La psicoterapia humanista hoy

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  1. LAS BASES DE LA PSICOTERAPIA HUMANISTA

Al inicio, la psicoterapia humanista se basó en la propuesta de Carl Rogers de establecer una relación auténtica entre el terapeuta y el cliente, basada en la empatía y la aceptación del otro. Desde entonces se considera que, en un espacio seguro, de acogimiento incondicional, el cliente se permite ser él mismo y abandona la disociación entre su ego mental y sus necesidades organísmicas. Hablando de la manera sencilla, se cree en el poder sanador de la sinceridad y del afecto incondicional. El terapeuta le hace sentir al cliente algo así como: “Oye, no necesitas convencerme de nada, porque no pesa ninguna exigencia sobre ti. Sólo sé tú mismo y vamos a estar bien”.

El supuesto implícito es que en un espacio inseguro o amenazante se forman las neurosis ordinarias que padecen las personas que traen su sufrimiento subjetivo a la terapia. Este entorno parcial o completamente inseguro es el que proporcionan los padres a través del afecto condicionado. Cuando el condicionamiento es leve la persona desarrolla la capacidad de relacionarse socialmente de manera flexible y autónoma, incluyéndose de manera satisfactoria en el medio y desarrollando su potencial. Es capaz de ser él mismo frente al otro y empatizar con él, creando una relación y reparándola cuando se encuentra afectada por un conflicto. Cuando la inseguridad en relación a las figuras de apego es mayor, es decir cuando se necesita el apoyo emocional de aquellas personas que nos cuidan y al mismo tiempo amenazan nuestra existencia con el abandono, el rechazo o algún otro tipo de maltrato, el miedo escinde a la persona, creando una zona sombría dentro de su identidad: la parte no aceptada de su ser. Es por eso que el espacio terapéutico para Rogers debe sustituir al espacio inseguro familiar, proporcionando al cliente un afecto no condicionado, dentro del cual pueda sentirse entendido y aceptado por completo mediante la presencia amorosa del terapeuta.

Sobre la base de esta relación de acogimiento, la Gestalt introduce un concepto central para la psicoterapia humanista: el darse cuenta basado en la experiencia. Es decir que dentro de la relación empática que el cliente establece con el terapeuta, recibe la oportunidad de vivir experiencias que actualicen sus problemas emocionales y le permitan observarse, tomando responsabilidad de su malestar y entendiendo el patrón disociativo sobre el que se basa su conducta, es decir las partes no integradas o alienadas de su personalidad. Pongamos por caso una mujer que no pone límites a un marido abusivo porque tiene temor a quedarse sola y fracasar. Bastará ir a su infancia para comprobar que este miedo a no poder sola se basa en una desvalorización temprana que fue internalizada por la cliente como parte de su personalidad, distorsionando su noción de sí misma hasta el punto de hacerla insegura de poder vivir sin su abusador.

2. RON KURTZ Y LAS CREENCIAS NUCLEARES

En los años sesenta y setenta del siglo pasado, la psicoterapia humanista, aunque incorporaba recursos experienciales y psicodramáticos de la Geatalt con este objetivo, seguía apegada a la expresión verbal. De nada sirve vivir una experiencia si no se toma conciencia de ella y se la reporta verbalmente, si no sirve de base para una cognición o “darse cuenta”. Hasta el el día de hoy, el psicoterapeuta humanista piensa que, al vivir experiencias en el aquí y el ahora de la terapia, el cliente tiene la oportunidad de observarse a sí mismo y descubrir los condicionamientos inconscientes que lo limitan y causan buena parte de su malestar. Y es en este contexto que el terapeuta ha aprendido a dirigir la atención de su cliente selectivamente, para ayudarlo a enfocar los diferentes componentes de su experiencia y observar la forma en que se relacionan entre sí y con el ambiente dando lugar a un rol o hábito conductual, detrás del cual se hallan ciertas creencias inconscientes que organizan la experiencia del malestar.

Un ejemplo:

Una mujer expresa su rabia con su pareja por su habitual distracción. En su componente somático, la mujer experimenta calor y presión elevada, crispación de sus manos. En su aspecto emocional experimenta rabia y tristeza. En su aspecto mental se dice que a él no le importan su hogar ni su esposa. En el aspecto perceptivo ella fija su atención en el tiempo que dedica a mirar su teléfono celular. Este enfoque selectivo de cada una de las partes le permite observar su propia expectativa de atención no satisfecha y su deseo de hacer sentir culpable a su marido mediante sus comentarios irónicos, un hábito tras el cual se esconde una creencia inconsciente, como por ejemplo: “No soy atractiva”. Según Ron Kurtz, hacer conscientes dichas creencias inconscientes y la forma en que controlan nuestra manera de percibir y relacionarnos con el entorno, es el primer objetivo de la terapia. El segundo será entender el origen de dichas creencias y relacionarlas con el proceso de formación de nuestro carácter durante el proceso de crecimiento, así como la forma en que nuestras figuras de apego nos hicieron sentir respecto a nosotros mismos, el mundo y las demás personas. El tercer paso será volver al presente y descubrir un nuevo relato sobre nuestro malestar, en el cual nosotros seamos responsables de él en una buena medida y podamos modificarlo al adherirnos a nuevas creencias, más acordes a la situación actual y nuestro potencial.

3. NUEVOS RUMBOS DE LA PSICOTERAPIA HUMANISTA, DE KURTZ A PAT OGDEN

Esta visión de la psicoterapia humanista ha ido cambiando con el tiempo mediante la incorporación de la lectura y el trabajo corporal, que ponen énfasis en funciones corporales como la respiración, el sistema cardiovascular y el sistema músculo esquelético encargado de posturas y gestos habituales. El concepto de carácter se ha ido volviendo más cercano al de bioestrategia (Kurtz) y mira al lenguaje corporal como la respuesta adaptativa de la persona a su medio ambiente, de manera que no hay creencias nucleares en la base del comportamiento, sino posturas nucleares que sustentan dichas creencias. Antes de que exista creencia alguna, el cuerpo adopta una postura y una expresión como respuesta a las expectativas de nuestras figuras de apego y sus reacciones habituales. Si mi presencia resulta molesta cada vez que llamo su atención, es probable, por ejemplo, que renuncie a ello bajando la cabeza, adelantando mis hombros y colgando mis brazos en una posición abatida. También es probable que venza el rechazo de los adultos y me imponga mediante una presencia más aguerrida y un tono de voz más imperioso, subiendo mi ritmo cardiaco, dirigiendo la presión sanguínea hacia las extremidades y sacando el pecho con fuerza. Las opciones son múltiples. El asunto es que estas reacciones adaptativas de tipo corporal definen nuestro carácter antes de que surjan las creencias que las acompañarán y que serán como el correlato mental de las mismas. Poco a poco estas posturas nucleares incidirán en el desarrollo del cuerpo, su volumen y distribución de la masa muscular, el alineamiento de la columna, su manera de caminar y las expresiones faciales habituales. Es ese cuerpo lo que lleva nuestro nombre.

Desde ese momento, el cuerpo empezará a funcionar como un signo. El retraído que camina mirando hacia el piso, por ejemplo, parecerá una persona que “no logra pararse”, una persona que “huye del mundo” o que “tiene la energía baja”. Su cuerpo será un texto, un signo que los demás observan y que influye en su manera de tratarlo. Es como si con su cuerpo dijera a los demás: “No cuenten conmigo”. El terapeuta trabajará con su parte emocional, con su parte mental y con su parte corporal con el objetivo de cambiar esta actitud por una más favorable. Por otra parte, la postura nuclear y sus modificaciones transitorias formarán un cuerpo teatral o escénico que permitirán a la persona verse a sí misma como un personaje en busca de un historia dentro de la cual pueda ser un héroe. Por ejemplo el hombre cuya postura nuclear es abrumada, con un cuerpo lento y grueso, espalda abultada y paso pesado, al quien los otros ven como una persona buena y paciente, se representará a sí mismo, por ejemplo, como un hombre fuerte que lucha noblemente por su familia, soportándolo todo por amor. Y en concordancia con esta historia que se cuenta sobre sí mismo, invitará a los otros a ser parte de su teatro interno, proyectando sobre ellos este drama caracterológico, de manera tal que si alguien del entorno no puede representar un rol como aliado, protegido o adversario, tendrá un menor grado de presencia o existencia dentro de su vida. Las personas que puedan formar parte activa de su historia personal, tal como el sujeto de postura abrumada se la cuenta a sí mismo, serán tomadas en cuenta, siendo sus acciones interpretadas a través de ese filtro limitante. La persona tenderá a fijarse en aquellas acciones, gestos y señales que retroalimentan su versión de los hechos, ignorando las partes que no encajan y que forman parte de la totalidad del otro.

A partir de esta visión, la lectura corporal se plantea la posibilidad de ayudar al cliente a tomar consciencia de sus posturas nucleares identificando en ellas la base somática de su comportamiento, con el objetivo de probar otras posturas liberadoras y apropiarse de ellas en el curso de la terapia. De esta manera, puede que el cliente que padece de retraimiento y miedo al rechazo, aprenda a mirar a los ojos y sonreír al otro, ganado seguridad en su compañía, antes de pueda siquiera entender el origen de su creencia nuclear “soy un extraño en el mundo” y empiece a cuestionarla. Simultáneamente explorará la posición de su columna y tratará de erguirse y alinearse, y sentir su conexión con el piso a través de la planta de los pies, aumentando así su sensación de conexión con la tierra y el mundo circundante, para incrementar su confianza en sí mismo. Cambiar la postura será entonces una manera de cambiar la actitud y las creencias que organizan la conducta del individuo, con el propósito de re-escribir su historia personal de una manera más favorable (desde la potencia y no desde la carencia).

Esta visión es la que ha dado lugar a la Psicoterapia sensoriomotriz de Pat Ogden. A diferencia de lo que algunos terapeutas plantean, no sustituye a la terapia verbal sino que la acompaña y la refuerza, haciendo uso de la auto observación y el darse cuenta que caracterizan a toda forma de psicoterapia humanista.

El objetivo final de esta tecnología sería la modificación de la identidad de la persona, una nueva manera de sentirse y narrarse a sí mismo que resulte positivamente desencadenante, es decir que suscite energía y deseo de actualización, facilitando la espontaneidad y el el desarrollo del potencial implícito. Es como despertar de un mal sueño y descubrir que somos seres privilegiados, con oportunidades y cualidades excepcionales que nos hacen sentir confianza en nuestro futuro y en la capacidad que tenemos de solucionar nuestros problemas, liberarnos de cargas innecesarias y salir adelante con nuestros proyectos.

4. HACIA UNA NUEVA COMPRENSION DE LA SABIDURIA ORGANISMICA

Aunque el concepto de sabiduría organísmica es uno de los conceptos básicos de los que partió la psicoterapia humanista en el siglo pasado, hoy ha alcanzado un significado más profundo e interesante. Ya no se trata, como creían Rogers y Perls, de la capacidad natural que tiene el hombre, como organismo, de distinguir naturalmente lo que es nutritivo o tóxico, bueno o malo para su desarrollo, siendo lo agradable mejor que lo desagradable como resultado de nuestros conocimientos evolutivos, sino de algo más complejo. Gracias a la psicología evolutiva contemporánea, propagada hoy en día por el doctor Jordan Peterson, hemos llegado a entender que poseemos una sabiduría instintiva que nos orienta en los procesos sociales, advirtiéndonos sobre los riesgos que implican determinadas conductas humanas.

Antes de que pudiésemos razonar conceptualmente sobre estas cosas, sabíamos que el futuro es algo que se debe asegurar mediante sacrificios, privándonos de ciertas gratificaciones inmediatas para que  exista la posibilidad de prosperar a mediano o largo plazo. Este tipo de conocimiento forma parte de la especie y se expresa en la mitología y los relatos legendarios, que son ejemplares y no necesitan dar explicaciones racionales sobre su contenido. Simplemente lo sabemos cuando cometemos una imprudencia y sentimos que se contraen nuestras entrañas con una neurocepción de riesgo. Se trata, pues, de un conocimiento heredado que tenemos como especie y que se expresa de manera simbólica en todas las culturas. Sobre el guerrero que mata a un enemigo para proteger a su núcleo familiar cae el honor, sobre el guerrero que mata a su hermano para quitarle una esposa cae la desgracia, el repudio y el castigo divino. No se necesita dar explicaciones de esto: es un conocimiento implícito que se actúa antes de llegar al lenguaje. El hombre que enfrenta un entorno misterioso con mirada firme puede triunfar, el que se encoge o se duerme va a ser devorado. El que da su vida por los demás es un santo, el que protege la suya sin ver por nadie más, un canalla. Todos sabemos esto sin importar el tiempo ni la cultura. Son las lecciones heredadas de nuestro proceso evolutivo que nos dicen que no podemos sobrevivir como individuos, fuera de los lazos de pertenencia a un grupo social.

De esta manera, la historia que cuenta nuestro cuerpo pasa a ser una historia vista por los demás dentro del contexto de estas narraciones arquetípicas. Saber qué personaje soy en estas historias puede advertirme sobre lo que me espera si sigo actuando de la misma manera. Esta señal de alarma ubicada en los sistema cerebrales subcorticales nos dice que vamos por un mal camino y debe ser parte importante de la terapia. La persona no sabe por qué, pero siente que algo no va bien con ella. El terapeuta entonces la pone en contacto con su malestar y deja que la persona se enfoque corporalmente hasta entender lo que su organismo quiere decirle y darse cuenta de el papel que está representando o la historia arquetípica de la que está siendo parte.

La manera en que el terapeuta hace esto es metafórica y se vale del término ¨como si¨. La persona dice, por ejemplo, ¨siento como si fuera caminando hacia el abismo mientras espero que alguien venga a rescatarme, pero no aparece. Y sin embargo soy yo la que camina. No sé si esto es algo que tiene que ver con mi novio…¨ Este drama caracterológico se inserta entonces en un conjunto de saberes tradicionales orquestados dentro de la memoria colectiva a través del mito, el arte  y las religiones. El abismo simboliza la amenaza del caos, el hombre que viene a rescatarla es el poder que necesita para liberarse de esa adicción al malestar, pero lo tiene proyectado fuera de sí (su héroe interior o parte activa, con una espada que corta y toma decisiones). Y su cuerpo delgado y de pecho hundido o sus pies fríos, su mirada tímida y otros aspectos de su postura nuclear, dan cuenta de la alienación que ha hecho de su parte masculina, proyectándola fuera de sí como una amenaza y una esperanza a la vez. ¿Qué podemos esperar de la relación de esta mujer con el novio al que no puede olvidar, si este es su relato primordial? Hacerla actuar e integrar posturalmente el rol de guerrero será entonces parte esencial de la terapia, de manera que pueda no solo reintegrar su personalidad escindida por el proceso de adaptación temprana al medio ambiente familiar, sino reescribir su historia personal bajo la forma de un mito reparador.

Es en este sentido que quiero recuperar el concepto de cuerpo soñante, propuesto por Arnold Mindell. Nuestro cuerpo escénico sueña un mundo e invita a los demás a ser parte de su historia, sin que la parte consciente de la persona lo sepa. Esta segunda realidad se interpone entre la persona y su mundo, generando un submundo o mundo irracional, dentro del cual acontece el conflicto emocional en gran medida. Al interponerse entre nuestra experiencia y la experiencia del otro, destruye la limpia comunicación de las partes e impide el proceso de empatía.

Solo desde esta concepción podemos revalorizar la palabra despertar en un sentido propiamente terapéutico.

5. ASPECTOS FILOSÓFICOS

La psicoterapia humanista se basa en una teoría psicológica que tiene ciertos principios definidos y cierta concepción del ser humano. Entre sus principios más importantes se encuentran el principio de autorregulación organísmica, el principio de integración y el principio de actualidad. Se piensa que todo organismo se autoregula internamente, a través de sus propias interacciones con en el entorno en cada momento –en cada presente– dado, y que lo hace no solo para subsistir, sino para crecer y desarrollar su potencial de la mejor manera posible. En la medida en que surgen siempre diversos obstáculos internos en este proceso de actualización, la psicología humanista, con autores tan diversos como Rogers y Winnicott, optó por la teoría del afecto condicionado para demostrar que es esa tensión entre las necesidades de apego y las necesidades de autoexpresión y desarrollo lo que genera el fenómeno de la disociación de la personalidad, generando la neurosis ordinaria. Esto hace del ser humano un animal interesante y diverso, pues es capaz de contener sus impulsos y administrar sus deseos y acciones de manera consciente, con el propósito de obtener un equilibrio entre sus necesidades personales y las del grupo al que pertenece, aunque esto involucre el sacrificio de cierta espontaneidad. Y es que el ser humano no es un ser ordinario si lo comparamos con las demás especies, sino un ser que posee capacidad simbólica y funciones cerebrales específicas que le permiten habitar el tiempo. Existir en el tiempo y poseer lenguaje, convierten al ser humano en un ser en busca de sentido, siendo este sentido no una cosa abstracta a la manera de un ideal, sino una necesidad organísmica propia de nuestra especie, cuya satisfacción aporta alivio y energía para seguir viviendo. De manera que postergar un placer inmediato puede ser fuente de satisfacción cuando lo hacemos con un objetivo más alto: la realización de un sentido de vida acorde a nuestro potencial y nuestras posibilidades.

En el contexto de esta línea de razonamiento, ser libre significará la posibilidad de ser leal o no a la integridad de nuestra psique, obteniendo una sensación de congruencia y satisfacción profunda.

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El místico y el guerrero

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Si apoyamos a una persona para que sea auténtica, estamos hablando de la centralidad del cuerpo como núcleo de emanación de la espontaneidad. La persona aprenderá a ser sincera en la expresión de sus deseos y sus miedos, sus sensaciones y sus verdaderos pensamientos. Ser sincero desde el cuerpo supone comunicarse con él, observando esos estados sutiles que emergen del organismo en cada situación. Si me ofrecen un trabajo que creo importante o conveniente, pero siento rechazo hacia él, es probable que no sepa de dónde viene esa sensación y que me tome tiempo entenderla, poder convertirla en un pensamiento claro. Necesito poder hacer explícito eso que siento, captar lo que mi cuerpo quiere o rechaza para estar en sintonía con mi naturaleza y poder fluir con ella; pero sucede a veces que el organismo está desprogramado y que esas sensaciones son resultado de una alteración en su funcionamiento, provocada por experiencias negativas.

Pongamos un ejemplo: Como no puedo poner límites a las exigencias que vienen de otros, mi manera de trabajar es siempre opresiva. Me cargo con tareas que no deseo y trato de ser útil, buscando la aceptación de los otros, a quienes, con el tiempo, veo como mis abusadores. Así que cuando me ofrecen un trabajo siento rechazo, aunque se trate de una magnífica oportunidad. En primera instancia parecería que lo natural, lo espontáneo, es no aceptar ese trabajo por el que siento rechazo, pero un examen posterior demostrará que no es el trabajo, sino de mi manera de trabajar lo que me causa rechazo. Es por eso que entender el lenguaje del cuerpo no es tan fácil. Se necesita captarlo en su plena sutileza, entender ese fondo secreto, esas creencias y sentimientos nucleares que forman parte de nuestra coraza, de nuestro carácter, para interpretar correctamente lo que nos está diciendo.

Por otra parte, este ideal de naturalidad choca con la máxima moral: “Venciéndote a ti mismo, vencerás al mundo”. Vencerse a uno mismo podría ser una forma de neurosis. Esforzarse por superar sensaciones que nos impiden “ir adelante”, como la pereza o la tristeza, por ejemplo. Es común que las personas luchadoras se sacudan de estas sensaciones como de algo que les impide cumplir una vida significativa.

Detrás de esta disputa hay dos filosofías opuestas: fluir con la naturaleza, versus realizarse en el mundo. En la primera filosofía, el valor es la naturalidad, el vivir en el presente y la apertura amorosa a lo que nos rodea, en la segunda, el esfuerzo por conquistar metas mediante el sacrificio. Se trataría de dos arquetipos opuestos, los del místico y el guerrero. En el arquetipo del guerrero, la muerte juega un lugar central: puesto que vamos a morir y todo es fugaz, no hay tiempo para a timidez. El guerrero se atreve, se sostiene y conquista su objetivo mediante la determinación y la disciplina. El místico se une a lo que es mediante la cesación de todo esfuerzo, incluido el mayor de todos: el del yo, al que considera la última ilusión.

Todo ese esfuerzo realizado

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Esfuerzo

Esforzarse, para muchas personas con una personalidad rígida, es luchar contra lo que nos rodea. Una vez con un propósito en su mente, la persona esforzada puede trabajar duro para cumplirlo, sacrificando su comodidad. Esto, en principio, es admirable. Deja de serlo cuando la obsesión por hacer lo que me propongo me absorbe por completo y me hace luchar contra las dificultades, sin dialogar con el medio ambiente y sin tomar en cuentas las circunstancias, los sentimientos y las necesidades de las personas que me rodean. Muchas personas tienen este rasgo. Son personas que luchan y se empeñan, que no aceptan un “no” por respuesta y se obstinan en llegar a la meta, pasando por momento de tensión y de estrés. Les resulta difícil relajarse o cambiar sus objetivos, ajustarlos a lo posible o a las expectativas de otras personas. Esta “cerrazón”, es el indicador de que algo más está en juego, probablemente una herida emocional antigua, la creencia inconsciente de que “debo demostrar lo que valgo”, o que “necesito hacer algo importante para merecer respeto”, “si no logro lo que me propongo entonces soy un fracaso” etcétera.

A lo mejor la persona, en el proceso de formación de su personalidad, interiorizó una de estas creencias como resultado de la experiencia relacional con los adultos que lo rodeaban. Es el caso de una mujer que se sintió comparada, durante su infancia, con sus hermanos, quienes tenían un alto rendimiento escolar. Para poder ganarse la admiración de la madre, se hizo esforzada. Hacía los deberes de manera cuidadosa y si cometía un error, arrancaba la página o empezaba de nuevo el cuaderno, para que se viera perfecto. Su madre, en vez de admirarla, se escandalizaba y le pedía que no lo haga. No entendía que ésta era la manera en que su hija llamaba su atención, buscando algo de esa admiración que le madre sentía por sus hijos varones. Fue así como fue formándose su carácter rígido y luchador, como un acto de protesta contra un mundo en el que flotaba el fantasma de la desaprobación.

Esto, al llegar a los treinta años de edad, le causaba conflictos relacionales con su marido, su madre y sus hijos, quienes debían soportar su determinación y su rigidez de criterio, a veces impositiva. Una vez que exploró una de estas escenas, se dio cuenta de la forma en que ella trataba a las demás personas (“si no estás de mi lado, estás en mi contra”). Entendió que necesitaba cambiar, relajarse, ser más flexible y real. Entender que las personas pueden amarla, estar de su lado y, al mismo tiempo, hacer críticas o pensar de otra manera. Dejar de vivir en el mundo como si fuera un campo de batalla (para una cita terapéutica escribir a: adolfomaciasterapeuta@yahoo.com o llamar al 0997330894 / 2285545 Quito – Ecuador)

Trabajo, aventura y autodescubrimiento.

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Es el objetivo de toda terapia: conocernos más íntima y profundamente, hasta descubrir la forma en que organizamos nuestra experiencia vital y nuestra personalidad, como una respuesta somática al ambiente de la que tenemos una vaga responsabilidad. Cuando suena el despertador y me levanto para ir al trabajo, ¿soy yo quién lo decide? ¿O es algo que tengo que hacer y a lo que me he acostumbrado? La aventura, por el contrario, tiene la cualidad de lo incitante. Nos movemos hacia la aventura con excitación y energía, tentados por la posibilidad de una experiencia satisfactoria y sin muchas garantías sobre el resultado final. Nos lanzamos a la experiencia confiando en que “de alguna manera” las cosas se resolverán. Y cuando perdemos, cuando las cosas no resultan, nos abatimos, y luego volvemos a la carga, desafiando el miedo a la pérdida o el fracaso. Porque la posibilidad de triunfar sigue siendo seductora. En este sentido, la sociedad moderna opone trabajo y aventura, como dos ámbitos separados de la experiencia. La ética del trabajo se relaciona al cumplimiento de ciertos procesos, que garantizan la calidad de un resultado o de un producto. Las personas fieles a su trabajo, deben ser enérgicas y centradas, serias y consecuentes, para poder sobrellevar la carga laboral que se les asigna. La contraparte de esto es el cansancio y el aburrimiento, causados por la repetición y la falta de libertad. La creatividad se agota, la persona desea descansar, huir lejos: un sitio de dispersión y anonadamiento garantizado por las películas, el alcohol, el deporte y la vida social.

Cuando un trabajo es libre y creativo, la persona se mueve hacia él desde la ética de la aventura: un lanzarse riesgoso en aras del placer de una realización improbable, pero cautivadora. Para que esto suceda, la aventura emprendida debe formar parte de la trama vital del individuo: ser una expresión de su potencial emergente y de sus sueños más profundos. El aventurero combina el poder del adulto con la capacidad de juego y de fascinación del niño. Toma la vida como un juego en el que prima la fascinación y el riesgo. Estar plenamente vivo es su objetivo. En este sentido la aventura se convierte en la antípoda del trabajo, y lo sustituye. Cuando un trabajo es creativo y nos plantea retos que estimulan nuestros sentidos y nuestro intelecto, sentimos esa emoción. Una vez que sabemos plenamente lo que hacemos y adquirimos solvencia en ello, el aburrimiento vuelve; porque la aventura subsiste en el ámbito de lo nuevo, y, por lo tanto, de lo desconocido. Para emprenderla, la persona necesita confiar en sí misma y soñar un poco con los resultados que anhela, sintiendo que lo que se propone se oculta en un lugar evasivo, en un altar construido por el deseo y la imaginación.

Cuando Simbad el marino culmina una aventura, celebra con el regreso a casa, donde se dedica a vivir en una suave opulencia, hasta que el aburrimiento lo oprime y siente el deseo de emprender un nuevo viaje hacia lo desconocido. Disfrutar del logro se agota. La monotonía lo abruma y se lanza de nuevo hacia el océano (sitio vasto de las posibilidades). De igual manera, el aventurero no trabaja por plata, aunque la necesite; trabaja para vivir la experiencia, para probar su propia naturaleza en el filo de cuchillo de lo imprevisto. Y al hacerlo organiza su identidad en relación a un mito de vida que le otorga sentido a su existencia. Porque el objetivo final de esta aventura es el descubrimiento de sí mismo, un estado de iluminación personal: auto-revelación. Gracias al viaje, descubro quien soy.

CURSO DE PSICOTERAPIA CORPORAL

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ADICCIONES

Dirigido por: Adolfo Macías (psicoterapeuta emocional)

Desde el lunes 16 de octubre, vive la experiencia de ser, alternativamente, paciente y terapeuta, aprendiendo las técnicas básicas de Psicoterapia Basada en el Cuerpo. Porque existe una sabiduría organísmica que está buscando tu sanación emocional. Sólo necesitas aprender a conectarte con ella sensiblemente, desde un estado de atención plena. Inspirador y útil para todo tipo de terapeutas, trabajadores sociales, pedagogos, actores, bailarines y demás personas que se trabajan con personas.

Basado en las metodologías de: Fritz Perls, Eugene Gendlin y Ron Kurtz.

Usted aprenderá a trabajar con el movimiento de su cuerpo, buscando el estado de conciencia ampliada para tomar contacto con figuras soñantes de su subconsciente e integrarlas a su personalidad consciente; a enfocar sensaciones organísmicas y simbolizarlas; a descubrir la forma en que sus defensas psicológicas organizan las posturas y tensiones habituales de su cuerpo; a contactarse con su energía libra e incrementar su vitalidad para el cambio.

Horario:

Días lunes y miércoles (desde las 18:00 a las 21:00), durante seis semanas, a partir del lunes 16 de octubre. (Finaliza el miércoles 22 de noviembre).

12 sesiones en total.

Cupo máximo: doce personas.

Valor total: $140 (pago anticipado)

Lugar: Venezuela N 13-03 y Antonio Ante (sector Colegio Nacional Mejía, por la subida al Centro de Arte Contemporáneo).

INSCRÍBETE LLAMANDO AL 2285545 O AL 0997330894 O ESCRIBIENDO A: adolfomaciasterapeuta@yahoo.com

QUITO-ECUADOR

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El otro fantasmático

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“Ego” es una palabra difusa, en la que se pueden verter muchos significados, pero voy a atenerme a uno que está en boga: el ego como un yo reactivo, que se relaciona con el entorno a través de lo que algunas escuelas de rehabilitación emocional como Alcohólicos Anónimos llaman “defectos de carácter”. Estas escuelas entienden como defectos de carácter el resentimiento, le envidia, la ira, la envidia, la frustración y otros sentimientos complejos que llevan a las personas a reaccionar o perder el control de sus actos ante determinadas circunstancias. Si queremos encontrar su denominador común podríamos decir que es el miedo. Miedo a no poder tener lo que quiero, miedo a ser despreciado, miedo a valer menos que el resto, miedo a no recibir reconocimiento, etcétera. El miedo en este sentido sería la vivencia de una existencia amenazada, real o imaginariamente. ¡Y aquí es donde podemos hallar el significado sicológico del ego, como yo ilusorio! Si mi mente está clara, y vivo en el aquí y el ahora, conectado con lo que sucede de manera serena y objetiva, veré las amenazas reales y sabré cómo evitarlas usando mis capacidades de manera oportuna; pero si me sumerjo en mi fantasía y la uso para imaginar las amenazas que podrían surgir en el camino, me estresaré innecesariamente. Y es que muchas veces nos anticipamos a los hechos y nos ponemos en guardia, suponiendo lo que va a pasar si hacemos o dejamos de hacer esto o lo otro, anticipándonos a acontecimientos que suceden en nuestra fantasía. Entonces adoptamos las actitudes reactivas mencionadas: comportamientos que tratan de superar los desastres supuestos o posibles. Y todavía importante: atribuyendo a las personas que nos rodean intenciones y actitudes que irradian de nuestra propia inseguridad y de las heridas emocionales del pasado. Entonces dejamos de relacionarnos con el otro real y nos relacionamos con el otro inventado, al que llamaremos “otro fantasmático”.

Cuando nos confrontamos a un otro fantasmático, abandonamos la realidad y entramos en trance. Este estado de conciencia ha sido denominado Dreaming up por Arnodl Mindell, y consiste en relacionarse con otra persona como si fuera quien creemos que es bajo el influjo de nuestras proyecciones fóbicas o idealizantes. La otra persona entonces se nos presenta de una manera curiosa, dotada de un poder o energía, o una actitud que rebasa la realidad. Por ejemplo, se nos acerca un policía a la ventanilla del auto. Como he dejado la licencia en casa, tengo temor y me paralizo, diciéndome “carajo, ya me agarraron”. En mi realidad imaginaria, los policías están haciendo “batidas”, y el que se acerca lo hace para revisar mi auto, pedirme los papeles y llevarme al centro de detención. En la realidad, el tipo se acerca y me pide que me ponga el cinturón de seguridad y me desea un buen día. Hasta aquí la cosa es manejable; pero supongamos que al ver que se acerca, bajo el influjo del miedo, yo acelero y me fugo, y el policía me persigue en la moto y me detiene. Entonces, seguro, me llevará a la cárcel y es probable que yo me convenza de que estaba haciendo batidas y “quería atraparme”.

Este mundo fóbico, de la imaginación proyectiva, es un mundo en el que habitamos parcialmente la inmensa mayoría de las personas. Casi todos los días saltamos de la realidad real a esa realidad inventada, cuando se hace presente en una de las reacciones mencionadas arriba: resentimiento, frustración, envidia, celos u otras por el estilo. Poder distinguir en estas reacciones la forma en que el miedo mueve los hilos de mi percepción, adulterando la realidad hasta hacerme relacionar con un otro fantasmático, me permitirá despertar en medio del trance y volver a la realidad, donde la posibilidad de sufrir es muchísimo menor de lo que supongo y donde la otra persona no es tan dañina como parece ni tiene el misterioso poder que le otorgamos para hacernos felices o infelices. En las crisis de pareja, generalmente hombre y mujer están sumergidos en dos peceras, cada uno sumergido en su mundo fóbico, peleando con un otro fantasmático. Es decir, tratando al otro como si fuera quien yo siento que es bajo el influjo de mi ego o personalidad ilusoria. En dicho trance, perdemos la tranquilidad y la capacidad de dialogar y recibir al otro, dándole la aceptación incondicional que necesita para abrirse con nosotros desde su autenticidad.

Para poder vivir en la realidad, la clave es entonces el despertar de la conciencia (para una cita terapéutica enviar un mensaje al 0997330894 o por Facebook a: adolfo macías terapeuta). Quito-Ecuador.