “irracionales” (el famoso: “no tienes razón para ponerte así” la sacará aún más de quicio). Les cuesta entender que, para el hombre, las expresiones emocionales femeninas pueden resultar amenazantes. Una especie de arena movediza en la que sólo pueden perecer.

Es como si los hombres, por algún motivo, tuviésemos temor a sumergirnos en el mundo de los sentimientos y perder la cabeza. Quisiéramos que ella hablase con calma de las cosas que le molestan y seguir con nuestras vidas después de unos breves y concisos acuerdos. Pero los acuerdos generados, en este tipo de conversaciones, no cambian hábitos ni generan intimidad. La expresión apasionada sí. La confrontación emocional, a pesar de los miedos que genera, puede sacudir al otro en su núcleo y llevarlo a su propia liberación emocional.

La mujer, con su volubilidad, confronta al hombre, lo saca de su zona de confort, hecha de palabras y serenidad especulativa. Porque esa conversación “irracional” implica contacto. Entender que se puede acoger el dolor o la ira o el resentimiento de nuestra compañera sin refutarlos, legitimándolos como algo natural, suele ser todo un descubrimiento para el hombre. Este descubrimiento va de la mano con nuestra propia capacidad para conectarnos con nuestras emociones y expresarlas, sin pasarlas por el filtro de una justificación racional.

Si me aburro en una reunión que para ella es divertida, está bien. Ella se divierte y yo me aburro. Pero si creo que me aburro por su culpa, me estoy engañando: soy yo el que me siento incómodo, y si voy porque ella ha insistido en que vaya con ella, soy yo quien he aceptado ponerme en esta situación. No necesitaba hacerlo, lo hice por mi propia voluntad, para evitar un conflicto con mi pareja. Y precisamente la evitación del conflicto impulsa el conflicto. Si voy contra mi voluntad a la reunión, es probable que ella me eche la culpa de frustrar sus buenos momentos con mi mala cara. Y así se va perfilando una serie de malentendidos basados en el mutuo enjuiciamiento, la tolerancia y la discriminación.

Una pareja es buena porque comparte ciertos gustos, sueños y valores, que los hacen vibrar empáticamente la mayor parte del tiempo. Cuando esto desaparece (o si esto nunca fue así), hay que considerar la separación como algo positivo para ambos. Porque el miedo al fracaso o a la soledad o al sufrimiento de la separación lo único que hará es mantenernos juntos en una jaula donde nos culpemos mutuamente por nuestra infelicidad.

Esto tiene como trasfondo la falta de desarrollo personal de una o las dos partes en la pareja. No se puede mejorar una relación si las personas que la conforman no están en sí mismas y encuentran un valor a su existencia que trascienda la vida de pareja. Compartir la vida es lo contrario a fusionarla. En este sentido, muchas veces son las mujeres quienes sienten que han perdido su individualidad y se han dado por completo, hasta perderse a ellas mismas, y se resienten con el hombre que no comete semejante tontería. Este complejo de esclavitud hace que la mujer culpe al hombre, como diciéndole: “No me dejas ser yo misma”, “No me dejas ser libre” sin darse cuenta de que es ella quien se ha sacrificado de una manera dolorosa, esperando que el otro haga lo mismo. Como diciendo: “Me corté por ti un brazo y ahora quiero que te cortes por mi esa maldita pierna”.

Cada sexo, en este sentido, carga una herencia cultural nefasta. La mujer con el sacrificio de sí misma (ideal social de feminidad), y el hombre con su miedo a la expresión emocional y su auto-confinamiento racional (ideal social de masculinidad), ambos a medias vivos, sin crecer, sin expandirse y hallar completo placer en la vida (para una cita terapéutica, llamar al 2285545 / 0997330894 o escribir a adolfomaciasterapeuta@yahoo.com, Quito-Ecuador).

Evasión y personalidad

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Al final de su vida, Fritz Perls, fundador de la sicoterapia gestáltica, considera que esta es la pregunta fundamental que moviliza a una persona en busca de la superación de su neurosis o malestar emocional: ¿Qué estoy evadiendo? Digamos que Juan se enamora de Celina. Cuando ella se entera de que va a haber una reunión de la familia de Juan, le dice que quiere ir con él para conocer a su madre. Entonces Juan se inventa una excusa para impedir esto. En realidad, siente vergüenza de presentar a Celina, pues es cuatro años mayor a Juan y de aspecto más humilde. Los hermanos de Juan han hecho matrimonios considerados por su madre como exitosos, con muchachas más o menos acomodadas y con profesiones de alto grado académico, pero Celina es secretaria. Nada de esto es problema cuando está con ella, pero la idea de que su madre la conozca lo paraliza.

Lo que Juan evita es esa parálisis, el sentirse disminuido y avergonzado frente a su madre, como un niño pequeño que se ha hecho en los pantalones. No quiere verse en la situación de defender a Celina. Se imagina que su madre va a despreciarla a ella y hacerlo sentir a él menos que sus hermanos. Lo que Juan está evitando, en definitiva, es enfrentarse a su madre, porque cree (tiene la sensación) de que es más débil que ella y que sin su aprobación no puede sentirse completamente seguro del valor de sus decisiones. De suyo, Juan ha desempeñado siempre el rol de niño bueno con mamá, y suele ser paciente cuando ella lo necesita para hacer gestiones que sus hermanos rechazan hacer. Apenas siente iras con su madre, se inhibe de expresarlas y se derrota, justificándola internamente (“mamá es tan terca e inaccesible, no hay como contradecirla”).

Perls llama a esto alienación. Juan ha alienado una parte de su personalidad, proyectándola vigorosamente sobre su madre. Se trata de la seguridad y la fuerza interior para hacer lo que uno quiere, sintiéndose en el derecho de ser respetado por los otros. Esta fortaleza y seguridad de que lo que uno quiere es simplemente lo correcto, ha desaparecido de él en algún momento de su crecimiento, si es que alguna vez existió. Nunca aprendió a poner límites ni a enojarse activamente. Desde que recuerda, pone las necesidades de los otros por encima de las suyas. De suyo, si va donde su madre con la enamorada, va a actuar como si Celina fuera poca cosa, provocando en su madre la conducta temida.

¿Qué es para Perls manipulación? Sencillo: Juan va donde su hermana Elisa, que es de mentalidad más abierta que su madre y más segura, para pedirle que le ayude a conseguir la aprobación de mamá, explicándole porqué Celina es una buena mujer. Si logra que su hermana lo haga y la manipulación triunfa, Juan habrá conseguido que su Elisa haga por él lo que él no puede hacer por sí mismo: ganar el respeto. Lo curioso es que si Juan trabaja terapéuticamente y se fortalece, y se siente seguro de sus elecciones, verá a su madre de otra manera y sus opiniones dejarán de tener el sabor de una imposición. Se volverán sólo eso: opiniones. Él las escuchará sin sufrimiento y hasta con cierta comprensión, aunque disienta de ellas. La imagen de la madre con cabeza de Medusa habrá desaparecido de su mundo psíquico (Para una cita terapéutica escribir a adolfomaciasterapeuta@yahoo.com o llamar a los teléfonos: 2285545 0997330894. Se aceptan citas por Skype).

La distorsión perceptiva

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Una chica le cuenta a su amiga que su novio a veces se desconecta del teléfono y que ella cree que está siempre con otras mujeres. La amiga de pronto le responde: “Estás proyectando, la que ha de querer tener aventuras eres tú, que ya estás aburrida de esa relación”. Esta es la forma en que se habla comúnmente de proyección. Veo en otro algo mío que no acepto como propio. Uso al otro como una pantalla o un telón sobre el cual proyecto una imagen. Yo personalmente no creo que la proyección, estrictamente hablando, exista. Más bien diría que una persona posee un registro emocional de experiencias dolorosas y placenteras que han modelado sus reacciones emocionales automáticas frente ciertas situaciones que se parecen a otras que originalmente formatearon un archivo cerebral de “comportamientos excitantes o peligrosos”. Este archivo interfiere con la realidad creando distorsiones perceptivas a veces bastante notables en el proceso de identificación de la realidad.

Pongamos por ejemplo a un niño que crece junto a un padre violento e impositivo. El niño desarrolla una estrategia de carácter resignada. Se habitúa a soportar y obedecer en silencio, llevando por dentro el resentimiento y sintiendo que ninguna protesta tiene la posibilidad de triunfar frente a esa autoridad implacable. Cuando es adulto, esa persona es empleado de una oficina. El jefe se acerca y le dice, sin preámbulos: “Quiero ese informe a las tres”. El empleado se contrae. Tiene que entregar otro informe a esa misma hora y no le alcanza el tiempo para ambas cosas, pero se queda callado porque en ese momento percibe al jefe como si fuera su padre, es decir, como un hombre ante el cual no caben las protestas. Se somete callado y acepta, sin abrir la boca, cayendo en una situación de estrés intenso. ¿Podemos llamar a esto en justicia proyección de la imagen paterna? Yo lo llamaría distorsión perceptiva, un fenómeno de totalización de la experiencia por el cual, al percibir una parte de un objeto, completamos la totalidad del mismo a través de la imaginación.

Es conocido que el hipocampo y la amígdala actúan en las reacciones emocionales automáticas y que estos centros se relacionan con la memoria y la imaginación. Al ver al jefe como una persona autoritaria e inflexible, puede que el empleado adultere la realidad. Es como si oyéramos el sonido del motor de una cortadora de césped y digamos al instante: “es una moto”. La moto es lo conocido, el sonido del cortador de césped no. Esta interpretación automática nos alerta ante posibles amenazas, pero también nos puede hacer ver una amenaza donde no la hay. Superar este automatismo requiere autoconocimiento. Al conocer nuestros mecanismos reactivos e interpretaciones automáticas, podemos cuestionarlos y distinguirlos de la realidad, abriendo nuevas posibilidades de interpretación. El empleado temeroso puede decirle al jefe: “Tengo otro informe para esa hora, ¿puedo dejarlo para mañana o suspendo el otro?” Entonces escuchará la respuesta del jefe y completará la imagen del mismo de una manera real. Para eso, el empleado deberá desafiar una constelación de creencias inconscientes del tipo: “No tengo derecho a protestar”, “el mundo es injusto”, “a nadie le importa lo que yo siento”, etc.

Una mente desprejuiciada es el resultado de conocer a fondo nuestra mente prejuiciada. Es por eso que en terapia ayudamos a las personas a observarse a sí mismas y entender sus reacciones emocionales ante los otros como mecanismos de “totalización de la experiencia” basado en viejos episodios y preconceptos provenientes de nuestro pasado y del mundo cultural en que crecimos (para una sesión terapéutica escribir a adolfomaciasterapeuta@yahoo.com o llamar al 2285545 – 0997330894 Quito Ecuador).